Emilio caminaba hosco, llorando por dentro de rabia y vergüenza. Con Aida otra vez embarazada era poco menos que imposible seguir trabajando en Turín. Speirani — maldita sea su madre por haberle parido— lo sabía, pero pese al éxito creciente de sus novelas no tenía un solo gesto de bondad para con él. Más que eso, le exigía con mezquindad más y más páginas de su nuevo manuscrito antes de hacerle el adelanto, tan necesario para pagar a sus acreedores. Enfiló por Corso Casale despacio, retrasando el momento en que abriría la puerta del 205 y le golpearía de lleno el mal humor de su Aida, tan bella como siempre pero voluble y abrumada por el embarazo. Al menos el beso de la pequeña Fátima y tener a Nadir tratando de escalar a sus bolsillos le darían un pequeño consuelo. Tal perspectiva le decidió a no retrasar más lo inevitable, así que sacó la llave del bolsillo, no sin antes cerciorarse de que el paquete de golosinas seguía allí. Pensándoselo mejor, sacó también la petaca y se dio un largo trago antes de abrir la puerta. Dudó en entrar, sorprendido por el pasmoso silencio más allá del dintel. En vez de la algazara habitual de los niños y su esposa, solo había voces comedidas en la sala de estar. En ella estaban dos señores de cara muy seria, dueños de esas voces y enfundados en trajes negros de oneroso corte. Como enterradores. O policías. O abogados. Aida se levantó del butacón que ocupaba frente a ellos, retorciéndose las manos.
—Mío caro, estos caballeros te esperan desde hace una hora. Dicen que deben tratar contigo un tema de suma importancia. Los visitantes se levantaron y estrecharon la mano del preocupado escritor. Si su Aida estaba tan formal, tendría que tratarse de algo serio. Emilio pensó que quizás sería buena idea ofrecerles un brandy, pero ellos declinaron la bebida. Así que mientras su esposa abandonaba aliviada la sala, Emilio se sirvió, echó una copa al coleto y tomó asiento, preparándose para lo peor.
—Signore Salgari, nosotros somos abogados de la firma holandesa De Vries…
—¡Yo no tengo deudas con ningún holandés! ¡Eso es cierto como que el alma se la tengo que entregar a Dios! —respondió el escritor, entre aliviado y airado.
—Ese no es el asunto que nos ocupa. De hecho, es todo lo contrario. Hemos venido a entregarle una consigna que recibimos para usted.
—Ah, ¡qué placentera me resulta entonces la noticia! Siempre he respetado mucho a mis admiradores del país de los tulipanes —sonrió Emilio, tratando de ganar el tiempo necesario para recordar el nombre de algún lector holandés con quien hubiese intercambiado correspondencia. Ambos abogados le miraban con ojos torvos, de hombres que no gustan de perder más que el tiempo necesario. Salgari lo entendió y enmudeció. El que parecía más viejo habló. El otro extrajo de una gruesa maleta un abultado legajo y dos sobres.
—Signore, le ruego que nos permita cumplir nuestra misión sin interrupciones. Se nos fue instruido que recibiese usted esta colección de folios, debidamente lacrados y sellados. El más joven de los visitantes puso sobre las rodillas de Emilio el bulto en cuestión. El autor, más que notar que el lacrado estaba intacto, sintió que aquel mamotreto forrado en piel de becerro tenía un peso considerable.
—¿Está conforme con la inspección? ¿Coincide en que los sellos están intactos, que no han sido violados? Sin saber qué decir casi por primera vez en su vida —Emilio no tenía ni idea del idioma en que rezaba el lacre—, el escritor asintió.
—Luego, procedemos a entregarle este sobre, también con sus sellos intactos, el cual solo puede leer cuando nos hayamos ido. ¿Lo acepta usted? Salgari tomó el sobre y se encogió de hombros.
—Supongo que así será, si usted lo dice.
—Por último, extendemos esta letra del banco de Italia, en su debido sobre timbrado con fecha del 28 de noviembre del año en curso, 1897. Su monto no será revelado, pero puede verlo si lo desea y cobrarlo a voluntad, parcial o en su totalidad, durante los siguientes seis meses. ¿Lo acepta usted? Salgari prácticamente lo arrancó de las manos al abogado joven, con la cara arrebolada por la alegría. Hizo ademán de abrirlo allí mismo para saborear el golpe de suerte, pero se contuvo, pensando que las victorias saben mejor en solitario y con un frasco de buena
grappa. Mientras, el joven amanuense tomó su cartera y se dirigió a la puerta sin despedirse, como aliviado de una pesada carga. El viejo abogado sonrió por primera vez, extendiendo una estilográfica al escritor y pidiéndole que estampase su firma en un cuadernillo.
—Habiendo terminado nuestras obligaciones para con nuestro cliente y su beneficiario, nos retiramos. No es necesario que nos acompañe: sabemos dónde está la puerta. Salgari, que se encontraba atrapado por el peso del legajo en sus rodillas y las copas que llevaba encima, no hubiera podido, aunque quisiera. Así que solo alcanzó a estirar el cuello y vocear en dirección al dintel.
