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En septiembre de 1939, Europa entró oficialmente en guerra. Las declaraciones formales se sucedieron tras la invasión alemana de Polonia, y millones de hombres fueron movilizados a lo largo del frente occidental. Sin embargo, durante meses no se produjo el choque esperado entre los grandes ejércitos del continente.
Mientras Varsovia caía bajo el empuje combinado de Alemania y la Unión Soviética, Francia y el Reino Unido aguardaban tras sus líneas defensivas. Las poblaciones civiles se preparaban para bombardeos que no llegaban, los soldados cavaban trincheras que nadie atacaba y los estados mayores debatían planes que permanecían en los cajones.
A ese intervalo extraño, cargado de tensión pero casi vacío de batallas, se lo conocería como la Guerra de Broma: un tiempo suspendido entre la declaración de guerra y la ofensiva que cambiaría el destino de Europa.
La Guerra de Broma
Entre septiembre de 1939 y mayo de 1940, el frente occidental vivió una situación inédita. Francia había movilizado cerca de cinco millones de hombres y desplegado la mayor parte de su ejército tras la Línea Maginot. El Reino Unido comenzó el traslado del British Expeditionary Force al norte francés, con el objetivo de cooperar en la defensa de Bélgica. Alemania, por su parte, concentraba sus fuerzas en Polonia y mantenía una postura defensiva en el oeste, apoyada en la Línea Sigfrido.
Desde el punto de vista militar, la correlación de fuerzas favorecía inicialmente a los Aliados. Francia contaba con más divisiones desplegadas que Alemania en el frente occidental, y su parque de carros de combate era comparable en número. Sin embargo, esa superioridad potencial no se tradujo en acción ofensiva. La doctrina francesa seguía marcada por la experiencia de la Primera Guerra Mundial: prudencia extrema, confianza en las fortificaciones y temor a las pérdidas humanas. El recuerdo de Verdún pesaba más que cualquier cálculo estratégico. El único intento serio de aprovechar la debilidad alemana llegó en los primeros días del conflicto.
“La correlación de fuerzas favorecía inicialmente a los Aliados, pero esa superioridad potencial no se tradujo en acción ofensiva: el recuerdo de Verdún pesaba más que cualquier cálculo estratégico.”
La ofensiva del Sarre y la retirada silenciosa
La llamada Ofensiva del Sarre fue concebida como una acción limitada desde el primer momento. El alto mando francés, dirigido por Maurice Gamelin, nunca la planteó como una ofensiva estratégica profunda, sino como una demostración de fuerza destinada a aliviar la presión sobre Polonia y a cumplir formalmente los compromisos con Varsovia.
El plan, aprobado antes incluso del estallido del conflicto, preveía una penetración progresiva en el saliente alemán del Sarre con fuerzas del 2.º Grupo de Ejércitos, al mando del general Prételat. Participaron unas once divisiones, en su mayoría de infantería, apoyadas por artillería pesada, pero con empleo mínimo de carros de combate. El ritmo estaba deliberadamente limitado: se avanzaría solo tras reconocimiento exhaustivo del terreno y despeje sistemático de minas.
El 7 de septiembre de 1939, tras varios días de preparativos, las primeras unidades cruzaron la frontera. El paisaje que encontraron era inquietantemente vacío. Las autoridades alemanas habían evacuado a la población civil de numerosas aldeas fronterizas y retirado a la mayoría de las fuerzas regulares hacia la Línea Sigfrido. En consecuencia, localidades como Gersheim, Medelsheim o Lauterbach fueron ocupadas sin oposición directa.
Durante los primeros días, el avance fue casi administrativo. Ingenieros franceses limpiaban caminos, desactivaban minas anticarro y marcaban rutas seguras. Las patrullas apenas encontraban resistencia. En algunos sectores se produjeron intercambios aislados con puestos avanzados alemanes, pero no hubo combates organizados. Las tropas francesas alcanzaron una profundidad máxima de entre 8 y 12 kilómetros, dependiendo del sector.
Desde el punto de vista táctico, el dispositivo alemán era extremadamente débil. La mayor parte de la Wehrmacht estaba comprometida en Polonia. En el Sarre solo quedaban unidades de cobertura, formaciones territoriales y elementos incompletos de divisiones de reserva. La artillería pesada alemana era escasa, y muchos búnkeres de la Línea Sigfrido aún estaban sin terminar. Durante aproximadamente una semana, Francia disfrutó de una superioridad local clara. Sin embargo, ese margen nunca se explotó.
