Revista Historia

La magnetita, la brújula particular de las palomas mensajeras

Por Ireneu @ireneuc

Orientarse en un lugar desconocido es, para mucha gente, una auténtica gimkana que acostumbra a dar más momentos de angustia que de tranquilidad, sobre todo si te encuentras en medio del monte con mal tiempo, o bien acabado de salir de una parada de metro desconocida. Es en esos momentos, en que no sabes ni para dónde tirar, que te gustaría tener la capacidad que tienen las palomas mensajeras para ubicarse y volver a su palomar por muy malas que sean las condiciones ( ver El absurdo caso de la paloma condecorada por el Ejército Español). Sin embargo, y por mucho que lo deseemos, no nos será posible emularlas. Más que nada porque ellas poseen en sus células un material que las convierte en auténticas brújulas volantes y que nosotros no disponemos: la magnetita.

Se ha de reconocer que, si no fuera por el Google Maps y el GPS, la mayoría de la gente, hoy en día, no sabría ni ir a buscar la parada del bus más cercana. El uso de los mapas y las brújulas, gracias a estas aplicaciones del móvil, han pasado a mejor vida (siempre que tengamos suficiente batería), pero no hace mucho tiempo que eran las únicas herramientas a nuestro alcance para saber dónde estamos o si subíamos o bajábamos. Unas herramientas que necesitan no poca pericia para ser utilizadas con éxito ( ver Marie Tharp, la increible obra de una mujer discriminada) o, como es mi caso personal, disponer de un especial sentido de la orientación que se complementa perfectamente con mi especial afición por la cartografía. Posiblemente no llegue a los extremos de las palomas pero...¿cual es el mecanismo que hace que estos emplumados animalejos sean capaces de volver a su casa sin dificultad y cual es el papel de la magnetita en ello?

Partiendo de la base que la ciencia no ha sido capaz de sacar el agua clara respecto cuales son los mecanismos fisiológicos que llevan a las palomas a orientarse (por cierto, " orientar" es un verbo que proviene de la obsesión de los primeros cristianos de construir sus iglesias encaradas hacia Oriente), lo que sí queda claro es que utilizan de alguna forma el campo magnético terrestre para ubicarse. Ello hizo que los científicos empezasen a investigar sobre cómo eran capaces de detectar algo tan sumamente leve como es el campo magnético terrestre... y a cortar cabezas de paloma como si no hubiera un mañana.

Las investigaciones llevaron al descubrimiento en 2003 de que, en una serie de puntos ubicados en el interior del pico de las palomas, éstas disponían de una colección de células que tenían en su interior unos gránulos formados por cristales de magnetita y maghemita, ambos minerales de hierro con una gran capacidad magnética. Estas células, ubicadas en la parte superior del pico, conectarían de alguna forma con el sistema nervioso y permitirían que las palomas fueran capaces de detectar variaciones muy pequeñas de los campos magnéticos, lo que les permitiría orientarse en cualquier situación. De hecho, se ha llegado a seccionar el nervio trigémino -único nervio que conecta con la parte del pico en donde se encuentran las células con los gránulos- y, sometidas a pruebas de orientación, no fueron capaces de ubicarse correctamente.

Cuestiones morales de semejante "judiada" a los animales a parte, experimentos con suministro de lidocaína (un potente anestésico local) habrían dado resultados similares, lo que confirmaría la relación entre los gránulos férricos y su capacidad de orientación magnética, aunque se ignora de qué modo interactúan con el cerebro. Ello es debido a que, según unas investigaciones las células serían células nerviosas ( dendritas) y según otras serían células inmunitarias ( macrófagos), con lo cual no tendrían a priori nada que ver con el sistema nervioso de las palomas. Sea uno o sea otro, la cuestión se mantiene en el misterio, y más si, como apuntan nuevas investigaciones, posiblemente no solo se orienten con sus imanes particulares.

Efectivamente, como la magnetorrecepción no es el único sistema que los animales utilizan para ubicarse en su medio ambiente, estudios con otros animales han permitido el descubrimiento de unas proteínas, los criptocromos, que ubicadas en los ojos serían sensibles a la luz azul. Estas proteínas, presentes en los ojos de una gran cantidad de seres, desde peces a insectos pasando por el ser humano e incluso en las plantas, además de controlar los ritmos circadianos de sensibilidad a los cambios de luz ( ver La tuátera, el reptil de los tres ojos), serían sensibles al campo magnético terrestre, actuando como verdaderas brújulas proteínicas a pesar de no tener componentes ferromagnéticos. Esta especial sensibilidad, que mezclaría el órgano de la vista con la posibilidad de disponer de una brújula particular, sería lo que haría que, unos con más puntería que otros, todos los seres vivos tuvieran una capacidad innata de orientarse.

En definitiva que, sea de una forma u otra, cada ser vivo utiliza sus truquillos evolutivos para poderse ubicar con más o menos eficacia en el espacio. Unos utilizan la vista, otros la ecolocalización, otros el magnetismo, otros las vibraciones y otros una combinación de todas ellas, pero lo que realmente nos une a todos es que necesitamos estar en contacto íntimo con nuestro medio ambiente. Un medio ambiente que, al desbocado ritmo de destrucción que hemos impuesto, y a no ser que nos pongamos las pilas para solucionarlo, no va a valer la pena ni que lo retengamos en nuestros cerebros.


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