Revista América Latina

Juana Molina EnLima: Loop, atmósfera e inconsciente caleidoscópico

Publicado el 16 junio 2026 por Apgrafic
Juana Molina EnLima: Loop, atmósfera e inconsciente caleidoscópicoFoto de Mariana Cañas

Escrito por Marco Yanayaco

MEMENTO

Si decido contar los hechos tal y como sucedieron, tal vez parezca un acto de buena fe, aunque también puedo intentar convencer al lector si así lo desea. Este concierto, que terminaría siendo uno de los mejores a los que he asistido este año, no comenzó con una canción ni siquiera con el concierto en sí, sino aproximadamente 28 horas antes, con un mensaje a mi celular que confirmaba de manera súbita una entrevista con Juana Molina.

Fue como si un golpe milagroso me hubiera caído del cielo; no sé si en forma de martillo o de aureola. Sin embargo, apenas recibí la noticia, mi asombrada felicidad dio paso a una revelación más oscura: en menos de un día estaría entrevistando a Juana Molina y tenía muy poco tiempo para prepararme.

Pero eso sería apenas la cáscara de lo que vendría después, cuyo núcleo espero desentrañar en esta crónica vivencial.

Juana Molina EnLima: Loop, atmósfera e inconsciente caleidoscópico
Foto de Gexxie

Tomé las pocas horas que el día me prestaba para armar un buen arsenal de preguntas: algunas que pudieran convertirse en tema de conversación y otras reservadas como salvavidas. Había tanto por preguntar que las ideas terminaban flotando en mi subconsciente; ni siquiera sabía si alguna de esas preguntas resultaría verdaderamente interesante.

Lo cierto es que todo puede arruinarse con un par de preguntas o comentarios fuera de lugar, así que pasé gran parte de la madrugada ensayando posibles preguntas, respuestas y cualquier cosa que pudiera mantenerme coordinado el tiempo suficiente para sostener una conversación amena con una de las grandes referentes de la música latinoamericana: Juana Molina.

No voy a mentir, ser consciente de ello cada cinco minutos hacía hervir mis nervios. Pero, como con todo lo que me estaba ocurriendo, seguí adelante esperando que sucediera lo mejor. ¿Me habré equivocado? Puede ser. Ustedes juzguen.

Llegué al hotel a las 11 a.m. y me recibieron en el lobby. Luego nos dirigimos a una cabina donde pude conversar con Juana durante aproximadamente 40 minutos. Parte de esa entrevista saldrá después de esta crónica [sí, toca esperar].

Juana Molina EnLima: Loop, atmósfera e inconsciente caleidoscópico
Foto de Mariana Cañas

Sin dar muchas vueltas, al terminar la entrevista llegó una sorpresa que no esperaba: Juana me invitó al concierto y me incluyó en la lista de invitados. Era la primera vez que una artista a la que entrevistaba me invitaba directamente a su show. Eso me hizo pensar que quizá la entrevista había salido mejor de lo que imaginaba.

Pero más allá de eso, la conversación me permitió descubrir a una persona honesta, amable y espontánea, aunque sobre todo profundamente entregada a la música y al arte. Alguien muy distinta a otros artistas con los que había conversado antes y que parecía reflejar todo eso en su propia obra.

Salí de ahí casi sin creerme nada de lo que acababa de pasar. Como suele ocurrirme después de una entrevista, olvidé casi todo lo que había dicho o preguntado. Amnesia total…

CONCIERTO/INCIERTO

Mucho de lo que viví aquella noche lo recuerdo con una claridad sensorial impecable. Aún tengo la melodía fresca en los oídos, como si acabara de salir del amplificador: las primeras frases, el primer golpe de batería. Por eso, aunque cada persona tendrá su propia versión de los hechos, yo paso a contar la mía, la de lo que denomino un concierto/incierto.

No tenía cómo llegar al concierto, hasta que de pronto sí. No pasó mucho tiempo y ya estaba en casa preparándome para la noche. Le escribí a Pilar, amiga del medio, para preguntarle si quería acompañarme. Las horas se esfumaron; no resistieron la emoción ni la tensión de saber que vería a Juana Molina esa misma noche.

Juana Molina EnLima: Loop, atmósfera e inconsciente caleidoscópico
Foto de Mariana Cañas

Ya en el recinto me encontré con caras conocidas: amigos, músicos, fotógrafos y demás habitantes habituales de estos encuentros. Fue en medio de esas conversaciones que una figura apareció cerca del escenario. Era Juana, con esos mechones característicos en el cabello que suele llevar en sus presentaciones. Cuando la gente volteó a verla comenzaron los gritos emocionados. Todos habían esperado ese momento durante mucho tiempo: habían pasado casi ocho años desde su última visita a Lima.

