Revista Opinión

la MODA de la DEJADEZ y el abandono de nuestra DIGNIDAD

Publicado el 10 noviembre 2015 por Pilar Baselga

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EStrellas que nos guían hacia la pérdida de nuestra dignidad


¿Qué está pasando con la tradicional elegancia del pueblo español?
¿Por qué tanto abandono en nuestro aspecto? ¿Por qué cada día nos vestimos peor, cada día vamos más desarrapados por las calles? ¿qué hay detrás de esta moda?
El traje, y su historia, es una hecho social de gran interés y de gran calado, por tener varios niveles de lectura: la antropológica a nivel de civilización, la sociológica a nivel de las sociedades, y la psicológica a nivel individual, mientras que la moda es, más bien, un aspecto, digamos, comercial y coyuntural, que sólo alcanza cierta relevancia cuando se estudia en el marco de un momento histórico

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José de Arimatea lleva un tabardo de brocado de oro, forrado de piel de visón y con largas mangas, Van der Weyden, Descendidmiento.Museo del Prado.

¿Qué interés puede tener hablar del traje del pueblo español en el momento actual?  
En mi opinión de experta en el tema, esta cuestión permite desvelar el tremendo abandono de su propia dignidad que está demostrando el pueblo español.
Lo que planteo y argumento a continuación todavía no ha sido descrito por nadie por una razón muy sencilla: la historia del traje es una especialidad muy reciente, luego muy poca gente conoce y maneja estos datos.
Cuando uno estudia la historia del traje en Europa, España tiene un papel de liderazgo  por haber creado, no sólo unos tejidos magníficos, insuperables, debido a la presencia en España de la sabiduría persa traída a través del Islam español, sino que ha sido nuestro pueblo, desde la Dama de Elche -cuya indumentaria en nada copia a otras del Mediterráneo-, creador de formas, estilos, calzados, tocados, guantes de olor y todo tipo de prendas que se exportaban a muchos lugares de Europa a lo largo de siglos. 
 
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(1540). MUJERES ESPAÑOLAS. que calzan chapines descritas por JAN CORNELISZ VERMEYEN, MUSEO STIBBERT, FLORENCIA. En españa, Las mujeres llevaban faldas con verdugados (estrucutura de aros de  mimbres que daban rigidez a las faldas)
Se han encontrado tumbas egipcias del siglo XII en las que las princesas yacían envueltas en finas alfombras españolas; en los cuadros de Robert Campin o Van der Weyden los personajes lucen prendas españolas como los tabardos de largas mangas y las damas flamencas se cubren con tocados españoles como los tranzados o los aljemes. Las venecianas calzaron los chapines españoles durante más de dos siglos… 

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Retrato de holandeses,  regentes del hospital de Santa Isabel por Frans Hals. 1641.

Las prendas de color negro se pusieron de moda en toda Europa porque el tinte del Palo de Campeche fue traído desde México a la corte de Carlos V por Hernán Cortés. Si los holandeses retratados por Frans Hals visten de negro es porque adoptaron la moda española del siglo XVI, por parecerles la más exclusiva, digna, sobria y elegante; probablemente ignoraban que vestían la moda del imperio al que combatían. Y si hoy el esmoquin es negro, es por Hernán Cortés y la moda negra española.

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Goya, Cartón de tapiz que muestra la gente del pueblo elegantemente vestida, 1786, Museo del Prado.

 En el siglo XVIII, con la llegada del primer Felón, perdón, Borbón, la corte española se pone a la hora de Versalles, con sus lazos, pelucas y encajes recargados. Pero el pueblo de Madrid, con su afamada chulería, supo decirle con salero a los afrancesados que ellos no iban a recibir lecciones de elegancia de nadie, y desarrollaron una moda colorista, vistosa, original, que se denomina, entre los especialistas, como “majismo”, y que la gente de a pie conoce como la moda “goyesca”, no porque Goya la creara, sino porque, siendo él también partícipe de esta reivindicación, la describió en sus cartones de tapices, serie que podemos considerar un homenaje a la elegancia del pueblo madrileño. A pesar de vivir en la corte, jamás se puso Goya una peluca a la francesa, el pintor aragonés siempre vistió como un majo, es decir, con la elegancia del pueblo.

