Revista Opinión

Isla de Wight. Fábulas del amante pasajero.

Publicado el 09 enero 2015 por Icaro @ateneo
La mañana estaba naciendo en la isla de Wight. Desde mi camarote podía verse el resplandor gris en aumento que flotaba sobre el puerto. Apuré mi café para prepararme otro y miré al cielo espiando a la lluvia. A pesar de estar amaneciendo, las nubes parecían huir del mar para refugiarse en la costa.

El sentimiento de estupor de la mañana fue cediendo a un sentimiento de inminencia que, felizmente y como siempre, no apuntaba a nada en concreto. Decidí ir caminando desde el puerto hasta la estación de ferrocarril. Cuanto más caminaba más gente encontraba por las calles. Comenzó a llover. Me refugié en unas galerías con olor a manzanilla.

En la calle, la gente continuaba caminando con toda normalidad, bien abrigados y provistos de paraguas, y ahí me quede, ensimismado, con las gentes, sus caras y la lluvia. Oí cantar a Jevetta Steele y su Bagdad Café. Buscando los altavoces, caminé por el interior de la galería dejándome guiar por la música. El bullicio y mi pésimo oído me despistaron varias veces. Cuando llegué a la altura de los altavoces, Jevetta se había marchado del café y en su lugar sonaba otra canción. Imaginé que esa otra canción llamaría ahora la atención de alguien que, sin duda, se podría sentir atraída igual que yo y, más tarde o más temprano, terminaría en ese mismo lugar. Esperé de pie, bajo los altavoces, el final de la canción.

Llegaron dos señoras cargadas de bolsas y una invitó a otra a tomar un café. Llegáis tarde, pensé, esa ya la han puesto, aunque en realidad sabía que no estaban buscando canciones para evocar sentimientos, esas cosas no suelen funcionar nunca, al menos a mí nunca me han funcionado. La mayor de ellas me miró fijamente, con un aire entre familiar y rutinario. Extrañado, le aguanté la mirada y, después de unos instantes, me dijo: Te esperan dentro, señalando las puertas de un cine que hasta el momento no había visto. Entré en el cine sin más pausa que la necesaria para dar las gracias a una señora con pinta o mirada de portera. No había abierto todavía las puertas de la sala cuando una mano encima de mi hombro hizo que me girara. Era la taquillera. En el cine podía estar esperándome el mayor de los misterios, pero debía pagar la entrada antes de descubrirlo. Mientras pagaba en taquilla cerré los ojos disimuladamente para no ver la cartelera. Finalmente, me encontraba dentro.

En la sala había mucha gente, demasiada. Recordé que era sábado, pero las once de la mañana era muy pronto para ir al cine. Caminé por el pasillo de en medio, se apagaron las luces y se hizo un gran silencio. Instintivamente me dirigí a las filas del principio, donde siempre suelo sentarme, de tal manera que la película más que verla se me cae encima. Recordé que alguien me estaba esperando, que me habían citado aquí, en un cine de isla de Wight. Me dejé caer en el primer sitio que encontré. A mi derecha tenía dos asientos libres y el resto ocupados, a mi izquierda el pasillo. La gente miraba atentamente la pantalla, pero algo me decía que yo no debía hacerlo. Intenté mantener la cabeza al frente, pero al verme en la pantalla volví a girarla de nuevo. De repente la gente comenzó a reírse, oí mi voz saliendo de los altavoces, recordé la escena, pero ¿qué hacía yo allí? No soy actor, profesional quiero decir, tengo mi máscara y esas cosas, pero ¿en un cine?

¿Qué hacía yo en un cine? Comencé a meterme en la película observando las reacciones de la gente. No todos se sonreían, detecté gestos de desaprobación, me pregunté el motivo. Dudé si mirar a la pantalla o no, finalmente no lo hice y me concentré en los diálogos. Me eran familiares pero apenas podía situarlas en el tiempo, sabía que era yo, pero no cuando ni donde. ¿Era la película de mi vida? ¿De toda? ¿Si me quedaba y miraba, podría ver mi futuro? O ¿simplemente era mi pasado y la película acabaría con un grupo de gente saliendo de la sala de cine donde nos encontrábamos? Me esforcé por ignorar las reacciones del público. Si algo no les gustaba que se fastidiasen, así era yo y, a fin de cuentas, era mi película y yo no les había invitado a verla. Miré el reloj, llevaba cerca de cinco horas en la ciudad. Un tiempo excesivo, me dije. Ya debía estar en la estación, haciendo tiempo, simplemente, esperando para coger mi tren y nada más.

Decidí levantarme y, al hacerlo, la sala se inundó de un tono azulado mientras se oía el murmullo del mar. Miré para asegurarme, efectivamente las nubes parecían huir de algo... Volví a sentarme, esta vez atento a la pantalla.
Me quedé esperando, escena tras escena, por fin me vi montando en el tren hacia Francia, cruzando el canal de la Mancha. La isla de Wight quedaba atrás. Ya era medio día, no había ni rastro de las nubes y tú apareciste en el segundo vagón, dos asientos más adelante. Me fijé en ti en seguida, todavía quedaban dos horas de viaje hasta llegar al final de la parada, tiempo suficiente para poder conocerte y contarte cosas como este pequeño cuento. Me levanté de la sala y salí corriendo hacia la estación.

Publicado originalmente en #ventanianos, año 2005

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