Revista Insólito

La maldición de la lepra con la que Dios castiga a los pueblos

Publicado el 01 abril 2020 por Redespress60 @lakhlave

Entre tantas enfermedades como existen, ninguna ha suscitado en torno a sí tal cúmulo de leyendas ni ha provocado tanta aprensión en la humanidad como la lepra, enfermedad provocada por el llamado bacilo de Hansen en homenaje al científico que lo descubrió en 1871. Su contagiosidad, en contra de uno de los más comunes errores aceptados por la opinión pública, es pequeña y sólo una de las formas de la enfermedad provoca graves deformidades y mutilaciones que, sin embargo, son tenidas por características inequívocamente malditas e impuras desde los tiempos bíblicos.

La maldición de la lepra con la que Dios castiga a los pueblos

El bacilo de Hansen, responsable de la lepra, debe su nombre al médico noruego Gerhard Armauer Hansen, que dio con él en 1874. Pero no fue hasta nada menos que 2008 cuando se identificó a una variante del bacilo en la Universidad de Texas, la mycobacterium lepromatosis, que explica su incidencia en países de climas distintos.

Afecta, especialmente, al sistema nervioso periférico, la piel, la mucosa de las vías respiratorias superiores y los ojos. Se caracteriza por la aparición de úlceras cutáneas, falta de sensibilidad en la piel y debilidad muscular.

Retomando la historia

La lepra no es una enfermedad especialmente maligna ni peligrosa y habrá que preguntarse por qué entonces arrastra su mala fama. La primera respuesta estaría en que por manifestarse con signos muy visibles confiere al paciente un aspecto físico a veces repulsivo. Efectivamente, provoca más rechazo social una persona con bultos y úlceras en la piel que otra que quizá tenga corroídas las entrañas por un tumor canceroso pero que no se ve. Esta característica hizo que la lepra fuese una enfermedad rechazada por la sociedad de todos los pueblos desde las épocas más primitivas de la Historia. Pero a nosotros tal rechazo nos ha venido referido por un libro cuya influencia en nuestra cultura es fundamental: la Biblia.

El pueblo judío se rige por unas normas religiosas que en gran parte se traducen como reglamentos higiénicos. Esto es común en las religiones surgidas en pueblos de estirpe nómada, y así también El Corán está repleto de rígidas normativas en cuanto a alimentos prohibidos y enfermedades malditas.

Durante siglos el nombre de lepra se aplicaba a un gran número de enfermedades que hoy sabemos que son en realidad totalmente distintas tanto en su causa como en sus síntomas y, por supuesto, en su tratamiento y pronóstico. Lo único común a todas ellas, y aun esto muchas veces de forma forzada, es que tienen alguna manifestación cutánea con cambio en el color, la textura o la integridad de la piel.

Se sabe que afecta a la humanidad desde hace al menos 4000 años, cuando en 2009, en una excavación arqueológica llamada Balathal (Rayastán, al noroeste de India), se encontraron en lo que había sido un asentamiento (chozas de piedra y ladrillos de barro, y donde cultivaban la cebada) los restos óseos de un varón adulto de unos 30 años de edad con muestras de haber padecido esta enfermedad y no haber recibido ningún tipo de tratamiento para curarla. Dichos restos estaban enterrados en ceniza de estiércol de vaca dentro de un recinto de piedra de paredes gruesas en los límites del asentamiento. La datación por radiocarbono indicó que el esqueleto fue enterrado entre el 2500 y el 2000 aC. La siguiente evidencia más antigua de la lepra era un esqueleto egipcio del siglo II aC.

Durante la Edad Media, los que padecían esta enfermedad llevaban unas pequeñas tablas en la mano, llamadas tablillas de San Lázaro, las cuales al golpear entre sí avisaban a la gente de su paso. San Lázaro es el santo de los leprosos y los mendicantes. Al manifestarse visualmente de forma tan impactante, con grandes manchas y nódulos en la piel deformando el aspecto físico, provocaba la marginación inmediata del individuo enfermo y su reclusión en áreas delimitadas llamadas lazaretos, quedando etiquetados como personas impuras. Según la tradición, San Lázaro, quien fue resucitado por Jesucristo, también padeció lepra. 