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Joaquín Sorolla en su viaje por España. 


Cuando, en 1911,  Huntington decide encargar a Joaquín Sorolla la decoración de la biblioteca de su fundación de Nueva York, la Hispanic Society, optaron finalmente por representar al pueblo español, en la línea orteguiana de que lo importante es  la “intrahistoria de España y su pueblo”. Lo que no se podía imaginar el pintor valenciano era la elegancia que tenían las gentes del campo, la belleza, calidad y variedad de los trajes, tocados y joyas de cada región, y se esmeró en retratar  el garbo con el que llevaban prendas tan sencillas como una capa desgastada  o una manta echada al hombro.  Los franceses y los italianos, que tan bien saben venderse, se han atribuido la exclusividad de la elegancia, pero ahí están los datos objetivos de la historia del traje en Europa que contradice esta afirmación.

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Joaquín Sorolla, Valle del Roncal

A lo largo de siglos, numerosos viajeros extranjeros han ensalzado, en sus anotaciones, la gracia  con la que las españolas llevaban las mantillas, o la feminidad y seducción del movimiento de sus abanicos. Pero llegó el capitalismo y su inseparable novia, la industrialización, que han logrado destruir la dignidad del pueblo convirtiendo a los rectos y elegantes trabajadores de la tierra en obreros sucios, abandonados y vencidos.
Debido al franquismo, la moda hippy llegó más tarde a España que a otros lugares de Europa. Cuando yo era niña,  las muchachas que trabajaban en las casas se pomponeaban para salir. Tal vez no tenían mucha ropa de calle, pero la poca que tenían era de buena calidad, y cuidaban su aspecto hasta el mínimo detalle: nadie podía adivinar que venían de familias muy humildes. 
El otro día, en el funeral de un embajador, había personas en la iglesia vestidas con vaqueros y camisetas, siendo el vaquero una vulgar sarga, una loneta recia y resistente para los monos de trabajo, y las camisetas, simples prendas de ropa interior. El vaquero es a la moda lo que la hamburguesa es a la gastronomía, es decir, una victoria más del imperio americano.
Hoy en día está perfectamente integrado y normalizado que las personas “de izquierdas” vayan desaliñadas, con ropa que se compra ya rota y ajada. Para ser creíble, el antisistema irá zaparrastroso, mientras una persona vestida con elegancia y telas buenas será inmediatamente etiquetada como “de derechas”, cuando históricamente el pueblo español siempre vistió con elegancia y paños de calidad.  Todos los políticos siguen la norma actual, especialmente en periodo de campaña electoral, llegando a disfrazarse con prendas que jamás visten, con tal de complacer al votante. 
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Ir con barba de tres días está de moda y hacer un comentario al respecto será entendido como una actitud retrógrada o “facha”. Las mujeres van por la calle, unas embutidas en prendas que dejan ver los más indiscretos detalles de su anatomía, en un tipo de moda boa constrictor, y otras lucen unas minifaldas tan diminutas “que se les ve el supositorio”, como decía mi abuela cubana. Todas ellas han adoptado la idea de que es correcto ir por la calle como promesa de cama, reivindicando que mostrarse como estando en el mercado es la máxima expresión de la libertad. ¿Pero de qué libertad estamos hablando si estas personas viven pendientes de gustar y excitar a cualquiera que pasa por la calle?
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Si yo hiciera estos comentarios en la radio sin desarrollar lo anterior a modo de preámbulo, estoy segura de que muchos oyentes pensarían que soy una pija facha de bofetada.
Esto que entiendo yo como la pérdida más absoluta de la dignidad se origina, según mis investigaciones, en los años 60 con el movimiento hippy, movimiento de “liberación” que estableció que el libertario es un descamisado, un desarrapado -cuando Robespierre era un dandy que iba siempre impecable-. 
El movimiento hippy defendió una idea nueva, según él, “revolucionaria”: la libertad se encontraba en el rechazo a los valores tradicionales como la familia, la fidelidad en la pareja, el respeto a los mayores, y entre los cuales estaba también el rechazo a ir limpio y planchado. La juventud abrazó la cultura de droga, sexo y rock’n roll, blandiendo la bandera del amor libre, el consumo de drogas naturales o sintéticas, y marcó el inicio de la moda de la dejadez, del vaquero raído y de las melenas sin peinar.
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Típica imagen de Festival de Rock 