La noche se inauguró con “Uno es árbol”, esa melodía que se balancea entre un ritmo acelerado y la voz hipnótica y serena de Juana, una bruma que te trepa por la espalda y termina instalándose en la mente. Esas frases simples y contradictorias sobre ser un árbol y un desárbol resuenan y chocan entre sí sin volverse extrañas. Ambas pertenecen al mismo espacio de la canción. No se anulan; existen al mismo tiempo.

“Cara de espejo” fue ver a Juana jugar con el teclado mientras la batería sincronizaba el pulso de la canción. Pero todo empieza a acelerarse. De pronto la mística se transforma en una cinética moderada que se propaga por el aire y atraviesa al público. El baile se vuelve inevitable.

“La paradoja” marca un punto de inflexión. Ese sonido motorizado del teclado y la voz audaz de Juana preparan el terreno para algo más grande. Entre imágenes cotidianas que parecen despegar del suelo, veo cabezas agacharse y levantarse, alinearse y tambalearse unas junto a otras. Incluso Juana, conectada con el público que la aclama, parece embriagarse de esa atmósfera.

Juana Molina EnLima: Loop, atmósfera e inconsciente caleidoscópico
Foto de Mariana Cañas

El loop de guitarra que deja replicándose mientras se escucha en coro aquello de “los perros y los gatos van corriendo por ahí”, acompañado por una multitud que acelera y desacelera su propio movimiento hasta convertirse en un mar de cabezas agitadas, es uno de esos espectáculos que uno recuerda y no quiere dejar ir. El goce se multiplica con cada loop, con cada cuerda de guitarra.

A medida que avanzaba la noche, “Siestas ahí” apareció como uno de esos momentos entrañables e irrepetibles del concierto. Su ritmo robótico, tribal y ruidoso, sumado a los aullidos de la guitarra de Juana, terminaba de dar forma a una atmósfera mística y enigmática. Cada instrumento, cada sonido e incluso la voz parecían cumplir una función precisa dentro de ese paisaje extraño y espléndido.

Me recordó a una cumbia psicodélica electrónica de otro tiempo o a algún ritmo de festejo que permanecía incrustado en mi memoria. Incluso hoy me resulta imposible sacarme esa melodía de los oídos.

Con “Indignan a un zorzal” la experiencia fue todavía más lejos. El ritmo alterado, la batería marcando con fuerza la tarola y una voz que parecía flotar y cambiar de forma en el aire creaban una sensación difícil de describir. El ruido de la guitarra hacía que todo sonara bajo una especie de filtro acuoso, sin una forma completamente definida, metamorfoseándose con el paso de los minutos hasta reventar contra las paredes del local.

El público permanecía en silencio, hipnotizado, como polillas observando el sol más intenso del verano: inalcanzable, incomprensible, pero profundamente deseable.

Juana Molina EnLima: Loop, atmósfera e inconsciente caleidoscópico
Foto de Mariana Cañas

“Wed 21” terminó de convertir la noche en una experiencia sensorial. La caja de ritmos funcionaba como un médium espiritual, una suerte de caja de espíritus que entonaba toda clase de ascensos y descensos. Mientras tanto, esa guitarra fantasmagórica parecía invocar presencias difusas que durante largos minutos se acercaban a susurrarte al oído para luego desaparecer, dejándote únicamente con la intriga.

Era el momento de “Caravanas”, con ese sonido orgánico construido a partir de loops. Lo fascinante era ver a Juana crearlos en tiempo real. Era como si la canción volviera a nacer ahí mismo, frente a nosotros, y fuéramos testigos de la creación de un disco nuevo. Esa improvisación controlada le daba un carácter profundamente personal: no era simplemente reproducir una grabación, sino reinventarla, porque cada nota y cada inflexión de la voz parecían distintas.

El teclado evocaba una especie de ceremonia antigua donde los sonidos prolongados parecían gaviotas sobrevolando una playa antes de perderse en mar abierto. La voz era radial y tenue, cercana a esa sensación lo-fi de adentrarse, en sueños, en un bosque desconocido.

“Desinhumano” fue otro de los hitos de la noche. No solo por la canción en sí —cuyo videoclip fue construido a partir de mil pinturas utilizadas como fotogramas en un proceso larguísimo— sino porque su interpretación en vivo alcanzó otra dimensión. Había algo en ese ritmo cerebral y meticuloso que cautivaba al público, como si uno estuviera apilando bloques gigantes que encajaban perfectamente en un tablero astronómico.

