Revista Cultura y Ocio

La huella luminosa

Por Calvodemora

La huella luminosa

Se vigila qué rastro digital vamos abandonando, evidencia de lo que hacemos en la red, si nuestra inclinación o nuestras apetencias son exhibibles o alguna pudiera, a beneficio propio, mantenerse a resguardo, por no delatar al público perfil o rango sobre el que redactar una biografía improvisada y sobrevenida, consentida por quien la vierte, soslayando el pudor de que otros sepan qué nos atrae o repulsa, si pecamos en lo que todos o es singular y extraordinario el pecado del que damos noticia veraz, cabal y masiva. Se procura retirar las miguitas de pan o, en el extremo del cuidado, no arrojar ninguna para no tener que buscar el modo de retirarlas. En cambio, no se vigila el rastro analógico, el constatado y manifiesto. No se le concede la atención merecida, no se piensa en las acciones que acometemos a diario y de la que los demás guardan memoria exacta; parece que, por su naturaleza objetiva, no debe inquietarnos o causarnos la zozobra y las preocupaciones del otro territorio, del binario y, en apariencia, del confiado al ámbito digital. 

Conozco gente con un rastro analógico deplorable, gente impresentable como la de la canción de Serrat. De las que hacen ruido cuando no conviene, de las que no te echan una mano cuando hace falta, de las que no dan el paso ni los buenos días cuando es lo correcto y lo que se espera, de las que miran por encima del hombro o ni te miran siquiera, de las que no te echan una mano salvo que vaya al cuello, de las que hablan a gritos y no escuchan. Gente de intención segunda, si no tercera, que a todo le hace examen de ganancia y sobre cualquier cosa hace caja. Toda esa gente sin educación que camina junto a los que la tienen y se confunden con ellos y parece que todos son de la misma condición. Les delata el rastro analógico, se les adivina el proceder a poco que los miremos con un poco más de atención. Son los demás los que guardan con más o menos celo ese rastro que hemos ido dejando a lo largo de nuestra vida. Saben de qué pie cojeamos o si, llegado el caso, cojeamos de ambos. También si actuamos con rectitud las más de las veces (nadie actúa con rectitud todas las veces, nadie tiene un rastro digital sin mancha, no hay tal cosa) y tenemos, por lo general, buen corazón. Por otro lado, nadie tiene buen corazón a tiempo completo. De vez en cuando se nos envenena el tino y la sangre campa con alambicada inquina por sus cauces naturales de modo que el latido del corazón sale turbio y sin armonía. El otro, el corazón de la red, tiene ahora un predicamento extra, sobrevenido por imperativo tecnológico, caído en gracia a beneficio de estar todos comunicados y gozar de esta nueva Arcadia democrática en la que nos exhibimos, sin considerar si lo expuesto nos pasará factura a corto o largo plazo. Debiéramos revisar esos contratos tácitos: los reales y tangibles y los fiados al escrutinio del aleatorio y eventual público congregado en la función. 

Decimos en esos púlpitos digitales lo que en ningún caso diríamos en los analógicos. Nos mostramos en ellos sin el pudor con el que transitamos los otros. Los indicios ofrecen la certidumbre de que uno y otro no tienen terrenos comunes. Se es uno adentro y otro afuera. Jekyll y Hyde. Somos el bifronte Jano en este siglo febril y veloz. Igual que no es posible del todo borrar las huellas que hemos ido dejando por la red, pero hágase uno cuenta de que tampoco podemos hacer que desaparezca las que hemos ido dejando por la vida. Lo que fascina es que tengamos empeño en eliminar el bagaje digital y poseamos el justo, por no decir ninguno, por proceder con idéntico entusiasmo en retirar de la circulación el analógico. Cuesta menos impedir que otros vean el comentario que no debimos decir o la fotografía que no debimos hacernos o, una vez hecha, volcar a beneficio de elegidos o casuales que hacer que quien nos haya visto meter la pata retire de su memoria el modo en que lo hicimos. Se nos valora por lo que hacemos o dejamos de hacer y habrá por ahí alguna especie de libro en el que toda esa construcción moral o sentimental o cultural ha ido registrándose. Seguro que hay un escriba (uno secreto e invisible, uno que no obedece al desmayo ni a la tergiversación) que deposita en ese libro nuestro pasar por este mundo y hace constar las cosas buenas y las que no lo son, las remarcables y dignas de eco y cuantas no tuvieron necesidad de suceder o, ya consumadas, únicamente afearon nuestra conducta, la emborronaron. Seguro que al escriba invisible no se le pasó el dato y lo consignó en alguno de esos renglones ocultos. 