Las órdenes transmitidas a los mandos subordinados eran inequívocas: evitar pérdidas, no forzar rupturas y detenerse ante cualquier sistema defensivo serio. Cada avance debía consolidarse antes de continuar. La artillería, que podría haber castigado las posiciones alemanas más profundas, permaneció en gran medida inactiva. Los carros de combate se mantuvieron en reserva. El resultado fue una progresión lenta, cautelosa y sin impulso operacional.
A nivel estratégico, se abría una posibilidad real: presionar hacia el Ruhr o, como mínimo, obligar a Berlín a retirar fuerzas del frente polaco. Ninguna de esas opciones fue siquiera intentada. El problema no era técnico, sino doctrinal.
El ejército francés estaba estructurado para una guerra defensiva. Su cultura operativa priorizaba la preparación meticulosa y la estabilidad del frente sobre la explotación rápida del éxito. Los mandos intermedios carecían de libertad para maniobrar, y cualquier decisión importante debía escalar por una cadena jerárquica lenta.
Mientras tanto, la campaña de Polonia avanzaba con rapidez. A mediados de septiembre, Varsovia ya estaba cercada. El 17 de septiembre, la entrada del Ejército Rojo selló definitivamente el destino polaco. Ese mismo día, Gamelin ordenó detener toda progresión en el Sarre.
A partir de entonces comenzó una retirada metódica, casi imperceptible para el enemigo. Las unidades francesas evacuaron progresivamente las posiciones ocupadas, destruyeron depósitos improvisados y regresaron tras su frontera original. El repliegue se completó en octubre sin que Alemania lanzara contraataques significativos.
Militarmente, la operación dejó cifras modestas: unas pocas decenas de muertos franceses, daños limitados en instalaciones alemanas y ninguna alteración real del equilibrio estratégico. Políticamente, fue un punto de inflexión silencioso.
La retirada confirmó que Francia no estaba dispuesta a asumir una guerra de maniobra ofensiva en 1939. Desde ese momento, toda la estrategia aliada quedó subordinada a la espera.
Las tropas se replegaron tras la Línea Maginot, un sistema defensivo concebido para detener ataques frontales, no para sostener operaciones dinámicas. Sus fortificaciones ofrecían protección formidable: bloques de hormigón armado, piezas de artillería en casamatas, redes subterráneas y guarniciones autosuficientes. Para muchos oficiales franceses, aquella línea representaba una garantía casi absoluta. Pero tenía un defecto estructural: terminaba en la frontera belga.
Ficha rápida — Línea Maginot
• Nombre oficial: Ligne Maginot
• Construcción: 1930–1938
• Longitud aproximada: más de 400 km de fortificaciones principales
• Ubicación: frontera oriental de Francia (Alemania, Luxemburgo, Suiza)
• Función: defensa estática frente a una invasión alemana directa
Diseñada tras la Primera Guerra Mundial, la Línea Maginot combinaba búnkeres de hormigón armado, artillería en casamatas, galerías subterráneas, puestos de observación y cuarteles autosuficientes.
Cada gran fortaleza podía albergar cientos de soldados durante semanas, con electricidad propia, depósitos de munición, ventilación filtrada y trenes internos para transportar suministros.
El sistema estaba pensado para frenar un ataque frontal, ganar tiempo para la movilización general y canalizar al enemigo hacia Bélgica.
Su punto débil fue precisamente ese: no se prolongaba plenamente hasta el mar del Norte, dejando abierto el flanco por las Ardenas.
En 1940, la mayor parte de sus posiciones resistieron correctamente… pero fueron estratégicamente rodeadas.
Ese vacío al norte obligaba a confiar en una futura maniobra aliada dentro de Bélgica, un escenario que se daba por seguro. Para cubrir ese sector, el Reino Unido aceleró el despliegue de su cuerpo expedicionario. A lo largo del otoño y el invierno llegaron divisiones adicionales, artillería, ingenieros y unidades mecanizadas. Para la primavera de 1940, más de 300.000 soldados británicos estaban posicionados en el norte de Francia.
Su misión era clara: avanzar hacia Bélgica si Alemania atacaba por allí y establecer una línea defensiva conjunta con los ejércitos francés y belga.
La ofensiva del Sarre había terminado sin ruido, sin gloria y sin consecuencias inmediatas visibles. Sin embargo, marcó el tono de toda la Guerra de Broma: una guerra declarada pero no asumida plenamente, en la que la prudencia se impuso a la oportunidad.