Era un rompecabezas rítmico, una escalera de caracol que ascendía hacia una iluminación inesperada, mientras la letra recorría el ciclo evolutivo del ser humano desde su estado más primitivo hasta el otro extremo de una mortalidad inquietante. Esa doble negación presente en el título funciona como el leitmotiv de toda la canción, una reflexión sobre aquello en lo que nos hemos ido convirtiendo y que, paradójicamente, también anuncia una forma de renacimiento.

Juana Molina EnLima: Loop, atmósfera e inconsciente caleidoscópico
Foto de Mariana Cañas

Las visiones que transmite el tema lo vuelven casi profético, aunque nunca pierde de vista sus texturas irresistibles. A esas alturas me iba quedando sin palabras. Parecía que Juana tuviera la capacidad de construir loops y melodías evolutivas, coherentes y memorables a partir del silencio, de la nada misma. Y no importaba cuán estupefacto me dejara una canción: siempre encontraba la manera de impresionarme con la siguiente.

Ya había pasado más de una hora, pero no lo parecía. Sentía que apenas habían transcurrido unos minutos desde que Juana subió al escenario con su guitarra, sus pedales y el teclado. El paso del tiempo se volvió absurdo. El hechizo era tan fuerte que me costaba aceptar que ya era casi medianoche.

Cuando incluso, al ritmo de los cánticos de “Fujimori nunca más”, Juana se puso a improvisar con la guitarra, el momento fue glorioso. Solo pude despertar de ese sueño cuando anunció que el concierto estaba por terminar. No voy a mentir: me invadió una tristeza inmediata.

Juana Molina EnLima: Loop, atmósfera e inconsciente caleidoscópico
Foto de Gexxie

Pero entonces llegó “Un día punk” y el ánimo del público volvió a encenderse. Sobre todo el de aquel chico que había pasado toda la noche pidiéndola y a quien Juana, entre risas, le había respondido minutos antes: “Pero ya hice el setlist, no lo puedo cambiar”.

La potencia de la canción y su ritmo acelerado hicieron el resto. Una amiga también había esperado toda la noche escuchar “un día voy a ser una distinta”; la emoción se le escapaba por los poros. Terminamos saltando, empujándonos y siguiendo el ritmo sin parar. Aquello parecía una rave ritualística aislada del mundo por unos minutos. Sonidos caleidoscópicos, resonancias benditas que iban y venían.

Yo solo podía pensar, ¡qué show!

Todo lo bueno termina demasiado rápido, pero al menos estuve ahí. Y aquello que me condujo hasta ese momento es algo que no olvidaré jamás.

POST-CIERTO

Ya terminado todo, la gente armó una verdadera avalancha para llegar a la mesa de merch, donde estaban vendiendo las pinturas utilizadas en el videoclip de “Desinhumano”. Me pareció una locura. Mi amiga Natalí, que estudia arte, fue una de las afortunadas y consiguió la número 692, mientras otras amigas conversaban con el baterista.

Me despedí de Sammir y luego me quedé sentado en el piso viendo cómo desmontaban el escenario después de aquella extraña batalla que había sido el concierto. Sentía que había algo dentro de mí, un recuerdo estancado desde hacía mucho tiempo, que necesitaba salir a la superficie.

Juana Molina EnLima: Loop, atmósfera e inconsciente caleidoscópico

Me sorprendió la manera en que la música de Juana Molina logró iluminar rincones de mí mismo con los que no esperaba volver a encontrarme. Supe entonces que algo había cambiado. No sé exactamente qué, pero desde aquella tarde hasta este momento en que escribo estas líneas, algo se había movido dentro de mí sin que me diera cuenta.

No permanecí demasiado tiempo atrapado en esos pensamientos porque poco después Juana salió para tomarse fotos y firmar autógrafos. Fue entonces cuando tuve una sensación extraña: sentirme en casa. Quizá había recuperado algo que creía perdido. Un poco de fe. Algo de esa esperanza que se había ido a comprar cigarros hace mucho tiempo, no lo sé.

Pero incluso con la sensación permanente de que el país se cae a pedazos, podía mantenerme en pie. Días como este me recordaban que todavía había motivos para seguir aquí, para encontrar algo de felicidad y continuar avanzando. Vivir en el caos se ha vuelto habitual entre nosotros, pero algún día eso tendrá que cambiar.


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