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Título: La bailarina (Maihime)
Autor: Ogai MoriEditorial: Impedimenta (julio 2011)Año de publicación: 1890Páginas: 80
Precio: 9,95 euros
Siento predilección por las pequeñas historias, novelas muy cortas que sin embargo dejan un largo recuerdo en nuestra memoria. Podría citar muchos ejemplos, como Paradero desconocido de Kressmann Taylor o Los ojos del hermano eterno de Stefan Zweig, cuyo vínculo en común es la brevedad, historias que repentinamente terminan a las pocas páginas, pero en las que no podemos dejar de pensar. En esa línea se encuentra La bailarina, del japonés Ogai Mori, una breve novela (de sus 80 páginas, las 24 primeras forman parte de la magnífica introducción) con la que se disfruta de principio a fin y que puede devorarse en muy poco tiempo. La obra, muy autobiográfica, nos sitúa en Berlín, donde un joven estudiante japonés, Toyotaro Ota, se ha trasladado para proseguir sus estudios. Allí conocerá a Elise, una joven bailarina muy pobre pero de una belleza extraordinaria, con la que iniciará una historia de amor llena de dificultades, tanto por la incomprensión de sus propios compañeros japoneses como por las circunstancias que les rodean a ambos. Toyotaro tendrá que elegir entre el amor y las obligaciones que le atan a su país, el marcado sentido del honor y del deber japonés se verán enfrentados al romanticismo exacerbado, a la libertad y al individualismo que el japonés comienza a experimentar en Alemania. La novela dibuja así una historia de amor muy influenciada por los escritores alemanes de la época, en especial Goethe, no podía dejar de pensar en su novela Las afinidades electivas mientras leía La bailarina. En ese sentido, el tono, la historia y la forma de narrar son más propias de los escritores románticos europeos del XIX que de un autor japonés. De hecho, en su momento La bailarina fue considerada en Japón una obra muy moderna, ya que por primera vez en la literatura japonesa el protagonista hablaba en primera persona y expresaba sus sentimientos.
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Sin embargo, la impronta japonesa se nota, y mucho. Al amor como sentimiento trágico, abocado al fracaso y lleno de dificultades, pero por el que se luchará por todos los medios, incluso recurriendo al suicidio si es necesario, como sucede en Las penas del joven Werther de Goethe, propio de los románticos europeos, se contrapone otro tipo de idea muy japonesa: el sentido del deber hacia la patria, la familia, en definitiva, el deber hacia los demás, que hace que los intereses del individuo se vean sometidos por los intereses de la comunidad. Es por ello que Toyotaro, el protagonista, debe luchar entre esa nueva libertad, ese yo conquistado en Europa, ese individualismo que en Japón no tenía cabida, y su innegable carácter japonés que le obliga a obedecer a sus superiores y compatriotas. Toyotaro tendrá la difícil tarea de elegir el amor o el deber, en este caso simbolizado en su progreso profesional. Además de la historia de amor, resulta interesante ver Berlín a través de los ojos de un japonés del siglo XIX, época en la que Japón aún no se había abierto al mundo, y cómo todo le resultaba fascinante, al mismo tiempo que él resultaba tremendamente exótico a los alemanes.
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