Hasta finales de la Edad Media, la lepra era frecuente en Europa, tanto que casi una de cada 30 personas estaba infectada. En la actualidad, la enfermedad se encuentra en 91 países de todo el mundo con cerca de 200.000 nuevos casos de infección al año. A partir del siglo XIX, con el avance de la microbiología y de los estudios microscópicos, se pudo distinguir por fin entre unas y otras enfermedades.

La maldición de la lepra con la que Dios castiga a los pueblos

Castigo de Dios

En la Biblia, el mismo Dios afirma ser quien envía la lepra, llama “inmundos” a los que la padecen y ordena su humillación pública.

Dios le pregunta a Satanás si ha reparado en su siervo Job , a lo que este le contesta que sí, y si es fiel es porque ha sido bendecido, beneficiado por él. Como respuesta Dios le permite hacer con Job lo que quiera para demostrar su fe. Satanás mata a sus ovejas, a sus mozos y a sus hijos, le envía llagas dolorosas, pero la fe de Job sigue inquebrantable – actitud que no entiende su mujer, que dirá: “maldice a Dios y muérete”

En el Libro de Job se nos presenta a un hombre que sufre en su cuerpo todo tipo de lesiones ulcerosas y lo mismo sucede con sus hijos y hasta con su ganado. Job es un cúmulo de desgracias físicas que aparecen no como originadas por alguna causa también física sino por voluntad divina en una especie de duelo que mantienen Dios y Satanás sobre las posibilidades de aguante de aquel hombre elegido para tan singular desafío. A lo largo del Antiguo Testamento son otros muchos los casos de lepra relatados que siempre se ponían en relación con castigos divinos o con pruebas como en Job.

En el Levítico se dedican nada menos que dos capítulos completos (XIII y XIV) a describir con exactitud los distintos tipos de lepra, a intentar distinguirla de otras afecciones cutáneas y a las medidas que la sociedad y el propio enfermo debían adoptar.

El redactor del Levítico demuestra en estos capítulos poseer una gran experiencia médica -de la Medicina de su época, claro- y su lectura constituye un verdadero tratado de dermatología arcaica. Distingue, aunque metiendo todas en el mismo saco de lepra, lesiones como tumor, erupción, mancha, divieso, quemadura, tiña, eccema y ciertos tipos de calvicie. Cualquiera de estas lesiones obliga a quien la padece a presentarse ante los sacerdotes, que ejercían también labores de médico, para ser examinados. Si el diagnóstico era de lepra -y lo era en la mayoría de los casos- debía seguir la siguiente norma (Lev. XIII. 45-46): “El afectado por la lepra llevará los vestidos rasgados y desgreñada la cabeza, se cubrirá hasta el bigote e irá gritando: ¡Impuro, impuro! Todo el tiempo que dure la llaga, quedará impuro. Es impuro y habitará solo; fuera del campamento tendrá su morada.”

Muchas de aquellas enfermedades, precisamente por no ser auténtica lepra, se curaban en más o menos tiempo. Y era también el sacerdote quien debía comprobar la curación. Si así lo hacía, el enfermo se rasuraba todo el pelo del cuerpo y de la cabeza y se lavaba entero en agua después de quemar toda su ropa: una norma de higiene sanitaria muy recomendable tras haber padecido infecciones dérmicas y cuando no existían antisépticos ni mucho menos detergentes. Luego, el sacerdote procedía a un rito de purificación tocando con aceite y con sangre de animales sacrificados -que siempre aportaba o pagaba el enfermo- el lóbulo de la oreja derecha, el pulgar de la mano derecha y el del pie derecho del individuo a purificar. La ceremonia finalizaba con el holocausto de un animal y la suelta de una tórtola.

Pero la lepra, según la Medicina y la religión judía,  no sólo afectaba al cuerpo de las personas, también se describe con diversos ritos y sacrificios de purificación la lepra de los vestidos y de las casas.

