LOS MUERTOS SOMOS GENTE HONRADA
Pero, si queréis, podéis hacerme una visita.
Mi casa no está lejos de la carretera.
Una vez llegados al pueblo, cualquiera puede
indicaros la dirección.
Si llamáis a la puerta, os abrirá
mi madre
y os conducirá por el pasillo hasta mi cuarto
oscuro.
No os asustéis por las lágrimas que brillan
en los ojos de mi madre.
Si yo no estuviera en el cuarto
(en el cuarto vacío),
esperad un poco: seguramente habré salido
a buscaros
para que extraigáis de mi cuerpo
la bala que me mató.

GOROCICA 1937
No eres tú, afortunadamente, quien en mayo de 1937
entró en el caserío de Gorocica
antes de que el sol acabara de desarmar la niebla y halló
desordenada su casa natal.
Él no sabía si iba a encontrar algún familiar, parecía
que no había nadie dentro,
ni siquiera el perro le salió al encuentro con su
habitual alegre bienvenida.
La basura abandonada por los milicianos en el soportal,
las puertas abiertas de par en par,
la banqueta de la cocina rota, la ceniza desperdigada.
Entró en la cuadra,
y vió que no había ningún animal. En la penumbra,
sintió un ruido y disparó
hacia arriba. Se abrieron tres orificios en el techo de
madera y de uno de ellos
empezó a manar sangre, un chorro fino que le caía
sobre el hombro como un hilo rojo,
tibio, silencioso, sin que él supiera de qué
o de quién era aquella sangre.
Joseba Sarrionandia. ¿La poesía ha muerto? Pamiela Ediciones, 2016. Edición bilingüe.
