Revista Cultura y Ocio

La culpa es del rector

Por Yoelrivero
MSC. Reinaldo Castillo Carballo.
Cerca de la escuela primaria donde se impartía docencia a los estudiantes matriculados en la modalidad de Educación a Distancia en el curso 2007-08, vivía una vecina del barrio que vendía en su casa alimentos ligeros, cigarros al menudeo y bebidas no alcohólicas.
Como la escuela estaba situada en una zona relativamente alejada del centro de la ciudad y la oferta del único merendero cercano no era variada ni abundante, los estudiantes y la mayoría de los profesores iban en horarios de receso y almuerzo a merendar en casa de esa señora, porque el tiempo entre clases era insuficiente para ir a unidades gastronómicas más distantes.
Una mañana temprano, cuando llegué a la escuela la mujer me estaba esperando. Después de saludarla, le pregunto en qué puedo ayudarla y me dijo así:

-Rector, he venido a verlo porque necesito que en el matutino que ustedes deben dar, se le diga a todo el personal que cuando vayan a mi casa a comprar alimentos lleven menudo porque nunca me alcanza el cambio. Necesito además que usted modifique el horario para que no lleguen todos a la vez, sino de cuatro en cuatro para poder trabajar más desahogadamente. Así evitaríamos la aglomeración y la algarabía de los jóvenes, que no me conviene.
De la manera más cortés que encontré le expliqué:
 -Señora, yo no soy el rector, sino un coordinador y lo lamento pero no puedo involucrarme en la regulación de mecanismos monetarios mercantiles ni hacer ajustes de horario en función de su servicio.
Ella, disgustada con mi negativa replicó:
-Si usted es el jefe es el rector y debe colaborar porque los universitarios se benefician de ese servicio que presto por la izquierda.
Haciendo acopio de paciencia le respondí amable pero terminantemente:
-Señora, el beneficio es mutuo, porque usted presta un servicio que no es gratis ni exclusivo para universitarios. Usted públicamente ofrece por la izquierda lo que cobra por la derecha. No puedo ayudarla.
Ella no insistió. Me miró con cara de pocos amigos y se retiró. A pesar de todo, la señora no interrumpió el improvisado servicio gastronómico ni modificó la convicción de que mi intransigencia era la causa de todos los desórdenes, porque según los divertidos estudiantes, ante cualquier problema, demora o requerimiento, invariablemente comentaba:
-Yo hago lo que puedo, pero a mí no me reclamen; ¡La culpa es del rector!

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