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FRAGMENTO DEL LIBRO
Estaba sentado en un banco del parque, arrojando miguitas de pan a los patos del estanque y ella no se había apercibido de su presencia, hasta que oyó la voz de tonos un tanto irónicos, que le dirigía una pregunta: —¿Preocupada por el juicio, Cleo Shapper? La joven se volvió y contempló unos instantes al hombre que parecía haberle adivinado los pensamientos. Parecía joven, aunque la barba de casi un mes que cubría sus mejillas aumentaba aparentemente su edad. Vestía con modestia, casi pobremente, aunque con ropas limpias: cazadora de tela, camisa a cuadros, tejanos y zapatillas blandas. Cleo adivinó que era alto y fornido, a pesar de la postura en que se hallaba, sentado y con el torso ligeramente inclinado hacia adelante. El hombre tenía una sonrisa que predisponía inmediatamente a la simpatía, completada por un revuelto pelo dorado y los ojos más azules que ella había visto jamás en una persona del sexo opuesto. No lo había visto hasta entonces y se sintió extrañada de que la conociera. —Creo que eso no le importa demasiado, señor —contestó glacialmente. El hombre se echó a reír. —Sí, estás preocupada —insistió—. Y, en tu lugar, yo desecharía ese problema, porque tiene una solución terriblemente fácil. Aquello picó a Cleo. Ciertamente, el desconocido había adivinado su estado de ánimo y, en efecto, estaba preocupada por el desenlace del juicio, que se produciría a la mañana siguiente. —¿Quién es usted? —preguntó, intrigada a su pesar por lo que acababa de decir aquel hombre, que tan bien parecía enterado de sus problemas. —El nombre es Zane Beacham —contestó él. Lanzó las últimas migas de pan. se frotó las manos y se recostó en el banco, con los codos en el respaldo—. La verdad, no sé por qué tanto temor al resultado del juicio. Si yo estuviese en tu lugar, ya lo tendría resuelto. Y, además, le daría una buena lección a ese imbécil de Wardo Jones. Cleo sentía que su curiosidad aumentaba por momentos. —Bueno, a ver, dígalo de una vez —solicitó, con burlona sonrisa—. Tal vez usted haya encontrado la panacea para un asunto que, siéndole sincera, debo admitir que tengo perdido. —Porque tú lo has querido —contestó Beacham. Movió una mano—. ¿Por qué no te sientas y te lo cuento todo con más detalle? Cleo vaciló. El aspecto del desconocido no predisponía mucho en su favor. Las ropas usadas, casi harapientas, la barba de varias semanas... Quizá acabaría pidiéndole una limosna o arrebatándole el bolso... —No soy un ladrón. —El pareció adivinar sus pensamientos—. Pero si quieres permanecer en pie... —Está bien. —Cleo se sentó decidida a su lado, vuelta hacia él—. Empieza a hablar. —De acuerdo. Beacham habló durante dos minutos escasos. Cuando terminó, Cleo tenía los ojos desmesuradamente abiertos. —¿Usted haría eso? —preguntó, atónita. —Sin pensármelo dos veces, Cleo. Continua...
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