Se consideraba lepra de los vestidos a cualquier mancha extraña en un tejido de lana o de lino o en un objeto de cuero o piel. El procedimiento para reconocer la malignidad de la mancha es muy curioso, lógico y simple: el sacerdote encerraba la prenda durante siete días, si la mancha había crecido se consideraba que tenía lepra, por lo que el tejido se quemaba; pero si la mancha no había crecido, entonces se lavaba y se volvía a encerrar otros siete días. De no desaparecer la mancha, se consideraba la impureza leprosa del tejido, siendo sin lugar a duda la quema del mismo  la manera de purificar al trapo.

La lepra de las casas se manifestaba en forma de manchas verdosas o rojizas en sus paredes. En este caso se seguía un procedimiento similar al que acabamos de conocer para los tejidos. Cierre de la casa durante una semana; si la mancha se expandía, se arrancaban las piedras afectadas y se raspaba toda la superficie interior de la vivienda. Tocaba cerrar la casa y esperar siete días: de seguir limpio se celebraba un sacrificio y se consideraba la casa purificada; pero si la mancha volvía a aparecer, la casa era derribada y sus escombros arrojados fuera de la ciudad en un lugar inmundo.

En el Nuevo Testamento Jesús cura a numerosos enfermos de este mal y los envía a los sacerdotes para que certifiquen su pureza; sorprende ver en los textos evangélicos la frecuencia con que leprosos, solos o en grupo, circulan por los caminos, lo que hace pensar en el gran número de ellos que debían de existir en Palestina. El relato del Evangelio no mejoró la condición social de los leprosos en la sociedad cristiana, al menos en su mayor parte. Algo suavizó su existencia cuando la naciente caridad, creadora de hospitales en los monasterios, tuvo a estos enfermos en especial consideración debido a la preferencia que les mostró Jesucristo.

La maldición de la lepra con la que Dios castiga a los pueblos

La Orden de San Lázaro

En España tales reductos se denominaban también gaferías porque al leproso se le llamaba gafo, palabra de origen remoto que hace alusión a la postura agarrotada de las manos y los pies en el curso del padecimiento. Hasta que una orden religiosa creada tras la cruzada a Jerusalén, la de hospitalarios de San Lázaro, dedicó sus actividades a paliar los sufrimientos de estos enfermos a los que en Navarra también se llamó mesieillos o mesillos.

Aunque mayormente la más conocida fue la  Orden del Temple, lo cierto es que hubo muchas más y una de las pioneras fue la Orden de San Lázaro de Jerusalén. Fue creada siglos antes de las Cruzadas y dedicada inicialmente a asistir a los peregrinos que acudían a los Santos Lugares, después se sumaría a tomar las armas para defenderlos. Pero lo más significativo de esta institución es que, como indica su nombre, cuidaba especialmente de los leprosos, con la particularidad inaudita de que incluso los admitía en sus filas.

Esta enfermedad y las deplorables condiciones higiénicas de las guerras favorecían la enfermedad que afectaba a muchos miembros de otras órdenes militares, algo que les incapacitaba para continuar en ellas. Estos hombres leprosos encontraban en ésta Orden de San Lázaro una alternativa para seguir como monjes guerreros.

Había dos categorías de caballeros, los guerreros y los hospitalarios, que estaban dirigidos por un gran maestre, perteneciente a una familia noble y que también era leproso. Esta regla perduró hasta 1253, cuando el Papa Inocencio IV dio permiso para elegir a una persona no leprosa para este cargo. La orden se hizo cada vez más militar y fue suprimida en el siglo XV por Inocencio VIII, si bien los caballeros de San Lázaro perduraron como reliquia hasta su total extinción en 1830.

La maldición de la lepra con la que Dios castiga a los pueblosSanatorio San Lázaro. Foto de Raquel Andres Dura

La lepra en España

Cuenta la leyenda que el Cid Campeador, Rodrigo Díaz de Vivar,  iba en peregrinación a Compostela, cuando encontró en un cruce de caminos a un leproso hambriento, cubierto con harapos y haciendo sonar un cencerro para anunciar su presencia nefasta a los caminantes. El caballero castellano, que había sido desterrado por su rey, se acercó al gafo y compartió con él la comida de su morral y el agua de su calabaza; luego le entregó su capa para sustituir los andrajos del miserable. Al despedirse, sin haberse identificado Rodrigo, el leproso -que la leyenda quiere que fuese el mismo San Lázaro– dijo al caballero:

