Tras la creación del club de lectura lo primero en que pensamos fue en la necesidad de tener nuestro espacio. Un lugar físico en el que encontrar amparo a aquello que leyéramos, a lo que se escribiera o deseara compartir. Era necesario para tener nuestros tesoros ordenados. Cabecitas pensantes dieron rienda suelta a su imaginación y junto a Montse, nuestra artista de la casa, ideamos la que sería nuestra ventana. Mezclamos los libros y la lana con el talento de nuestros lectores y la letra de nuestras historias. Donde pueden acudir los curiosos, los intrépidos escritores, que deseen dejar huella de todo aquello descubierto en las tardes de club. Una vez creado fue cuando recordé el mío. Como ahora tengo, de nuevo, mi escritorio junto a la ventana y allí el grito de mis jóvenes lectores. Cuando paso por ese pasillo sonrío, pienso en mi juventud, en el murmullo de las vecinas al otro lado de mi luz. Me alegro por ellos y me digo que el club ya tiene habitación propia, ya podemos leer y escribir lo que queramos.
