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La majestuosa Irene López Heredia

Publicado el 18 noviembre 2009 por Burgomaestre
Si efímera es la gloria del actor cinematográfico o televisivo, por mucho que la celebridad lo cerque en dorada jaula o la fama lo meza con deleitoso son, cuánto más pasajera es la devoción que por los dioses y diosas del escenario se despierta en la audiencia. Cosechadores de atronadores salvas de aplausos de anteayer, apenas ayer mismo han caído en el olvido. Así, por citar un ejemplo que el azar ha traído a la atención de este burgomaestre, sucede con el extinto esplendor de una gran dama del teatro español, Irene López Heredia, nacida en 1889 en la localidad murciana de Mazarrón (la del crimen origen de la genial película de Fernán-Gómez, “El extraño viaje”) y fallecida en Madrid el 10 de octubre de 1962, tras culminar una gloriosa carrera de éxitos teatrales.

La majestuosa Irene López HerediaEs la figura de Irene López Heredia tan majestuosa, solemne y vertical como sonoro su propio nombre. Nos contempla con expresión altiva, de semi-diosa esculpida en una columna jónica, desde esta fotografía extraída del film estrenado en 1935, “Doce hombres y una mujer”, que dirigió Fernando Delgado y en el que era adorada por Gabriel Algara, José Baviera, Antonio Martínez, José Bruguera, Rafael Medina, Modesto Cid y Mariano Asquerino, con quien la actriz contrajo matrimonio en la vida real. Antes había formado pareja artística y sentimental con Ernesto Vilches, el actor catalán (nacido en Tarragona en 1879) con quien formó compañía en 1927 y con quien a lo largo de quince años, entre, aproximadamente, 1915 y 1930, había consolidado su imagen deslumbrante de elegancia ultraterrena en obras tales como una adaptación de “El fantasma de Canterville” y “El abanico de Lady Windermer”, ambas de Oscar Wilde, “Lady Frederick”, de Somerset Maugham, “Cándida”, de Bernard Shaw, o “La noche del sábado” de Benavente. Procedente de sus contratos en las compañías de Simó Raso, Tallaví, y María Guerrero, la joven Irene López Heredia alcanzó junto a Vilches el estrellato incontestable de las bambalinas. La relación entre ambos, dinamitada en lo personal por la casquivana efervescencia del actor, quedó truncada a renglón seguido en lo profesional. Pronto Irene atrajo para sí la atención de otro seductor de los escenarios, el elegantísimo y aristocrático Mariano Asquerino (curiosamente, también tarragonés –de Reus- aunque diez años más joven que el señor Vilches), con quien inició un nuevo periodo de su carrera profesional, en el que amplió sus registros dramáticos en obras como la esperpéntica sátira “Farsa y licencia de la reina castiza”, de Valle Inclán, el 3 de junio de 1931, en el teatro Muñoz Seca; un reestreno de la “La malquerida” benaventiana, una adaptación de “Nada menos que todo un hombre”, de Unamuno, o “Judith”, de Frederik Jovel, o la comedia que le valió un sobrenombre por el que fue muy popular y con la que ganó mucho dinero, “La Papirusa”, de Leandro Navarro y Adolfo Torrado. Concluida su relación con el padre de María Asquerino, Irene López Heredia continuó el tránsito de su devenir artístico exhibiendo en todo momento una aplastante dignidad, que la llevó a estrenar en los años de su madurez, por ejemplo, varias obras originales del nobel Jacinto Benavente, cuales fueron "La última carta", comedia en tres actos que fue estrenada en el teatro Alcázar de Madrid el 9 de diciembre de 1941, representando en ella el papel de la protagonista "Lidia", con Mariano Asquerino como el oponente masculino, el "Príncipe Gustavo". Siete años más tarde, el 30 de septiembre de 1948, en el teatro Fontalba se alzó el telón para estrenar "Divorcio de almas", otra comedia de don Jacinto en tres actos en la que doña Irene representó el papel principal, "Matilde”, con Antonio Prieto, como primer intérprete masculino, en el papel de "Andrés". Dos años después, en el escenario del Lope de Vega de Valladolid, concretamente la noche del 23 de octubre, se representaba por vez primera "Tú, una vez, y el diablo, diez", con Irene López Heredia actuando como la protagonista,"Lena Reinoso". Todavía, el 26 de febrero de 1953 estrenará una nueva obra de Benavente, el La majestuosa Irene López Herediadrama histórico ambientado en Nueva España, en el siglo XVII, escrito en un prólogo y dos actos, titulado "Almas prisioneras", en el teatro Álvarez Quintero (antes Fontalba), desempeñando en la función el rol de "Laurencia", compartiendo protagonismo con la sobrina de la mítica María Guerrero, del mismo nombre, como "Isabel", y con el gran Carlos Lemos, que hacía el papel de "Don Martín". Pero no sólo de obras del autor de “Los intereses creados” se nutrió el mito de la gran actriz. Por aquellos años cuarenta, representó con gran éxito los principales papeles de obras tan reconocidas como “Seis personajes en busca de autor”, de Luigi Pirandello, el shakespeareano “Así es, si así os parece”, o la reposición de “Campo de armiño”, de Benavente, además de “La sombra”, drama de Dario Nicomedi en el que interpretaba muy meritoriamente a una paralítica, y de “Hedda Gabler”, de Ibsen.

