Revista Videojuegos

La consciencia separada en Soma

Publicado el 14 abril 2016 por Deusexmachina @DeusMachinaEx
Este texto contiene spoilers de Soma.

Soma (Frictional Games, 2015) tiene mucha virtudes como videojuego: es intenso, inmersivo y está narrado con finura. Pero también lo es por cómo ha sabido llevar de forma inteligente argumentos y discusiones complejas sobre la identidad, la mente y lo que es ser humano. Seguramente no se estaría hablando tanto de este juego si no fuese por su punto filosófico. Y no sólo porque hable de la vida y la muerte, sino por las inquietantes preguntas con las que nos interpela. En este artículo me voy a centrar más que en el edificio del juego en su andamiaje filosófico.

En las bases teóricas de Soma podríamos rastrear, al menos, a dos filósofos del siglo xx: Hillary Putnam y Derek Parfit. La defensa de Putnam contra el escepticismo, el caso del “cerebro en la jarra” (Brain in a vat), suele relacionarse con cualquier trabajo que cuestione nuestro conocimiento sobre el mundo exterior. Por su parte, Parfit nos ofrece sus “casos del cerebro dividido” (Split brain cases) sobre el puzle metafísico del yo como esencia, que tiene mucho que ver con los sucesos de soma. Este artículo trata de forma superficial estos dos experimentos mentales y su relevancia para la articulación del contenido de Soma.

Si pretendo abordar estos asuntos debemos ser arrastrados a la sima abisal, como si de una terapia psicoanalítica se tratase, y pensar, al igual que Simon Jarret, el protagonista de Soma, sobre algunas cuestiones sobre qué nos hace humanos.

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El cerebro en una jarra

Llevaba un par de semanas dándole vueltas a una serie de artículos sobre Soma (Frictional Games) cuando me sorprendió la muerte de Hillary Putnam. El filosofo estadounidense nos dejó el día 13 de marzo de este 2016 a la edad de 89 años. Putnam es, posiblemente, uno de los últimos grandes filósofos de la escuela de pensamiento analítico dominante, esto es, la anglosajona. Traer aquí a Putnam no es un capricho intelectual. Además de filósofo y teórico de la informática, su trabajo ha supuesto un importante empuje en las discusiones de la filosofía de la mente sobre la división (o no) entre mente y cuerpo, dando lugar a lo que se conoce como externalismo semántico. Sirva esto de obituario y recuerdo a Putnam.

Cuando alguien accede a las discusiones sobre filosofía de la mente, el experimento mental de Putnam conocido como “el cerebro en la jarra” (o en la “cubeta”, tanto da) suele ser de los más mencionados. Cabe explicar, por si es necesario, que un experimento mental tiene como fin el poner a prueba alguna hipótesis o intuición de tal forma que podamos determinar, mediante las leyes de la lógica, si tal o cual estado de cosas puede ser el caso que valide o refute nuestra conclusión. Con el cerebro en la jarra Putnam se puso en una de las esquinas del ring a esperar los ataques de escépticos, realistas metafísicos y fisicalistas.

La propuesta del cerebro en la cubeta es tal que así: supongamos que un científico maligno aprovecha un descuido de un hospital, secuestra a un paciente, le extrae el cerebro y lo pone dentro de una jarra con exóticos fluidos que sirven de conductores para su diabólico experimento. Mediante impulsos dirigidos con precisión quirúrgica, el científico estimula diversas zonas del cerebro de tal forma que el paciente cree que continúa con su vida cotidiana: piensa, siente, sufre, hace cosas, etc. pero no sabe que es un cerebro en una jarra.

En otras palabras, cada uno de nosotros podría vivir en Matrix y no saberlo.

Aunque este experimento se pueda traer a colación del caso de Soma, no me parece que sea demasiado relevante para el ejercicio que Frictional Games nos propuso. Pese a que Putnam fuese modificando la forma en la que entendía su edificio de pensamiento (en resumen, fue desde una suerte de neo-cartesiansmo con pinceladas kantianas hasta un rechazo del funcionalismo) lo que el americano pretendía con el caso del cerebro en la jarra era exponer, al menos dos cosas: por una parte, (1) que los escépticos se equivocaban en tanto que es necesario un mundo exterior; por otra, (2) que la mente tiene propiedades que la convierten en un elemento esencialmente diferente de otros objetos de la realidad; su propiedad específica es la “intención”, esto es, que la mente representa y cada representación refiere a algo. Una piedra, un árbol o un gato no refieren. Cuando Putman dice mente deberíamos decir pensamiento, pues en la tradición de los defensores de la teoría de la mente computacional, por lo general pensar equivale a calcular que equivale a mente. Sólo (2) mantiene relación con Soma.

