Revista Viajes

La casa de Ana Frank

Por Viajaelmundo @viajaelmundo

AnaFrank1

Me regalaron “El diario de Ana Frank” cuando cumplí quince años. Era un libro usado y de páginas amarillas que había que pasar con cuidado; una edición vieja, pero bien guardada y que aún atesoro. Recuerdo haber leído la historia de Ana con avidez adolescente, con inocencia y con amor. Lloré por su edad tan cercana a la mía mientras lo escribía, lloré cuando se me acabaron las páginas y lloré de terror. El miedo de Ana Frank había saltado a mi cuarto y guardé el libro en un rincón, lo tapé con otros libros, como si así se pudiera borrar la historia. Años después volví a leerlo y así varias veces hasta que me volví adulta.

Ana Frank fue una de las millones de víctimas de la persecución de judíos durante la Segunda Guerra Mundial. Cuando Adolfo Hitler asumió el poder en 1933, los Frank se trasladaron a Holanda y fundaron una empresa, pero luego se vieron obligados a esconderse en un edificio que se dividía en dos casas. Ellos, junto a la familia Van Pels, se refugiaron “en la casa de atrás” y allí Ana comenzó a escribir en un diario que le habían regalado sus padres al cumplir 13 años. Cuando acabara la guerra, Ana quería publicar un libro sobre su vida en el refugio. De los ocho escondidos, solo Otto Frank, su padre, sobrevivió a la guerra. Decidió publicar el diario y en 1960 el refugio se convirtió en un museo.

La primera vez que estuve en Amsterdam fue durante un viaje fugaz y frío, de esos que no te permiten salirte del itinerario. No pasé por la casa de Ana Frank, ni sabía exactamente dónde quedaba. Pasé por Amsterdam como quien se cuela en un jardín ajeno y no sabe bien dónde pisar para que no se disparen las alarmas. Pero hace poco volví, tres años después de ese viaje extraño. Mi única intención de hacer parada en Amsterdam era para ir al museo, todo lo demás sería una agradable añadidura.

Largas filas en temporada alta o feriados

Largas filas en temporada alta o feriados

En temporada alta o días feriados, recomiendan comprar el ticket de entrada al museo a través de su página para evitar las largas filas. A veces, las fechas disponibles son para los próximos 10 ó 15 días. Mi estancia era limitada: cinco días, un feriado prolongado y mucha gente por las calles. Las cuatro horas y media que estuve en la fila, bajo lluvia y brisa fría me costaron 9 euros para poder entrar, 1, 20 euros por un café y dos noches de fiebre y tos. No existía la posibilidad de dejarlo para después, mis ganas de estar ahí podían más que cualquier cosa y la espera valió la pena.

Hay una sola manera de recorrer el museo, el camino está señalado y hay que seguirlo. De buenas a primeras, la casa no parece la casa descrita en el diario. Las paredes están llenas de citas del diario de Ana, hay videos, fotografías, objetos. Paso a paso te van contando la historia, la conozcas o no. Nadie habla, todo se convierte en observación en esa “casa de adelante”, la fachada perfecta para un escondite que quería ser perfecto.

“De día tenemos que caminar siempre sin hacer ruido y hablar en voz baja, para que no nos oigan en el almacén” -Ana Frank, 11 de julio de 1942

Una estantería giratoria oculta el acceso al refugio; fue construida para ese fin y allí se mantiene como testigo silente. Está apartada para que entremos por esa puerta pequeña y es preciso agacharse un poco. Al frente, unas escaleras empinadas desembocan en el escondite. Encierro, oscuridad, silencio. Un espacio vacío que está lleno de todo. Cubro este trayecto con los ojos vidriosos, con angustia en el pecho. En alguna parte de las paredes se ven las marcas con las que iban midiendo la estatura de Ana y su hermana Margot. En otras, están aún los recortes de revistas con caras de artistas famosas y paisajes con las que Ana decoraba su cuarto para hacerlo más bonito. Está el baño y su tubería ruidosa que no podían usar durante las noches. Está el desván y una ventana hacia la calle por la que nunca podían asomarse. Dos años estuvieron escondidos hasta que alguien -no se sabe quién- los delató. De allí todos fueron trasladados a campos de concentración. Solo sobrevivió Otto Frank.

Está prohibido tomar fotos en la mayoría de las áreas del museo. Por eso, me compré una postal del diario.

Está prohibido tomar fotos en la mayoría de las áreas del museo. Por eso, me compré una postal del diario.

Al salir del refugio, se vuelve a la “casa de adelante”, donde está exhibido el diario original de Ana y muchos otros cuadernos que también llenó en su escondite. No solo contaba cómo era su vida durante la guerra, también escribía relatos, cuentos y dibujaba. En esta sala se pueden ver diferentes ediciones de “El diario de Ana Frank” en distintos idiomas.

Salgo de todo y me aparto del ruido. Pido un café y miro por los ventanales para encontrarme de frente con los canales de Amsterdam. Es absurdo, era un refugio y ahora me tomo un café. La historia está allí y atormenta. Todo se explica al final: “No podemos cambiar lo ocurrido. Lo único que podemos hacer es aprender del pasado y tomar conciencia de lo que significan la discriminación y la persecución de personas inocentes. En mi opinión, todos tenemos la obligación de combatir los prejuicios”. Lo dijo Otto Frank.

 PARÉNTESIS. La casa de Ana Frank está en el centro de Amsterdam, en Prinsengracht 263-267, a 20 minutos de la estación central de trenes. Abre todos los días del año con ciertas restricciones de horario. La entrada cuesta 9 euros y no admite la I amsterdam city card 


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