La grandeza de “la López Heredia” tuvo escaso acomodo en el medio del celuloide. En el cine silente tan sólo un film contó con su concurso, “El golfo” (1917), que dirigió José de Togores sobre una idea argumental de Ernesto Vilches, “partenaire” entonces, en la vida y en la escena (también en el film) de Irene López Heredia. En el reparto, un juvenil Manuel Arbó, el padre de los Ozores, don Mariano, y la abuela de los Gutiérrez Caba, Irene Alba. Hay que dar un salto de diecisiete años para llegar a la siguiente película en la filmografía de la dama que hoy nos ocupa, la antes citada “Doce hombres y una mujer”, que se anunciaba, en plena Segunda República Española con el engañoso reclamo de ser la presentación de la actriz en la pantalla. Para ponerse ante las cámaras nuevamente, Irene López Heredia hubo de esperar más de veinte años, al cabo de los cuales tuvo la oportunidad de ser dirigida nada menos que por el gigante Welles en la interesante “Mr. Arkadín” (1955), coproducción hispano-suiza en la que incorporaba el papel de la señora de Martínez, esposa del general Martínez (un abotargado y silencioso Manuel Requena), uno de los decisivos pasos en la investigación que el protagonista (Bob Harden) desarrollaba, en pos de desentrañar el misterio de Gregory Arkadin. El film reunía en su reparto a primeras figuras del teatro español, como Amparo Rivelles y nuestra protagonista de hoy con actores tan espléndidos como el británico Michael Redgrave, el camaleónico Akim Tamiroff y el propio Orson Welles. Estrenada en mayo de 1958, “Buenos días amor” ( Amore a prima vista, según su título italiano) fue la siguiente película en la que participó doña Irene y una de las primeras que dirigió Franco Rossi, con un reparto encabezado por Walter Chiari, Isabelle Corey, Rubén Rojo e Yvonne Monlaur. En noviembre de 1959, cuando se produjo el estreno de “De espaldas a la puerta”, la última ocasión en que Irene López Heredia brindó su arte

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interpretativo al escrutador ojo de la cámara, ya había triunfado, en el seno de la compañía Lope de Vega y dirigida por José Tamayo, en la representación de la adaptación de “La Celestina” de Fernando de Rojas, tanto en teatros de Madrid como de Barcelona y hasta de París. En su último film, que dirigió José María Forqué, una trama melodramática de fondo policial (o una trama policial de fondo melodramático) original de Luis de Arcos, Irene López de Heredia, que venía de representar a la inmortal Celestina del Renacimiento, componía una escalofriante “madame” de burdel transmutado en pudibundo cabaret llamado “La ratonera dorada”. Junto al competente inspector de policía don Enrique, que componía Luis Prendes, auxiliado por el agente Emilio Arévalo, a quien daba vida el llorado José Luis López Vázquez, una feroz Emma Penella, una debutante María Luisa Merlo, y unos siempre brillantes Luis Peña, Félix Dafauce, Carlos Mendy y José Marco Davó completaban con Lola Lemos, Emilio Rodríguez, Víctor Fuentes (acreditado como Victorico Fuentes), Roberto Llamas, Adriano Domínguez, María del Valle y Pilar Muñoz, entre otros, el reparto de un film en el que Irene López Heredia tenía la oportunidad de actuar al lado de su vástago, José María Vilches López, fruto de su unión con Ernesto Vilches, quien había fallecido, por cierto, atropellado por un automóvil en Barcelona el 8 de diciembre de 1954, adelantándose casi tres años exactos al deceso del otro hombre importante en la vida de Irene López Heredia, Mariano Asquerino, quien dejó este mundo el 12 de diciembre de 1957 desde la capital de España, ciudad que daba título, precisamente, a su último film, “Historias de Madrid” (Ramón Comas, 1957) cuyo estreno no le halló ya entre los vivos.