Aquellos días de septiembre representaron la única ocasión en que Francia tuvo la iniciativa estratégica en el frente occidental antes de mayo de 1940. No volvió a tenerla.
“La ofensiva del Sarre marcó el tono de toda la Guerra de Broma: una guerra declarada pero no asumida plenamente, en la que la prudencia se impuso a la oportunidad.”
Escaramuzas, patrullas y una guerra sin batallas
Aunque no hubo grandes enfrentamientos terrestres, el frente occidental no estuvo completamente inactivo. A lo largo del otoño y el invierno de 1939–1940 se produjeron numerosas acciones menores: patrullas de reconocimiento que cruzaban la frontera para observar posiciones enemigas, intercambios esporádicos de fuego de artillería, choques entre avanzadillas y accidentes provocados por minas. En algunos sectores, pequeñas unidades alemanas y francesas llegaron a verse a simple vista desde sus posiciones, separadas por campos abiertos y alambradas.
Las bajas fueron reducidas en comparación con lo que vendría después, pero existieron. Soldados murieron por disparos aislados, explosiones de minas o fuego de mortero. La mayoría de esas pérdidas quedaron registradas en diarios de unidad y partes locales, sin alcanzar notoriedad pública.
La vida cotidiana de los combatientes estuvo marcada por la espera. En los búnkeres de la Línea Maginot, las guarniciones pasaban largas horas en turnos de vigilancia, ejercicios rutinarios y mantenimiento de equipos. En el lado alemán, las tropas apostadas tras la Línea Sigfrido vivían una situación similar. Muchos soldados creían que la guerra podría terminar sin un enfrentamiento decisivo en el oeste.
Ese clima de irrealidad se extendía a las retaguardias. En París y Londres se organizaron apagones y simulacros de evacuación, pero la población no experimentó el terror aéreo que había marcado la Gran Guerra. Los periódicos hablaban de la guerra, pero la ausencia de combates visibles alimentaba una sensación de provisionalidad.
En paralelo, el verdadero frente activo estaba en el mar. Los submarinos alemanes iniciaron la campaña contra el tráfico mercante británico, mientras la Royal Navy trataba de imponer el bloqueo económico. Sin embargo, sobre tierra firme, Europa occidental permanecía en suspenso.
Escandinavia, Finlandia y los planes que nunca llegaron
La pasividad del frente occidental no significó falta de actividad estratégica. Durante el invierno de 1939–1940, la atención aliada se desplazó hacia el norte de Europa.
El estallido de la Guerra de Invierno entre la Unión Soviética y Finlandia abrió un nuevo escenario. Francia y el Reino Unido estudiaron seriamente el envío de fuerzas expedicionarias para apoyar a los finlandeses. El proyecto incluía el desembarco en puertos noruegos y el avance a través de Suecia, lo que además permitiría cortar el suministro de mineral de hierro sueco a Alemania.
Se elaboraron planes detallados, se seleccionaron unidades y se discutieron rutas logísticas. Sin embargo, la indecisión política y la rápida evolución del conflicto finlandés hicieron que esas operaciones quedaran en papel. Cuando Finlandia firmó la paz con Moscú en marzo de 1940, la oportunidad se había evaporado.
Alemania, por su parte, interpretó esas maniobras como una amenaza directa. El incidente del Altmark, en el que un destructor británico abordó un buque alemán en aguas noruegas, reforzó la percepción de que Escandinavia estaba en peligro. Como respuesta, Berlín aceleró la planificación de la operación Weserübung, la invasión de Noruega y Dinamarca, lanzada en abril de 1940.
Mientras tanto, en el frente franco-alemán, todo seguía quieto.
Doctrina, psicología y errores de cálculo
La Guerra de Broma no fue solo un fenómeno militar; fue también el resultado de decisiones políticas y culturales profundas.
El mando francés confiaba en una guerra larga, basada en el desgaste económico del enemigo. El recuerdo del bloqueo de 1914–1918 alimentaba la esperanza de que Alemania colapsaría bajo la presión naval británica. Para París, la prioridad era conservar fuerzas y evitar ofensivas costosas.
El Reino Unido, aún en proceso de movilización, dependía de la iniciativa francesa para cualquier acción terrestre importante. Londres se concentró en reforzar su aviación y su marina, convencido de que el tiempo jugaba a su favor.