Decía que Putnam era de la escuela cartesiana, salvando las distancias con Descartes. El experimento mental del “cerebro en la jarra” es una actualización del problema del Genio Maligno de las Meditaciones Metafísicas de René Descartes. La hipótesis del Genio Maligno funciona tal que así: damos por hecho que la única cosa de la que puedo estar seguro es de que existo. Ni siquiera puedo dar por buenos mis pensamientos (su contenido) pero sí que pienso, por tanto debo ser una cosa pensante. Eso soy yo. Bien, pero ¿podemos estar seguros de algo más? ¿De las verdades que son auténticas con independencia de que necesiten una cosa pensante para ser comprendidas, como son las matemáticas o la geometría? Podría ser, ¿verdad? Pero, supongamos que hay un Genio maligno que media entre los objetos puros y un servidor: ¿no sucede que también las matemáticas y la ciencia en general se vienen abajo porque este Genio imposibilita que conozcamos esas verdades indubitables que van más allá de lo contingente?

La respuesta que dio Descartes a su desafío del Genio maligno nunca me pareció del todo adecuada. Utiliza la figura de Dios como garante de que podamos conocer ciertos aspectos de la realidad sin problema y es una carta demasiado fácil. Putnam, por su parte, recurrió a Kant. La realidad requiere conceptualizarla para ser comprendida. Al hacerlo, nuestra mente, que posee una arquitectura determinada, media con la realidad con lo que conocer la esencia de lo real es imposible. Esto es, nuestro conocimiento esta limitado por cómo está organizada la mente. En otras palabras, no podemos conocer la realidad qua realidad, sino que depende de nuestros esquemas conceptuales.

Esto último es irrelevante para Putnam: no es necesario llegar hasta el verdadero fondo de la cuestión pues esa parte de la realidad siempre va a quedar incognoscible. Así, da un poco igual que haya un científico (o genio) maligno que medie entre la realidad y nuestra mente; aún así podemos decir que conocemos y afirmar la existencia de entidades diferentes a nosotros.

Putnam ofrece un elegante argumento por puntos de por qué razón no somos un cerebro en una jarra, pero nos llevaría demasiado lejos y me temo que no sería capaz de explicarlo de forma correcta.

Sin embargo, (2) sí tiene que ver con Soma. Al menos en cierta medida. Putnam era un anti-fisicalista. De esta forma, Putnam ataca la idea de que la mente es un epifenómeno de nuestro cuerpo, en concreto del cerebro, cuya existencia es cuestionable. Por ejemplo, Daniel Dennet la ilustra a la mente como una ilusión muy elaborada que carece de existencia. Tarde o temprano, según el fisicalismo, encontraremos la forma de explicar este epifenómeno, pero eso no les impide negar una división entre cuerpo y mente. Putnam, defensor del dualismo, no sólo pensaba en la existencia de la mente como entidad independiente del cuerpo, sino que sus estados podrían ser replicados por distintas mentes si pudiésemos de alguna forma trasmitir los inputs adecuados. Esta independencia puede llevar a que afirmemos que si tuviésemos a un robot competente en asuntos de racionalidad y a un ser humano y las expusiésemos a los mismos inputs, sus mentes representarían los mismos estados; consideraríamos que ambos pueden tener los mismos estados mentales. La influencia de la tradición de Alan Türing resulta notable.