Entre abril de 1958 y marzo de 1960, Irene López Heredia protagonizó sobre el escenario del Teatro Español las más renombradas obras del repertorio clásico dirigida por José Tamayo, siendo la última de esas representaciones la del montaje de “Los intereses creados” que sirvió de homenaje póstumo a su autor en beneficio de la construcción de un monumento a su memoria, a la cual nos referimos con ocasión de la entrada dedicada a Manuel Díaz González, que también tenía un papel en la función. El resto de las piezas en las que actuó fueron los dos “Don Juan Tenorio” correspondientes (el de 1958, con Carlos Lemos, y el de 1959, con Luis Prendes, de quien habíamos comentado aquí otro “Don Juan”, el del 57), el “Enrique IV” de Pirandello, con Elisa Montés y Carlos Lemos, “La visita de la vieja dama”, de Dürrenmatt, (obra que, al decir de la crítica de la época, parecía escrita pensando en ella, de acertada que estuvo en su labor) con Luis Prendes, Antonio Ferrandis, José Bruguera, Carlos Ballesteros, y Gemma Cuervo; “El teatrito de don Ramón” de José Martín Recuerda (a la que también hicimos referencia en la entrada, antes aludida, dedicada a Manuel Díaz González), el premio “Lope de Vega” de 1957, “La Galera”, de Emilio Hernández Pino, “Los encantos de la culpa”, de

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Calderón de la Barca, y “La Orestiada”, versión de José María Pemán y Francisco Sánchez-Castañer, de la tragedia de Esquilo, que contó con un numerosísimo reparto integrado por la compañía al completo del Teatro Español. Fueron estas dos temporadas en el teatro nacional la culminación de una carrera gloriosa que todavía, y a pesar de la enfermedad que apagaría su llama, todavía conocería un momento de lucimiento en las representaciones de “Gigi”, junto a Nuria Espert, luchando ya contra las lacras del mal que la estaban minando, que le dificultaban el habla y la acción.

Hoy nos ha asaltado una imagen de pasada grandeza, desde las páginas de una vieja revista (el Cinegramas número 29, que se publicó el 31 de marzo de 1935), que nos ha animado a trazar esta rápida semblanza. La imagen era la de una gran dama del teatro que pese a alzarse triunfante y espléndida con imponente gracia etérea sobre los escenarios durante más de cuatro décadas, difícilmente es hoy recordada por un puñado de curiosos. Algo de injusto debe haber en esto. O quizá no. Quizá se trata tan sólo de que va todo demasiado deprisa en este absurdo carrusel de la escena y de la vida.

PD: Del film postrero de doña Irene, “De espaldas a la puerta”, hablaremos más detalladamente en una futura entrada prevista que estará dedicada a uno de los integrantes de su reparto, el extraordinario Luis Peña. Antes, no obstante, este burgomaestre se compromete a completar la entrada dedicada a José María Tasso, cuya tercera y última parte está en proceso de construcción.


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LOS COMENTARIOS (1)

Por  Francisco
publicado el 26 diciembre a las 16:18
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Gracias por recordarme a esta gran Señora del escenario, a quien tuve el privilegio de ver en Buenos Aires, durante una gira. Lo que no recuerdo es qué actor la acompañaba. ¿Tal vez haya sido Luis Prendes?

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