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La hermana, la extranjera

Publicado el 14 mayo 2021 por Santosdominguez @LecturaLectores
La hermana, la extranjera La hermana, la extranjera.

Traducción de Ana Martín Puig­pelat y Meri Torras.

Presentación de Neus Aguado.

Sazón de luna surca la cintura
cuando el deseo toma el horizonte del vientre
y zarpa la razón de duna y barca.
Crece la sal en los cabellos y crece el viento,
crece el árbol y se me abraza como un sexo
y el rumor de bosque desborda los riscos.

Es la traducción de Ana Martín Puig­pelat y Meri Torras de Donde se precipita la barca, una de las espléndidas sextinas que forman parte de La hermana, la extranjera (La germana, l'estrangera), de Maria-Mercè Marçal que publica en edición bilingüe Polibea en su colección Orlando versiones.


Es la primera vez que se traduce al español este asombroso libro de la poeta catalana Maria-Mercè Marçal (1952-1998), fallecida hace casi un cuarto de siglo y considerada por Pere Gimferrer la mejor poeta catalana moderna.


Esta cuidadísima edición se abre con una presentación - La poesía como forma de vida: Maria-Mercè Marçal- en la que Neus Aguado sitúa la obra de esta poeta - "la poeta del deseo, la poeta de la complejidad"- entre la tradición y la transgresión y explica que "en los hechos que se tejen entre lo visible y lo invisible, en ese intersticio arranca y crece el poema. La poesía de Maria-Mercè Marçal surge de la herida primigenia y desde la subversión culmina en la transformación y la trascendencia. Hay una voluntad transgresora y una voluntad de ofrecer una visión de la realidad y de la creatividad femenina. Una poesía escrita a partir del hecho consciente de ser mujer y que parte de la otredad, de la marginalidad en que se vive, a menudo, el hecho cotidiano de ser mujer. [...] Poemas que incardinan la intimidad de la poeta y el transcurrir cotidiano. La simbiosis de vida y creación. Maria-Mercè Marçal se lanzó a la búsqueda de sí misma y, como resultado de esa indagación, detalla su propia experiencia, la esencia más profunda de la sensualidad, del deseo, del placer, la presencia del cuerpo y la evocación de la experiencia vivida. La conmoción de ciertos encuentros. Hambre de escribir, hambre de vida que conduce a la poeta hacia la palabra escrita, hacia la palabra proscrita. Lo indecible."

Entre la tradición de la poesía occitana y trovadoresca de Arnaut Daniel, las exploraciones vanguardistas de Joan Brossa y el superrealismo de J. V. Foix, las sextinas eróticas de Tierra de nunca, primero libro exento y luego sección inicial de La hermana, la extranjera, son la expresión de una sexualidad desbocada y lésbica que se expresa en imágenes de enorme fuerza plástica y se apoyan en una cadencia rítmica sostenida.


Poemas intensos y deslumbrantes, carnales y terrestres, escritos con la fiebre del deseo y con una palabra potentísima cuya fuerza han sabido mantener en su admirable traducción Ana Martín Puig­pelat y Meri Torras, que en su Nota de traducción explican que "transitar el cosmos Marçal ha sido una ceremonia iniciática, como realizar un viaje sensitivo que te cambia la vida para siempre. A la vuelta de este viaje la concepción del idioma y la mirada con sus límites ya nunca serán los mismos, aunque, en realidad, nunca hay vuelta, te quedas deambulando de un lado a otro de sus palabras y sus espejos.

Leer a Maria-Mercè Marçal amplía el horizonte."

De muy distinto tono son los poemas breves, los sonetos y los versos más contenidos de La hermana, la extranjera, la segunda sección del libro, de la que toma título el conjunto.


Se organizan en dos partes - En el deseo cicatrizado y en la sombra y Sangre presa- que suponen un cambio de tono con el que se matiza la construcción de la identidad en el proceso sentimental del conjunto en torno a dos ejes, el primero, la experiencia de la maternidad solitaria:


yo contemplaba aquel pedazo de mí
extranjero, y a la vez impreso para siempre, a corazón y sangre,
en el deseo cicatrizado, y en la sombra.
Heura,
victoria de marzo,
hermana
extranjera, de golpe hecha presente:
¡Cómo descifrar tu lenguaje bárbaro
y violento que fuerza mis confines
hasta la sangre, un reto que no me deja
ni las piernas tan solo para huir!
¿Qué ojos y qué manos -no las mías-
sabrían verte como un tacto, sólo,
como la belleza hecha carne, eclosión
sobre mi vientre, sin interrogantes?
No puedo dejar de añorar los oídos
adivinos que atrapaban tu voz
cuando sólo eras la sombra de un murmullo
de hojas altas, cuerpo adentro, deseo,
señales de humo de uno a otro lado
del bosque, sonido de tambores, abierto, lejano,
palomo de pico blanco, donde yo inscribía
el alfabeto vegetal de tu mensaje,
poema vivo que no urgía respuesta
como por ejemplo esta que sé que no sé.
Y a pesar de todo te nombro victoria,
hiedra de marzo, hermana, la extranjera.

***



Lo supe, amor, de repente,
y quería deshacer nuestros pasos
para descifrar el enigma: en la hora fundida
no encontraba ningún rastro de pisada.

Sólo esqueletos calcinados de palabras,
fósiles de besos, presagios en ceniza,
silencios que fijaban el silencio.
El día siguiente al solsticio de la lluvia
empezó la derrota: No lo vi
hasta que el estrago por todas partes plantó bandera
y los espejos de la noche me reflejaron
con la pena clavada en medio del sexo.

Y el segundo eje temático, la sombra del vacío, del abandono, la soledad, la incomunicación y la ausencia, la herida y la sangre en los poemas más desgarrados del libro:

Amor de sal, claridad
de noche y de arma blanca.
El arrabal oscuro donde pierdo
el paso imanta toda
la tristeza del mundo.
Sangre muerta en los bolsillos.


La añoranza interrogaba precipicios
y el vacío retornaba, en el eco, las preguntas
asesinadas por los puñales del aire.

Y sé que eres tú, y sé que no eres tú
la sangre que chupo de esta herida.
¿Recuerdas? Menstruaban las estrellas
y un grito de primavera temeraria
manchaba las sábanas lívidas del miedo:
ya ninguna lejía borrará la impronta.
¿Recuerdas, lejos, la desbandada loca,
incruenta, generosa, rosas encendidas
de tu-mi sexo, entre la seda y el ónix
-trampa de melancolías indomables:
¿Reloj vivo, contraluz de horas fundidas
sin señal, calendario lunar y abrazo?
Y ahora que tú no estás, absurdamente,
la sangre se me hace, absurdamente, herida.

***

***


Es porque te sé hermana que puedo decirte extranjera.
Sin tregua esbozada, sin tregua abolida
esta guerra que me une a ti
en un pacto de sangre interminable.
Es porque te sé extranjera que puedo decirte hermana.

Este es el poema final del libro, construido sobre la insistencia en los dos conceptos expresados en el título:


Cierra el volumen un epílogo - Marçal es un río- en el que Ana Martín Puig­pelat escribe:


"Maria-Mercè Marçal es un icono de las letras catalanas, no cabe la menor duda. En su corta vida genera una obra en la que todo cabe: poesía, novela y ensayo, incluso traducción. Dijo una vez que para ella la escritura era tentación o reto, transgresión y carencia. Lo dijo e hizo que en su escritura brillara la lengua y formó joyas absolutas desde sus manos de orfebre."


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