
En la página 86 de este libro se utiliza la palabra “rompecabezas”. En la página 100 se repite la misma palabra. Es una condición que la persona que está leyendo advierte pronto. Victoria Pelayo Rapado, tan hábil como maquiavélica, desliza en cada capítulo una serie de pistas, un adjetivo, un sustantivo, una imagen. Ocurre como en las mejores narraciones de Juan Carlos Onetti: hay que perseverar, hay que permanecer con la atención agudizada al 100%, hay que dejar que las piezas se vayan encajando poco a poco, para formar un mosaico, un puzle, ese dibujo que, al final, adquiere todo su sentido. Y qué asombroso sentido.
Todo comienza de forma sencilla: unos niños que pasean por sus zonas habituales de diversión. De repente, uno de ellos, Míguel (pronúnciese de forma grave) cae a una zanja llena de agua; y, a gritos, señala a Isa como la responsable del empujón que le ha hecho perder el equilibrio. Es el inicio del fin. De inmediato, la muchacha abandona la pandilla. Luego lo hará Fernando. ¿Es posible que un incidente tan banal, tan infantil, haya dinamitado el grupo, o quizá hay algo más, latiendo de fondo? Pero hay otros incidentes y personas que orbitan alrededor de esa diáspora: un hombre que viste de oscuro; un niño que es empujado por unas escaleras y está a punto de matarse; una niña que decide guardar silencio, inmune a todos los interrogatorios y terapeutas que se le infligen; un joven sacerdote que es enviado a Tenerife; un suicidio; unos huesos misteriosos que aparecen, durante una excavación… Todos los cristalitos están ahí, moviéndose con lentitud y con desconcierto de calidoscopio, pero todo queda explicado (¿todo?) en el capítulo final, donde una confesión dura, letánica, obsesiva, que repite una y otra vez las mismas palabras y las mismas inquisiciones, como si el llanto comenzase a producir la fermentación de la culpa, nos dejará con la piel erizada.
Hay que ser muy valientes para adentrarse en esta historia, porque nos enfrenta con espejos oscuros y con traumas infantiles de dolorosa densidad. Pero Victoria Pelayo es tan firme en su pulso narrativo y tan inteligente en la conformación de sus dibujos psicológicos que La Ciudad Dulce mereció el premio 2025 de novela Avant Ceuta. Harían ustedes bien en buscarla y leerla.