El argumento de (2) no es tan extravagante y, cuando se explica, es de agrado del que ama a los animales. Sostiene que seres con diferentes arquitecturas físicas pueden sentir (en tanto que procesar esos inputs externos) de la misma manera. Si usted fuese fisicalista debe sostener, por principio que un estado físico se corresponde (se identifica, que se dice en Filosofía) con un estado mental específico. Así, la estimulación de una “fibra C” (hipotética) corresponde con el “dolor”, con lo que “estimulación de fibra C” = “dolor”. Pero si esto es así, un animal sin esa “fibra C”, pongamos “fibra E”, no sentiría dolor pues solo “fibra C” = “dolor”. La correspondencia debe ser necesaria, si no no tendría sentido. Lo importante para Putnam es que ambos pueden sentir dolor con independencia de que en los humanos sea “fibra C” y en el animal “fibra E”. De este modo, que exista una máquina con una neuroquímica diferente a la nuestra no debería ser un impedimento para poder decir que posee nuestros mismos estados mentales.

Cuando Simon Jarret descubre que una copia de su conciencia fue trasmitida al cuerpo de un robot, cuya estructura fisiológica es materialmente distinta a la de los humanos, se sigue que todos sus estados mentales permanecen indemnes, pues pueden ser replicados por el nuevo cuerpo. Estos estados son consecuencia de que la estructura del robot cumple las mismas funciones que las del cerebro pero su soporte material es totalmente diferente, por tanto, la replicación de estados mentales es posible. De esta manera, la mente puede, en teoría, sobrevivir a un cambio de cuerpo. El problema, claro, es cómo lo hacemos y si esto no nos desvela otras consecuencias un tanto desconcertantes.

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Los casos del cerebro dividido

Es interesante que los estudios sobre el cerebro separado no hayan causado una mayor consternación en los que creen que la identidad personal consiste en algo por encima o por debajo del cuerpo y del cerebro físico. Muchos no-reduccionistas creen en el alma, creada por Dios, indestructible e indivisible. ¿Qué diría un creyente del alma inmortal sobre la cirugía que separa el cerebro? ¿Que el cuchillo del cirujano divide el alma y crea dos donde había una? ¿O que una sola alma puede tener dos centros de consciencia?

The Phantom self

Para afrontar las preguntas de Soma, el trabajo de Derek Parfit es, en mi opinión, bastante más adecuado que el de Putnam. Parfit es mucho más radical que Putnam. Las premisas con las que atajó la cuestión de la identidad personal, que aquí llamaré ego para evitar confusiones, nos llevan hasta la conclusión de que importa más la supervivencia de la relación entre las propiedades psicológicas que la supervivencia del ego.

Recordemos el puzle que se plantea en Soma. Resulta que existe una máquina que hace un back-up de eso que podemos llamar ego. Cuando ese ego comienza a funcionar se presenta como una entidad independiente de la del origen: comparte todos sus recuerdos, emociones y rasgos de personalidad, pero comienza a ser independiente en tanto ya no se identifica (en el sentido filosófico, esto es, son entidades diferentes) con el original. Si nosotros fuésemos al que le realiza la copia, ¿qué sucede con la consciencia, eso que normalmente identificamos como el rasgo más representativo del ego? El juego nos dice que para la consciencia “es como tirar una moneda”: esta viajará o bien a la copia o bien permanecerá en el original mientras su contrapartida comenzará a tener una existencia por separado. ¿Sería esto posible desde un punto de vista lógico?

En orden de responder esta cuestión, utilicemos un ejemplo de Parfit, el experimento mental del “cerebro dividido”. Lo inquietante de este experimento es que tiene una base médica y empírica sólida. Los pacientes que por problemas neurológicos, como la epilepsia, se sometieron una separación de los dos hemisferios cerebrales, en la que se interviene cortando el cuerpo calloso. Si usted es de las personas que le parece que cualquier cosa es “blow your mind!!”, debería ver los vídeos del enlace: esto sí te vuela la cabeza.

YouTube Video

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La premisa de la que Parfit parte presenta a la identidad como algo que nunca puede estar reducida por encima o por debajo del cuerpo o de la mente —aquí “mente” y “cerebro” parecen ser equivalentes—. Parfit, que parece un alumno aventajado de David Hume, considera que lo que debe interesarnos es la continuidad psicológica más que la identidad personal, entre otras cosas porque la continuidad psicológica no plantea tantos problemas como el ego. Este es su experimento mental:

Primer caso: dos hermanos gemelos. [Uno] tiene una enfermedad degenerativa que mantiene su cerebro intacto pero su cuerpo está pereciendo. [Dos] tiene una enfermedad que está matando a su cerebro pero el resto del organismo está intacto. Para que al menos un hermano sobreviva traspasan el cerebro de [Uno] al cuerpo de [Dos]. [Uno] continúa con su vida normal en el cuerpo de [Dos]. Casi todo el mundo podría estar de acuerdo en que [Uno] sobrevive y que, por tanto, su ego sobrevivió.

