Revista Opinión

Kisu. Relato corto

Publicado el 08 enero 2015 por Icaro @ateneo

Desde nuestra mesa pude ver como, en la barra del restaurante, un joven ejecutivo sin americana le dice al camarero que le sirve la copa << he cumplido 58 de los 80 objetivos que tenia asignados para este mes>> Y estamos a día diez - dijimos los dos al unísono. El sitio era agradable aunque demasiado extraño para mí, no parecía estar en mi ciudad, demasiado lujo y demasiada luz.

Acabábamos de sentarnos y Aki, con mucha ceremonia, se había marchado al tocador de señoras. Unas mesas detrás de la nuestra, un hombre con pinta de viejo profesor de filosofía parecía esconderse tras el humo de su pipa. Tenía un libro encima de su mesa, Joyce, colocado en el extremo más alejado, como si estuviera decidiendo comenzar su lectura o aplazarla definitivamente. Por imitarle, encendí un cigarrillo mientras me decía e imaginaba qué tipo de conversación tendría con Aki, una mujer a la que apenas había visto una sola vez en una estancia relámpago de Roberto y ella, cuando les llevé al aeropuerto camino de ¿Malasia? Apagué el cigarrillo cuando Aki volvió a la mesa. Al escuchar su pregunta caí en la cuenta de que no había pensado nada para entablar una conversación con mi acompañante y me había dejado llevar por aquella primera visita.

¿Conoces mucho a Roberto? - dijo. No pude disimular mi sorpresa, una de las preguntas que estaba barajando antes de que se sentara, y antes de Joyce, era algo así como ¿qué sabrá de mí? pero en ningún momento imaginé tanto desconocimiento. Somos amigos de la infancia, dije- mientras encendía otro cigarrillo y miraba mi copa. Mi bella y oriental acompañante no pareció violentarse con mi respuesta. Contestó, en un perfecto castellano, -¿sí? ¿Y cómo es?- y lanzó una sonrisa de complicidad. ¿Muy introvertido verdad? -dijo uno de los dos mientras el otro asentía con cabeza y mano. Nos servían helado cuando le mostré un libro -toma, te he comprado un libro para el viaje de mañana. ¿Cuántas horas de vuelo tienes hasta Japón?

¡Uf!, ¿tantas? Ya, claro, estás acostumbrada, viajas mucho, ya. ¿Conoces al autor? Bueno, creo que te gustará. ¿De qué trata? Pues de una mujer exiliada y viuda que lucha por no olvidar el recuerdo de su marido y su patria. No, no, no es un drama, incluso es algo erótico, muy ambiguo, eso sí. Este escritor es muy filosófico. Te gustará. ¿Dedicatoria? Espera, veamos que te pongo, sí, firmaré con mi nombre de guerra, -pero terminé mi dedicatoria con un Tasogare Seibei (El Ocaso del Samurai)-. No, no lo soy, pero sí estoy en mi ocaso.

Me sinceré, aunque creo que lo llevaba haciendo toda la noche y le dije que todo lo que olía a Roberto me producía una enorme tristeza y, en el mejor de los casos, melancolía. No, tú no, pero además tú no hueles a Roberto. ¿A qué? Hueles a Daka (desnudez). No, no sé hablar japonés, unas pocas palabras nada más. Claro, Roberto y sus cartas, otra cosa no, pero escribe de maravilla, es una delicia leerle, ¿verdad? -dijo ella. Y esas cosas que me has contado de Roberto, ¿se las contaste a él, de samurai a samurai? Ya. ¿Y qué contestaba? Nada, claro. Después de estas preguntas la expresión de Aki cambió ligeramente. Por primera vez su mirada fue esquiva, quizás estaba pensando en sincerarse también y no lo hizo por intuir que seguramente yo lo sabría todo de ella. Qué más palabras conoces, -lanzó en forma tan desafiante como desenfadada. No sé, déjame pensar: Bonita, no sé decirlo y ¿me das la mano? tampoco. Entonces colocó su mano sobre la mía y dijo de forma muy delicada Kisu. Me incorporé levemente, coloqué el codo sobre la mesa y, apoyando mis nudillos sobre la mejilla, llevé mi cara hacia ella y lo hice, muy suavemente.

Publicado originalmenteen Ventanianos. 2005

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