Esta mini serie de Netflix basada en la novela de Margaret Atwood vuelve a dejarla a una temblorosa. Inspirada en el caso de real de Grace Marks, acusada de matar a sus amos junto a otro criado con tan solo 16 años. La serie ahonda en la posibilidad de la fuerza de la mente humana. Cómo somos capaces de mentir mirando a los ojos, cómo podemos pensar una cosa y en el mismo instante decir otra, cómo mantenemos la sangre fría y apretamos los dientes. Cuando una se pregunta si es capaz o no de mentir, la ve a ella, impasible, y se la cree. Todo lo que ella diga será asentido a ciegas por el espectador, todo.
Explica su historia mientras cose pieza a pieza el patchwork de cada colcha. Mientras dobla las ropas, enhebra la aguja, da las puntadas, tiende el resultado o lo extiende sobre la cama destinataria. Geometría pura, como su mente, organizada y sin nada al azar. Cada pasada de ese hilo está estudiada como sus pensamientos, como estructura los recuerdos a su manera. Como se queda con las prendas de sus mujeres y crea puntada a puntada esos ajuares. Así evoluciona la serie, de quilt a quilt, hasta terminar el suyo propio, con su historia y con sus piezas. Como si cada una de nosotras decidiera la pieza que no debe faltar en la suya. Como si la asesina, o la víctima, decidiera la parte del puzle que falta para terminar de coser la definitiva. Como si la mano acusada, la encerrada, la culpable, la de la absoluta locura, debiera poner el dedal y el hilo para terminar también nuestras historias.
