Muchas fueron las princesas e infantas que viajaron a lo largo y ancho del Viejo Continente para establecer lazos dinásticos entre distintos reinos e imperios. Los Habsburgos, divididos en la rama española y la vienesa tras la abdicación de Carlos V, se mantuvieron siempre unidos gracias a estas bodas entre sus miembros. Estas mujeres no fueron simplemente consortes, muchas de ellas tuvieron un papel determinante no solo como piezas del amplio tablero político europeo. Muchas ejercieron un poder indispensable en la sombra, no siempre reconocido. Un gran ejemplo de ello fue una de las hijas de Felipe III que llegó a Viena y fue mucho más que emperatriz consorte.

María Ana de Austria nació el 18 de agosto de 1606 en el monasterio de El Escorial. Era la cuarta hija de los ocho vástagos que Felipe III tendría con su esposa, Margarita de Austria-Estiria. Su destino ya estaba marcado desde la cuna, formar parte del denso entramado de alianzas matrimoniales de los Austria en Europa. En pun primer momento, la corte española miró a Inglaterra, donde el entonces príncipe de Gales fue el mejor candidato para Margarita. Durante tres largos años, entre 1620 y 1623, las dos cancillerías negociaron intensamente e incluso el joven Carlos viajó de incógnito a Madrid para pedir la mano de la infanta. Sin embargo, su hermano, que había asumido el trono como Felipe IV, junto a su valido Olivares, invitaron al príncipe enamorado a regresar a las frías tierras inglesas. La propia Margarita tampoco veía con buenos ojos aquella unión con una casa real que no era católica. Aconsejada igualmente por su tía abuela, la infanta Margarita de la Cruz, monja de las Descalzas Reales a la que estaba muy unida, no le importó desestimar la candidatura inglesa. Al parecer, la propia María Ana habría amenazado con tomar los hábitos si la obligaban a casarse con un hereje.
Los intereses dinásticos giraron entonces hacia el corazón de Europa, hacia la rama austriaca de los Habsburgo. El elegido fue su primo Fernando y futuro emperador. Las negociaciones tampoco fueron del todo fluidas y no fue hasta el 25 de abril de 1629 que María Ana y Fernando se casaron por poderes en Madrid. A principios de 1630, María Ana se preparó para decir adiós a su patria y adentrarse en el continente con claras instrucciones de su hermano Felipe IV. El rey confiaba en su hermana para que, una vez convertida en emperatriz, fuera mucho más que una simple consorte y para ello le otorgó poderes diplomáticos por escrito. María Ana no le defraudó. Su extenso ejército de cortesanos, con la infanta a la cabeza, se convirtió en lugar idóneo para tratar cuestiones de estado. Además de revisar estrategias políticas, supervisó el nombramiento de embajadores y diplomáticos a los que concertó matrimonios con las damas de su propia corte construyendo así una cancillería en la sombra. Un entramado que se convirtió en nexo muy eficaz entre las dos ramas de la Casa de Austria, la de Viena y la de Madrid.

Esta diplomacia informal hizo de María Ana una de las mujeres más poderosas e influyentes del imperio. Algunos de los acontecimientos más importantes de su época fueron obra de la influencia discreta de la infanta, como la Paz de Praga firmada en mayo de 1635.
En 1637 se convertía en emperatriz consorte, cuando su marido asumió el trono del Imperio de los Habsburgo. Para entonces, la pareja ya tenía dos de los seis hijos que nacerían de su relación, entre ellos, el futuro emperador Leopoldo I. Su marido confió siempre en ella y, una vez convertido en emperador, otorgó poderes a María Ana para que ejerciera como su representante política y delegó en ella tareas como la apertura de las sesiones de la Dieta.
El 13 de mayo de 1646, la emperatriz María Ana fallecía tras sufrir un aborto natural en su sexto embarazo. Sus restos mortales fueron trasladados a la Cripta Imperial de Viena, donde descansa junto a la extensa familia de los Habsburgo.