“Id con Dios, mío Cid, que os aguardan grandes hazañas.” Rodrigo le preguntó que cómo conocía quién era, a lo que repuso el gafo: “Sólo hay un caballero en Castilla capaz de humillar a un rey y compartir su pan con un leproso.” Cierta o no, la aventura forma parte del aura de heroísmo y abnegación que rodea la figura del Cid Campeador en la memoria histórica de los españoles. Y, por supuesto, si la conducta de Rodrigo mereció pasar a los romances es por su condición de excepcional; nadie no sujeto a los rigurosos votos monásticos era capaz en aquellos siglos ni tan siquiera de aproximarse a un enfermo de lepra pues se pensaba que el contagio era posible con sólo respirar el mismo aire que él.

En el siglo XVII el pánico estaba arraigado tanto entre la población como entre los científicos, de manera que los manuales de medicina divulgaron que era hereditaria, por lo que empezó a aparecer por arte de magia un supuesto colectivo de enfermos cuyo mal se transmitía de padres a hijos como la maldición del pecado original. Se denominaron “agotes” y fueron confinados en los Pirineos, en los pueblos del norte de Nafarroa. Un avance científico abría el camino a una deformación ideológica, con sus lamentables secuelas de marginación, legal y social, seguidas durante siglos. Al igual que los leprosos, los agotes fueron internados, se les marcó con distintivos en sus ropas para que la población no tuviera ningún contacto con ellos y se decía que olían mal.

En España la enfermedad, aunque extendida por todo el territorio, ha tenido mayor profusión en algunas regiones, lo que ha propiciado la formación de leyendas sobre sus habitantes. Es el caso de Navarra,  en el valle Baztán. Considerados por sus circunvecinos como un pueblo maldito, originado entre una población de gafos, se les obligaba hace siglos a llevar sobre sus vestiduras un símbolo, la pata de ganso, que permitiera distinguirlos y mantenerse alejado de ellos. No podían salir de un barrio o arrabal llamado Bozate y cuando acudían a la iglesia parroquial debían permanecer en la parte de atrás del templo, sin cruzar nunca una viga de madera situada en el suelo que marcaba el límite entre ellos y los otros pobladores del valle.

Otra región con especial incidencia ha sido la levantina, entre las provincias de Valencia y Alicante. A principios del siglo XX los leprosos de estas comarcas se veían reducidos a una vida miserable en casuchas aisladas entre las serranías, malviviendo del fruto de pequeños huertos y obligados a esconderse de los viajeros o a hacer notar su presencia en aviso de precaución. El sacerdote jesuita Carlos Ferris Vila, concienciado de lo que sucedía en la zona con tantos enfermos en los alrededores, concibió la idea de fundar un lugar donde acogerlos para prestarles ayuda sanitaria y humana de todo orden.

A los pocos meses se fundó en Gandía una junta con varias personalidades de la región levantina para desarrollar la idea del jesuita. Se eligió un terreno situado en el Vall de Laguart, una zona en la que cuatrocientos años antes se habían refugiado numerosos judíos antes de la expulsión. El nuevo centro se denominó Sanatorio de San Francisco de Borja. Se entablaron conversaciones con los propietarios de las tierras elegidas y se llegó a un acuerdo, prácticamente una donación. Una sola condición pusieron para ceder los terrenos: la construcción a lo largo de todo su perímetro de un muro de suficiente altura que vedase la salida del amplio recinto a los allí internados.

Durante más de 100 años el rebautizado como Sanatorio de Fontilles ha sido referencia fundamental en la curación y eliminación de la lepra en España. Además dispone de un laboratorio especializado donde se realizan proyectos de investigación en colaboración con universidades y entidades nacionales y extranjeras. En la actualidad el Sanatorio sigue funcionando, atendiendo las necesidades de unos 50 residentes y más de 150 enfermos en tratamiento ambulatorio. Aún existe gran parte del muro que sube y baja por los montes circundantes y describe una larguísima línea caliza entre el verdor de los montes.

