Revista Opinión

La enorme deuda española financia el poder político

Publicado el 18 julio 2019 por Franky
Es mentira que la deuda publica española responda a la necesidad de financiar el Estado del Bienestar. Esa deuda, en gran parte, responde a los caprichos, lujos y bajezas de la clase política, cuya codicia y afán de privilegios son irrefrenables. Una buena parte de la deuda española sirve para pagar servicios vitales, como la sanidad y las pensiones, pero otra parte importante se emplea el lujos para los políticos, en sueldos para los políticos y en alimentar el poder y las redes clientelares de los partidos, sobre todo de los que consiguen gobernar. Es una mezcla diabólica, hortera y delictiva entre codicia, despilfarro, impuestos abusivos y saqueo. Un ejemplo: Los gastos del corrupto gobierno socialista andaluz que duró casi cuatro décadas eran en gran parte superfluos e innecesarios, despilfarrados no sólo en putas y cocaina, como han publicado los medios, sino en regalos a los amigos, administraciones paralelas, chirnguitos para colocar a miles de amigos del poder, lujos, dietas y mil privilegios que superan con creces los que tuvieron el clero, la nobleza y la milicia, en tiempos del absolutismo. Otro ejemplo: parte de la deuda se utiliza para pagar sueldos de lujo a imbéciles dañinos para la nación, como Zapatero, o para comprar medios y periodistas corruptos, para financiar las embajadas en el exterior de los que odian a España y la desprestigia a diario y para muchas otras barbaridades y miserias. --- La enorme deuda española financia el poder político Este es un país de imbéciles, dirigido por políticos que han decidido vivir a todo lujo y que están dispuestos a llevarse el pais por delante antes que perder sus privilegios.

Hay cientos de ejemplos y detalles que explican la determinación de los corruptos a no ceder terreno y seguir ordeñando la nación, a costa de lo que sea.

Algunos de esos ejemplos reflejan la estupidez de la clase dirigente española.

En España hay sanidad universal y se atiende a todo el mundo. Miles de turistas llegan para provecharse de la calidad de la sanidad española y cuando nuestro país les pasa las facturas a los gobiernos, algunos de ellos, como el británico, se niega a pagar, acumulando una deuda de más de cien millones de euros que ni siquiera reconoce. Mientras tanto, a un español que sufrió un ictus en Londres, le exigieron un depósito previo de 60.000 euros para ser atendido por la mediocre sanidad británica.

Otros ejemlos reflejan la opresión de los políticos españoles sobre sus ciudadanos. Uno de ellos es la reciente publicación en la prensa de que "La Junta de Andalucía gastó 57 millones del paro en enchufar socialistas".

Con nuestros impuestos se pagan los sueldos de casi medio millón de políticos colocados en el Estado, más de los que tienen Francia, Alemania y Gran bretaña juntos, más de la mitad innecesarios y casi todos magníficamente pagados. También se pagan la flota de coches oficiales más nutrida y lujosa de toda Europa, las dietas más generosas de la Unión Europea, después de las de los eurodiputados de Bruselas y otros muchos privilegios de la clase política como pagos sin coste fiscal, teléfonos de última generación y decenas de miles de tarjetas para gastos sin apenas limites ni controles, todo una orgía de dinero que se lleva un buen bocado de dinero público, mientras los políticos, descarados, no paran de advertir que no hay dinero para las pensiones y que la falta de dinero obliga a realizar recortes dolorosos en servicios básicos como la Sanidad, la Educación y la protección de los débiles.

Nadie sabe lo que España gasta en salvar a los inmigrantes que nos envían las mafias desde el norte de África porque el gobierno oculta esos datos, que incluyen residencias, ayudas, sueldos y muchos privilegios para los que llegan, privilegios que no están muchas veces al alcance de los españoles más humildes.

Los menas (menores extranjeros no acompañados) reciben un sueldo hasta que cumplen 21 años, además de alojamiento y estudios, privilegios de los que carecen los españoles pobres. Lo mismo ocurre con las ayudas sociales por hijos y para viviendas, que suelen ser para extranjeros, muchos de ellos vagos, incapaces de integrarse, habituados a los subsidios y hasta delincuentes habituales.

Todos estos ejemplos de injusticia, abuso y despilfarro, que incluyen regalos para los amigos del poder, exenciones fiscales ilegales, contratos públicos otorgados a los amigos, contrataciones públicas a dedo, trampa en las subvenciones, ayudas ilegales en las oposiciones y muchas barbaridades corruptas más, constituyen un escándalo para los ciudadanos españoles, que no pueden hacer nada para suprimirlos y tienen que lamerse las heridas destilando rechazo y hasta odio hacia la clase política más impresentable e insensible de toda Europa.

A esto hay que agregar una Administración Pública hipertrofiada y un Estado enfermo de obesidad mórbida, tan grueso y hinchado que ya es imposible de financiar, salvo que se exprima al contribuyente con impuestos abusivos.

Hay 17 gobiernos autonómicos, 17 parlamentos regionales, defensores del pueblo, medio centenar de diputaciones y miles de chiringuitos, observatorios, fundaciones, asociaciones creadas por el poder o mantenidas a base de subvenciones sin otro fin que dar trabajo a familiares y amigos o pagar favores a personas con voluntad comprada.

La España que nos han construido nuestros políticos es un verdadero asco, que además es opaco y antidemocrático porque nade sabe en que se gastan y como los impuestos indirectos que pagamos, junto con los millones de turistas que consumen en España. A eso hay que añadir un sinfín de fondos reservados que nadie sabe en que se gastan y mil abusos más.

España necesita, antes que cualquier reforma o cambio en sus leyes, un fregado a base de ácido y legía concentrada, que nos libere de los miles de delincuentes que se han atrincherado en los partidos políticos y en el Estado y que se creen con derecho a gobernar contra la voluntad popular, sin respeto a la democracia y de espaldas a la verdad, a la Justicia y a la decencia.

Francisco Rubiales


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