Segundo caso: sabemos que un ser humano puede sobrevivir con sólo un hemisferio del cerebro y su ego se mantiene indemne. Supongamos que en el primer caso [Uno] sólo tenía operativa una parte del cerebro cuando se lo pasan al cuerpo de [Dos]. De este modo, si sabemos que con un hemisferio se puede vivir, que sobreviva [Uno] a la operación implica que sobrevive también su ego.

Tercer caso: en lugar de dos gemelos hablamos de trillizos. Estos hermanos son secuestrados por un científico loco que tuvo que emigrar al extranjero por falta de becas de investigación en la universidad española (el flavor es mío. Parfit no estaba en estas cosas). Este científico divide el cerebro de [Uno] y traspasa una parte a [Dos] y otra a [Tres] tras extirparles los suyos propios. Uno sobrevive a la operación en [Dos] y en [Tres]. Aquí viene la dificultad: ¿cómo es posible que haya sobrevivido su ego si este es una entidad única, indivisible y que sólo puede identificarse consigo misma? No parece que haya manera de resolverlo, y decir que la consciencia de sí mismo haya “tirado una moneda” para elegir si ir a [Dos] o a [Tres] tampoco soluciona el asunto.

Por esto Parfit rechaza la idea de la identidad personal como relevante para la supervivencia, pues con que la continuidad psicológica esté estable se ha sobrevivido de algún modo. Además, si echamos un ojo a su otro experimento mental sobre la teletransportación, veremos que otra de las conclusiones es que si había identidad personal ésta muere siempre en [Uno] en cualquiera de los tres casos. De esta manera, siempre que en Soma se realiza una copia de seguridad, de alguna manera ambas identidades personales o bien deben morir, o bien no pueden existir porque no puede haber dos entidades que sean iguales numéricamente.

Como decía, si esto le suena a ci-fi o algo implausible, eche un vistazo a lo que le sucede a las personas con el cerebro dividido. Ahora bien, aquí es donde puede venir uno de los grandes problemas: si identificamos identidad personal con consciencia los Split Brain Cases son perfectos; pero si son cosas diferentes, tal vez de lo que Parfit hable sea sólo de consciencia y no de lo que nos hace que seamos un ser único e irrepetible en términos metafísicos.

Así como para Parfit parece que sólo interesa la continuidad psicológica eso no explica cómo la consciencia de mi experiencia (que es inefable) y mi autoconciencia importan de sobremanera en nuestra cotidianeidad. Claro que según Parfit esto sería una discusión vacua e irrelevante, pues parece que la consciencia es un fenómeno debido a que tenemos un cerebro que lo permite, y esta no sería importante en términos absolutos: si se mantiene la continuidad psicológica, surgirá una consciencia diferente que va a tomar el lugar y nadie va a notar nada, empezando por al que le han cambiado el cuerpo, como sucede en Soma.

No sé ustedes, pero a mí esto último me inquieta demasiado. Los puntos de Parfit tienen aguas (como el dejar de lado “el problema dificil de la consciencia”) y nos presenta una visión extremadamente materialista sobre la mente (apoyar lo contrario no implica, necesariamente, apelar a almas como sugiere Parfit) o, lo que es peor, de mente atada al cerebro. Sea como sea, el modelo de Parfit es un yermo para nuestra unicidad como seres mentales. Además el cuerpo deja de tener esa importancia clave de conexión con la mente que otros han señalado de manera adecuada. El mundo de Parfit es sorprendentemente parecido al de Soma: uno en el que la identidad personal no es relevante en tanto en cuanto tengamos una conciencia que acceda a nuestros recuerdos.

Después de esto, creo que me voy a tomar un Soma, las pastillas de la tranquilidad de las que abusaban los ciudadanos de Un mundo Feliz.

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