Es en la actualidad uno de los centros más prestigiosos del mundo en el estudio de la lepra. Acuden allí médicos y técnicos sanitarios de todas partes para realizar sus investigaciones. En su espléndido laboratorio se conserva disecado un armadillo, animal exótico pero que es el único ser vivo en el que se puede reproducir el microbio de la lepra humana. Fontilles también es una institución dedicada a la enseñanza de la lucha antileprosa para los religiosos y médicos seglares que marchan a países en los que la enfermedad sigue haciendo estragos, como en algunos países de Sudamérica y del extremo Oriente.

A los todavía numerosos enfermos de lepra que hay en el mundo -y en España hay controlados varios miles- les perjudica sobremanera para su integración en la sociedad el nombre de su enfermedad. Ante la mención de la palabra lepra serán pocas las personas que no sientan algo parecido a un escalofrío recorriéndole la espalda. Por eso hoy se prefiere denominarla enfermedad de Hansen. Al enfermo incurable de cáncer se le mira con conmiseración, al de enfermedades venéreas con un asomo de picardía, al de lepra con prevención y desde lejos.

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Tratamiento de la lepra

Hasta el desarrollo de los modernos medicamentos, el único remedio era el aceite de chaulmoogra extraído de las semillas de un árbol (Taraktogenos kurzü), que crece de modo espontáneo en el sudeste de Asia. Un médico bengalí lo introdujo en Europa en el año 1854, utilizándose desde entonces en las colonias europeas de Asia, África y Sudamérica.

Las referencias al aceite de chaulmoogra se encuentran en numerosas referencias de medicina oriental. Las semillas se llevaron a Hawái alrededor del 1800, donde los árboles se aclimataron muy bien. La enfermedad seguía considerándose altamente contagios, y a pesar de haber desaparecido la idea del castigo divino o de la maldición, la sociedad seguía marginándolos y sólo llegaban a la opinión pública algunas noticias, como la existencia en Hawái de una isla llamada Molokai en la que estaban recluidos miles de leprosos; fue la labor ingente y esforzada de algunos sacerdotes, como el célebre belga Padre Damián. Para los católicos, el Padre Damián es el patrón espiritual de los leprosos. El uso de los preparados de chaulmoogra persistió durante la primera mitad del siglo XX hasta la instauración de los más modernos, eficaces y consistentes tratamientos farmacológicos.

El medicamento clásico en el tratamiento de la enfermedad de Hansen es la dapsona. Se sintetizó inicialmente en la Universidad de Friburgo en el año 1908 pero quedó relegada como un hallazgo de laboratorio sin utilidad alguna durante las siguientes dos décadas hasta que en 1937-1938 empezó a emplearse de nuevo.

Actualmente existen diversos medicamentos usados para el tratamiento de la lepra, de demostrada eficacia. El tratamiento debe asociar varios de estos fármacos para evitar o disminuir el surgimiento de resistencias al germen causal. Se trata de una enfermedad infecciosa que requiere administrar tratamientos continuados durante dos o tres años.

La lepra se propaga a través de las secreciones respiratorias de los enfermos. Desde el contagio hasta la aparición de los síntomas pueden transcurrir desde unos pocos años a más de tres décadas. Las infecciones son más probables en aquellos lugares donde la lepra continúa siendo endémica.

La enfermedad de Hansen ha dejado de ser un problema médico y sanitario de primer orden, al menos los países desarrollados. Ha perdido su aura de enfermedad maldita por siglos de ostracismo, incomprensión, ignorancia y rechazo. Continúa siendo un problema de salud en muchos países pobres, donde muchos pacientes ni siquiera tienen acceso a la medicación. El número de portadores asintomáticos (personas infectadas que no desarrollan la enfermedad) es muy elevado, manteniendo el nicho biológico de la micobacteria.

En España, en 2019, se notificaron al Registro Estatal de Lepra del Instituto de Salud Carlos III – Centro Nacional de Epidemiología, 7 nuevos casos: dos en la Comunidad Valenciana y uno en Aragón, Asturias, Galicia, Madrid y el País Vasco. Al finalizar el año, 20 personas se encontraban en tratamiento: cinco en Madrid, cuatro en Cataluña, dos en la Comunidad Valenciana y en Castilla-La Mancha, y uno en Andalucía, Asturias, Cantabria, Castilla y León, Galicia, Navarra y País Vasco.

Fuentes: Interactivo // La Brújula Verde // La Vanguardia // ABC


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