Se puso de moda la suciedad, pero también la pérdida de los valores morales, y todo ello no fue sino una enorme confusión que dura hasta hoy y que enmaraña el concepto de libertad con el relativismo moral, el solipsismo, el hedonismo, inmerso todo en un mar de desgana, pereza y desidia. En cierto modo, podemos pensar que el movimiento hippy preparó el terreno para la socialdemocracia.
Está ya estudiado y demostrado por numerosos analistas y sociólogos que el movimiento hippy no nació por generación espontánea, sino que fue un producto de ingeniería social, un movimiento de disidencia controlada fabricado por los think tanks del Instituto Tavistock, acompañado por el de la Nueva Era, y que estaba enmarcado en uno mayor conocido como “la guerra fría cultural”. El propósito fue dirigir a la juventud americana con ansias de cambio y sensibilidad de izquierda hacia un lugar en el que no se cuestionara el sistema económico de  la pax economica americana, para ello se creó el callejón sin salida de la música de la disonancia, la psicodelia y las terribles drogas sintéticas. Woodsotck no fue un simple festival, sino una operación MK Ultra, dirigida desde la CIA, agencia que proveyó al festival con cantidades ingentes de LSD y marihuana. Hasta los bebés fueron drogados.
La mayoría de las “estrellas” del rock, que guiaban a la manada de jóvenes desubicados y descentrados,  murieron por causa del alcohol y las drogas, y miles de jóvenes siguieron el camino de sus maestros. Y el amor libre y las adicciones degeneraron en parejas rotas y familias desestructuradas.
Las oligarquías siempre han despreciado al pueblo, y lo han descrito como desaliñado, sin gusto, sucio y sin clase. Ahora el pueblo, sin que nadie le obligue a ello, ha comprado esta idea, ha hecho suya esta autoimagen denigrante y les está dando la razón. Llegando al extremo, según me cuenta un amigo concejal de un partido verde, que, en los partidos políticos de izquierdas, se critica a las personas que visten de forma cuidada porque no dan la “imagen correcta del partido”….
Una cosa es que el maltratador te desprecie, otra muy diferente es que tú te desprecies a ti mismo. Y aún iré más lejos: es porque el pueblo español no se respeta que está siendo basureado por sus gobernantes, cumpliéndose así la ley psicológica del maltrato: cuanto más te dejas maltratar, mayor es el desprecio del maltratador, desprecio que acaba transformándose en asco hacia su víctima.
El traje, que no la moda,  no es una frivolidad intrascendente, es la expresión de la idea que uno tiene de sí mismo. El garbo, el salero son palabras españolas que se traducen con dificultad a otros idiomas porque la elegancia, el estilo, el porte, el garbo, el salero han sido la seña de identidad del pueblo español desde siglos, y ahí sigue vivo en el baile flamenco, por ejemplo. Y esto no tiene que ver con la riqueza material ni los colegios caros, sino con la dignidad, la creencia en uno mismo, en nuestros valores morales, en la seguridad de que sabemos discernir entre lo que está bien y lo que no lo está.
¿Cuál es mi propósito entonces? Informar  de que la elegancia no tiene color político ni estatus social, está en la sangre y en el corazón. Que lo que está pasando en  la sociedad española es porque los españoles se han perdido el respeto a sí mismos, y este abandono se refleja no sólo en la vida política, sino también en nuestra manera de vestir, abandono que no es exclusivo de los españoles, por cierto,  está globalizado y es el rasgo que caracteriza  el modo de vestir de la socialdemocracia, imperante en los países desarrollados.

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