Revista Cultura y Ocio

La indisolubilidad de una crítica social

Por Maria Jose Pérez González @BlogTeresa

La indisolubilidad de una crítica social

Pedro Paricio Aucejo

El juicio crítico acerca de la realidad es una función derivada de la racionalidad y la libertad que caracterizan el vivir humano. Su ejercicio cubre la valoración de la conducta propia y la ajena, especialmente cuando se alcanza la conciencia de la necesidad de una transformación que abarque a toda la sociedad. Más aún, si se pretende un cambio profundo, la crítica ha de dirigirse hacia una mejora personal basada en la primacía de la dimensión espiritual de la existencia y su íntima conexión con lo trascendente. Es esta la actitud crítica presente en el Libro de la Vida de santa Teresa de Jesús, que, según la profesora Salto Sánchez del Corral¹, es preciso ubicarla en el contexto socio-religioso de la España de entonces.

La reformadora del Carmelo –que vivió bajo la mirada constante de la Inquisición– mantuvo posiciones arriesgadas en su época: la voz y la presencia de Dios en su mundo interior representaban manifestaciones de una verdad incómoda para algunos representantes eclesiásticos. Sin embargo, la monja abulense ni renunció a ella ni guardó silencio. Al contrario, dicha verdad nutrió su enojo contra quienes se movían en el error, llegando a verter su crítica explícita mediante el uso del ingenio: para triunfar sobre sus antagonistas recreó literariamente aquella divina voz bajo la forma de ‘esposo espiritual’ –que la exculpó de acusaciones– y se valió de la ironía, dirigida hacia la propia persona de la Santa, la jerarquía religiosa, las instituciones y los falsos valores de la sociedad de su tiempo.

En síntesis, la crítica de Teresa de Ahumada pretende subvertir las convenciones sociales e ideológicas inherentes al ámbito religioso –uno de los más decisivos en el siglo XVI– para transformarlo al modo de su Amado, otorgando para ello “un valor relevante a la mujer en la experiencia espiritual y en la capacidad de liderazgo”². Más aún, su acción reformadora de la Iglesia –alejada de sus orígenes y marcada por la decadencia moral– cabe interpretarla como una consecuencia de la actitud crítica de su talante personal frente al entorno histórico del mundo en que vive.

Respecto de la vida religiosa, la descalza castellana criticó la persecución y condena que sufrían las personas con anhelos espirituales dentro de la institución eclesial. Para ella, la religión católica necesitaba ser reformada, hasta el punto de considerar –en ocasiones suavizando su apreciación con el reconocimiento de la propia culpa personal– que hay que temer a frailes y monjas como responsables de los males de la Iglesia (‘pues los que habían de ser los dechados para que todos sacasen virtudes, tienen borrada la labor que el espíritu de los santos pasados dejaron en las relisiones’).

Censuró a quienes defendían la vida cortesana en el interior de los conventos, introduciendo en ellos todas las ‘naderías del mundo’. Desestimó la honra mundana –entendida como buena fama y moral de apariencias–, después de que la mística universal evolucionara desde la educación burguesa e hidalga de su infancia hasta el desasimiento de su madurez. Ironizó sobre la organización social (‘declaróseme aquí bien cómo era todo vanidad, y cuán vanos son los señoríos de acá’) y las estructuras de poder que relegan la omnipotencia divina (‘que no es como los que acá tenemos por señores’), de modo que, si la desigualdad era un hecho universalmente aceptado, Teresa defendió la igualdad de todo ser humano y, en consecuencia, la idoneidad espiritual de la vida seglar, en aquel momento considerada imperfecta por la jerarquía.

Igualmente, la búsqueda de un espacio sencillo para su monasterio reformado se convirtió en denuncia de la ostentación y la riqueza, si bien la reivindicación de la pobreza conllevaba también la de la libertad: el convento teresiano permitiría desarrollar todas las facultades y habilidades de las mujeres allí congregadas, que podían construir células sociales igualitarias y gobernarse por ellas mismas, recuperando el protagonismo negado por la sociedad. Allí se realizarían como personas, no habría criadas y señoras y podrían vivir libremente una nueva espiritualidad.

Denunció la falsa interpretación de la Escritura por quienes se consideraban a sí mismos los únicos autorizados para su conocimiento y predicación. Reprobó la dominación interior y la opresión psicológica ejercida por confesores faltos de formación teológica y experiencia espiritual (‘tampoco me debían de querer engañar, sino no sabían más’), de la que se derivaba también la vacuidad retórica de sus predicaciones y su falta de eficacia para transformar la vida de los fieles.

Y, en fin, reprochó la privación del derecho a escribir sufrida por las mujeres –superada, en su caso, por la astucia del juego de voces– y la pérdida del goce de la lectura a causa de la censura. Con aparente ingenuidad (‘muy poca u casi ninguna necesidad he tenido de libros. Su Majestad ha sido el libro verdadero a donde he visto las verdades’), afirmó que la autoridad eclesiástica contravenía los deseos de Quien es su fundamento.


¹Cf. SALTO SÁNCHEZ DEL CORRAL, Ana María, Genialidad femenina y feminismo en la mística: La autobiografía de Teresa de Jesús, Almería, Instituto de Estudios Almerienses, 2016.

²Op. cit., pág. 101.

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