A uno le conciernen únicamente las cosas sencillas. Todo lo que no es sencillo no conviene. La vida se construye en base a estas premisas, pero no es vida. Se la prefiere a veces levantisca y desordenada, comida por la fiebre del azar, entreverada de tragedia y de desaliento. En ese rumiar en ocasiones penoso de los días es en donde de verdad reside la espléndida dádiva de su existencia. El bienestar es un hallazgo, un propósito, no un hecho tangible y seguro, adquirido sin esfuerzo. La vida es ese lento fluir hacia ningún sitio, pero no saber de ella (no manejarla a conciencia, consentir sus extravíos) la hace gozosa, la recama de luz y de esplendor, aunque haya días que cueste izar y se atropellen las horas como un tumulto de obstáculos.
Amanece con la cándida elocuencia de lo conocido y se resuelve en claridad el aire. El sol se presentará radiante, de un cielo azul que contagia más que un virus. La buena vida no existe: es otra, difícil de adjetivar, sobre todo eso. La que a esa bondad no alcanza es vida también (fértil, plena) y es la que más nos incumbe, por no disponer de otra, para arrimarla y darle los afectos que merece.