—Pero ¿a quién debo escribir para agradecer tal generosidad? El viejo abogado, que justo cruzaba el umbral, se detuvo, se volvió y, con una mano sobre el pomo de la puerta, le respondió entre carcajadas.
—Nuestra firma carga con esta encomienda desde 1742. Todos habíamos apostado en la oficina que esto era una broma cruel, menos Hans y yo. Solo por existir usted y esta casa, nos ha hecho, signore Salgari, dos abogados muy felices y dueños de una pequeña fortuna. Brindaremos a su salud esta noche, caballero. Sugiero que haga usted lo mismo por su benefactor. Salgari demoró un par de minutos aún en salir de su estupor y comprender el alcance de aquellas palabras. Su supuesto mecenas le había dejado en consigna el paquete hacía la friolera de ciento cincuenta y cinco años. A él y a aquella dirección específica, cuando la casa que ahora habitaba ni siquiera estaba construida. Ni Emilio Carlo Giuseppe Maria Salgari vivía aún, ni su padre, ni probablemente su abuelo o su bisabuelo. «Vaya bromistas que han salido los holandeses», pensó el escritor, que era amante de las chanzas, pero no de recibirlas. Eso lo sabía bien Giuseppe Biasioli, al que había mandado al hospital por llamarle mozo. «Esperen un momento a que me levante y alcance la escopeta», bufó Salgari para sus adentros, pero en eso se deslizó, desde su bolsillo hasta el legajo de papeles, la nota bancaria. Por seguir la broma, rasgó el sobre y echó una ojeada al contenido.
Sintió que se desmayaba. Miró de nuevo. Miró la nota a trasluz para ver la marca de agua. Se abanicó con ella y miró una vez más. Estuvo tentado de llamar a Aida para que ella corroborase la cifra, pero se contuvo. Le pareció mejor ir hasta el banco para que ellos confirmaran que, si aquello era una broma, era la más costosa del mundo. Un donativo no. Aquel papel representaba el alivio a su precaria situación económica por hoy, mañana, el año próximo y, bien administrado, una década o dos. El pecho empezó a dolerle ligeramente de la emoción, así que prefirió depositar el paquete sellado que tenía en las rodillas sobre el suelo —casi con reverencia— y hacerle una nueva visita al frasco de brandy. Ni se molestó en servirlo. Tomó la botella por el gollete y bebió un trago. Mejor dos. Con sumo cuidado regresó la nota de banco a su sobre, recogió el legajo y salió de la estancia. Aida estaba en el comedor, todavía retorciéndose las manos.
—¿Qué era? ¿Un encargo, una invitación a dar conferencias, una propuesta editorial?
—Un donativo —repuso Salgari con una misteriosa sonrisa.
—¿Mucho?
—Lo bastante para no preocuparnos por el nacimiento de Romero. Ella batió palmas, se echó al cuello de su esposo, lo besó sonoramente en la mejilla y ensayó un paso de baile.
—Perdona, cara mía. Debo saber lo que quiere contarme nuestro holandés de la suerte — Salgari señaló el grueso paquete bajo su brazo—. Súbeme una grappa al estudio, con algo de comer. Ya saldremos a bailar luego. Aida se apartó sonriente, le cedió paso a las escaleras y Emilio entró en su mundo particular, cerrando tras de sí. Despejó con cuidado el escritorio de palisandro —no demasiado costoso, pero era su orgullo personal— de las cuartillas de su próxima novela, esas que el mezquino de Speirani le exigía —a partir de hoy podía irse a que le diera el viento— y depositó el legajo sellado sobre la madera. Sacó el sobre bancario y lo puso a buen recaudo en una caja de metal en una gaveta del escritorio, no sin antes mirar la cifra otra vez. Descorrió el visillo de la única ventana del estudio dejando que la luz del mediodía inundara la estancia. Luego, se sentó en su poltrona, tomó el primer sobre y con un abrecartas de formas turcas rompió el lacrado que lo cerraba. Con sumo cuidado desplegó las dos cuartillas de papel viejo y las examinó a la luz. La caligrafía en ellas era negra y apretada, pero sin la elegancia de los cuidadosos escribas de antaño: más parecía la escritura de un oficinista de ahora. Lo cual, a pesar del detalle de la antigüedad innegable del papel, corroboraba la idea de que alguien estaba tomándose muchas molestias para gastarle a Emilio una elaborada broma. Se encogió de hombros. El dinero que acompañaba la chanza bien valía que siguiese la corriente de su excéntrico y acaudalado guasón. Encendió un cigarrillo con una cerilla de la caja de la cocina que siempre tenía a su disposición, depositó el palillo quemado en un cenicero de cristal que Aida había vaciado en la mañana y se enfrentó a la primera cuartilla. La letra no era elegante, pero sí muy fácil de leer, escrita en italiano casi moderno…
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