Uno de esos renglones es el botón "like" del Facebook, donde probablemente el lector leyendo ahora. Hacen acopio de todos ellos y saben de nosotros mucho más de lo que nosotros verdaderamente sabemos. Es el negocio de los datos. Valen más que el oro de las ciudades perdidas en la jungla amazónica. Somos mercancía. Lo somos queramos o no entrar en esa consideración financiera. Somos carne de mercado bursátil, somos incesantemente un producto que se vende y se compra. Estamos en el escaparate. Sin saberlo somos el muñeco vestido o a medio vestir o desnudo que se ve tras el cristal. Lo peor es que estamos ahí sin que nadie nos haya reclutado a la fuerza. No se puso una pistola en el pecho o se nos chantajeó para que accediéramos al juego. En la vida pasa algo parecido, no hace falta pensar mucho para llegar a esa conclusión. También somos datos, somos cada uno de esas pequeñas miguitas que hemos ido dejando caer aposta o no y que marcan una ruta, un camino reconocible por el que avanzamos. A veces un camino por el que retrocedemos. A veces el paso es firme y otras no lo es en absoluto. Lo de actuar embozado en la invisibilidad es un viejo deseo de la humanidad, pero todo deja marca, no hay nada que hagamos de lo que no pueda extraerse una firma personal. A veces sucede en Instagram o en el twitter y otras, más veces de las que se piensa, en la cola de la charcutería, cuando conducimos un coche en un atasco urbano o en las conversaciones que tenemos con las personas que incluso amamos. Cada pequeña cosa que hacemos (o que dejamos de hacer también) contrae una rúbrica. Parecemos decir: hey, que he sido yo, esto es mío, no vayan a creer que es de otro, he sido yo el causante, me pertenece, no le den la autoría a alguien equivocado. En ese plan. 

La otra opción es no mirar atrás, no hacerlo bajo ninguna circunstancia; ni guiados por la satisfacción de haber procedido bien ni tampoco por la seguridad de que hicimos daño a alguien a sabiendas o sin maquinarlo adrede, da igual, pero el daño está hecho y de pronto se tiene conciencia de él. La otra opción es darle poco aprecio a que un logaritmo sepa de qué pie cojeamos o si son los dos los que lo hacen, no preocuparse de las huellas y avanzar ajeno a ellas. Porque no dejamos de dejarlas. Las miguitas con nuestra marca personal ocupan más renglones en ese libro secreto de los que podemos imaginar. Decía mi abuela algo parecido a "no la hagas y no la temas". Y bien pudiera valernos como máxima para navegar por la red (no decir lo que no se debe decir, no hacer lo que no se debe hacer) así como la realidad, materia igualmente navegable y sobre la que se puede aplicar con absoluta convicción esa máxima también. No hacerla para no tener que enmendarla. En la hipótesis de que se tenga que producir enmienda, hacer la consideración que cada uno desee. Se va a hablar de nosotros de una u otra manera. Dejemos o no un rastro, exista de verdad o no, los demás van a juzgarlo a su santa voluntad, sin que podamos intermediar y hacer que la sentencia sea benévola. Da lo mismo que uno haya sido un santo varón o una santa hembra (seamos correctos, que luego todo consta y perdura) para que otro especimen de nuestra bendita raza proclame que una vez pecamos o pecamos muchas veces y los demás acaten y difundan esa mentira interesada. 


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