Alemania, mientras tanto, utilizó esos meses para reorganizar unidades, entrenar formaciones acorazadas y perfeccionar los planes de ataque. La pausa permitió al alto mando alemán pulir la maniobra que atravesaría las Ardenas, un terreno considerado impracticable para grandes fuerzas mecanizadas.
Esa divergencia de enfoques resultó decisiva. Los Aliados esperaban una repetición del esquema de 1914, con un avance alemán por Bélgica que podría ser contenido. Los planificadores germanos apostaron por una ruptura rápida en un sector inesperado.
La aparente quietud del frente ocultaba una intensa actividad en los cuarteles generales.
“La aparente quietud del frente ocultaba una intensa actividad en los cuarteles generales: Alemania afinaba la maniobra que atravesaría las Ardenas.”
El final de la espera
El 10 de mayo de 1940, la situación cambió de forma abrupta. Las fuerzas alemanas lanzaron ataques simultáneos contra los Países Bajos, Bélgica y Luxemburgo. Mientras las tropas aliadas avanzaban hacia el norte para cumplir sus planes defensivos, los principales grupos blindados atravesaron las Ardenas y cruzaron el río Mosa.
En cuestión de días, la maniobra envolvente alemana desarticuló el dispositivo franco-británico. La Línea Maginot quedó flanqueada, el frente se rompió y enormes contingentes aliados quedaron atrapados en el norte. A finales de mayo, el British Expeditionary Force tuvo que ser evacuado desde Dunkerque.
La Guerra de Broma había terminado. La fase de espera dio paso a una campaña relámpago que derrumbó a Francia en pocas semanas.
Los meses de inmovilidad habían generado una peligrosa ilusión de control. Cuando llegó el golpe, los ejércitos aliados no estaban preparados para la velocidad ni para la coordinación de la ofensiva alemana.
La experiencia demostró que la ausencia de combates no equivale a estabilidad. Bajo la superficie de aquella calma artificial se gestaba una transformación radical del arte de la guerra.
La Guerra de Broma fue, en esencia, un paréntesis cargado de oportunidades perdidas. Para Francia y el Reino Unido, significó la renuncia a una iniciativa temprana que podría haber alterado el curso del conflicto. Para Alemania, representó el tiempo necesario para preparar una ofensiva decisiva. Cuando el silencio se rompió, ya era demasiado tarde para reaccionar.
Los soldados que habían pasado el invierno vigilando campos vacíos se encontraron de pronto frente a columnas blindadas, cielos dominados por la Luftwaffe y una guerra de movimiento que anulaba años de planificación defensiva. Aquel periodo, tan breve como desconcertante, anticipó una de las mayores derrotas militares del siglo XX.
El recuerdo de esos meses invita a reflexionar sobre el peso de la doctrina, la psicología colectiva y la toma de decisiones en tiempos de crisis. La guerra no siempre comienza con explosiones y avances espectaculares. A veces se anuncia con silencio, con trincheras inmóviles y con estados mayores convencidos de que todavía hay margen para esperar.
En 1939, Europa eligió aguardar. En 1940, pagó el precio.
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FAQ – La Guerra de Broma
¿Qué fue exactamente la Guerra de Broma?
Fue el periodo entre septiembre de 1939 y mayo de 1940 en el que Francia y Reino Unido estaban oficialmente en guerra con Alemania, pero casi no hubo combates terrestres en el frente occidental.
¿Por qué los Aliados no atacaron con fuerza en 1939?
Porque la doctrina francesa priorizaba la defensa, el recuerdo de la Primera Guerra Mundial pesaba mucho y el alto mando esperaba una guerra larga basada en el bloqueo económico, no en ofensivas rápidas.
¿Hubo alguna operación terrestre relevante?
Sí: la ofensiva francesa del Sarre, limitada y sin explotación estratégica. Tras ella, ambos bandos permanecieron prácticamente inmóviles hasta mayo de 1940.
¿Qué hizo Alemania durante esos meses?
Reorganizó unidades, entrenó fuerzas acorazadas y preparó en secreto la maniobra que atravesaría las Ardenas, mientras los Aliados esperaban un ataque clásico por Bélgica.
¿Cómo terminó la Guerra de Broma?
El 10 de mayo de 1940, con la ofensiva alemana contra Países Bajos, Bélgica y Luxemburgo, seguida del avance blindado por las Ardenas. En pocas semanas, Francia colapsó y el ejército británico tuvo que evacuar desde Dunkerque.
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