La Cena. Texto: José Antonio Garriga Vela. Diario Sur – 14.02.2010.
Me imagino que ella pensaba en silencio en sus cosas mientras yo golpeaba la puerta y gritaba sin demasiada convicción. Nunca me han gustado los gritos. Al cabo de un rato, intenté relajarme. Pensé que algún cliente acudiría de un momento a otro al baño y entonces acabaría la pesadilla. Todo habría sido distinto si me hubiese llevado el móvil en vez de dejarlo en el bolsillo de la chaqueta que había entregado en el guardarropa. No quería que nadie interrumpiera aquél deseado encuentro. El caso es que habían transcurrido más de diez minutos y nadie venía a socorrerme. No acababa de entender la enorme paciencia de Laura. ¿Cómo podía ser que no sospechara de mi demora? Tal vez había llegado a la conclusión de que yo estaba con el estómago revuelto y no se atrevía a interrumpirme. En cualquier caso, ella no podía tardar mucho en acercarse a la puerta del baño de caballeros y llamarme.
No lo hizo. Pasaron otros diez o quince minutos y Laura no daba señales de vida. Yo tampoco, pensaría ella. Durante ese tiempo nadie intentó entrar en el baño. Entonces recordé que, cuando llegamos, no había ningún cliente en el restaurante. Quizás Laura seguía sola delante de una mesa vacía y esperando a un hombre al que apenas conocía. Un hombre que podía tener la costumbre de pasar media hora en el baño antes de cenar. Después de varios intentos frustrados de abrir la puerta, me senté en la tapa del váter y me puse a esperar a que alguien me echara de menos, aunque no fuera Laura. Pero fue ella. Oí su voz: «¿Estás ahí?». Nada más responder, me abrió sin problemas. Luego cenamos sin problemas. Nos despedimos sin problemas. Cuando estaba en la cama pensé en lo que estaría pensando ella, y supe que nunca más volveríamos a vernos”.
En Algún Día│ José Antonio Garriga Vela.
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