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La hija de Carbonell, escena 1.

Publicado el 14 enero 2025 por Hugonote @Casagrande_Jose
La hija de Carbonell, escena 1.

Me desperté sudando copiosamente en medio de la noche. Me pareció extraño. De inmediato supuse que algo estaba mal: tenía la sensación de que aquello ya me había sucedido antes, al menos un par de veces en el pasado... y otras tantas en el futuro. Por alguna razón, había despertado en el cuerpo de otro personaje, atrapada en las historias y cuentos de alguien diferente. Lo habitual es que aparezca en un ambiente de ciencia ficción, rodeada de naves espaciales, motores de antimateria y alienígenas con tecnología capaz de simular universos enteros. Pero esta vez era distinto: estaba en un cuarto común y corriente, de finales del siglo XX o principios del XXI, y lo más inquietante era que no estaba sola. A mi lado, en la cama, descansaba un hombre, quizás de unos cincuenta años, tal vez más.

Mi primera reacción fue tratar de identificar el cuerpo en el que había despertado. Me palpé: era una mujer, sin arrugas ni defectos físicos. Aquello era reconfortante, pero necesitaba ver mi semblante. Supuse que habría un espejo en el baño. La habitación no estaba completamente en penumbra; la luz de la luna y la artificial se filtraban por las ventanas.

El lugar no era lujoso, pero sí decente. Pensé que si me movía, el hombre a mi lado podría despertarse y comenzar a hacer preguntas incómodas. Sin embargo, la curiosidad por descubrir quién era yo -o mejor dicho, de quién era el cuerpo que habitaba- era apremiante.

Ir al baño en medio de la noche no debería ser motivo de alarma. Pero ya saben, en los cuentos estas cosas simples suelen desencadenar tragedias o escenas dramáticas que hacen reflexionar... o al menos sacar una sonrisa al lector.

Con cautela, ubiqué las puertas. Había tres: una debía ser la del clóset, otra la de salida, y la tercera, el baño. ¿Cuál sería cuál? Difícil saberlo. Me moví con cuidado, eligiendo la más lejana, cerca de la ventana. Por suerte, acerté. Era el baño. Cerré la puerta tras de mí y encendí la luz.

El baño reflejaba el estilo del dormitorio: sin lujos, pero funcional. Había dos de cada cosa: toallas, cepillos de dientes, máquinas de afeitar y un montón de gafas de sol. Frente al espejo, vi el cuerpo que ocupaba. Era una pelirroja, no desnuda, sino con una blusa vaporosa, ideal para dormir. Tenía unos 45 años, un aspecto hermoso aunque ya con algunos signos de decadencia. Era alta, atlética, y podía sentir la fuerza de su cuerpo.

¿Quién sería esa mujer? ¿Cuál su ocupación? ¿Y qué relación tenía con el hombre en la cama?

Si uno opta por quedarse en un cuerpo ajeno, hay que fingir, evitar alarmar a quienes rodean al "cuerpo-anfitrión". Decidí regresar a la cama, aunque con dudas. A veces, las parejas suelen abrazar o mostrarse cariñosas durante el sueño, y la idea de intimar con un desconocido me repugnaba. Aun así, me enrollé en las cobijas, intentando evitar cualquier contacto.

-¿Ocurre algo, mi amor? Te noto intranquila. ¿Por qué te despertaste? -su voz rompió el silencio.

Era lo que temía: un sujeto preguntón con sueño ligero.

-Estoy bien. Solo tuve una sensación de incontinencia, pero ya pasó. No te preocupes.

-No escuché nada. Ni el sonido del pis en el agua, ni que bajaras la cadena.

-¿Qué eres, una especie de detective? Simplemente no pude hacer nada, eso es todo.

-¿Incontinencia o inconveniencia a las 4 a. m.? ¿Seguro que estás bien?

-Sí, todo va bien. Vuelve a dormir.

-Sabes que si me despiertas, ya no puedo conciliar el sueño.

No respondí. Fingí un ronquido, esperando que desistiera.

-Ah, no, no me vengas con eso. Sabes que odio cuando finges haberte dormido -insistió.

-¿Puedes callarte de una buena vez? Ni tú ni yo dormimos así -solté, molesta.

Error. Apenas terminé la frase, se escuchó el llanto de una niña pequeña.

-¿Ves lo que has hecho? Despertaste a mi hija. Ahora ve a calmarla.

De pronto, entendí lo que ocurría. Todo encajaba. Esto no era real. Este hombre era un actor de segunda. Si el marido de una mujer fuerte y atlética debía ser alguien similar, este tipo no cuadraba. Estaba claro que quien dirigía esta escena no había tenido presupuesto para un galán. Igual pasaba conmigo: ocupaba el cuerpo de una actriz secundaria sin mayor talento, quizás poco conocida.

-Por supuesto que iré a calmar a la niña -respondí. Me dirigí a una de las puertas que supuse no llevarían a ningún lado, dado que esto era un set de grabación. Como esperaba, al cruzarla, el llanto cesó y una voz gritó: "¡Corten!". Sonreí. Sabía que en la próxima escena aparecería en el lugar correcto: quizá una luna lejana del siglo XXX, o, mejor aún, en un reino medieval con espadas y dragones.


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