De esto ya he escrito en otras ocasiones. El postureo moral de estar a favor de todo lo bueno y en contra de todo lo malo así, sin más, te concede el brillo de la nueva "santidad laica". Pero este artículo de Juan M. Blanco en VozPopuli, lo trae a colación y lo utiliza como explicación de ciertas actitudes de vinculación incondicional a opciones políticas hagan lo que hagan siempre que pregonen estar en el "lado correcto de la historia", es decir, siempre que presuman de buenas intenciones.
"La auto valoración moral recayó tradicionalmente sobre las acciones y el carácter del individuo: la virtud solo podía demostrarse asumiendo deberes y responsabilidades, haciendo algo útil para los demás. Una buena persona era la que se esforzaba en su trabajo, cumplía sus obligaciones, mantenía su palabra, cuidaba de su familia, participaba en obras de caridad o ejercía el autocontrol. En esta cultura de la responsabilidad, señalizar la virtud moral, especialmente ante uno mismo, requería emprender un camino largo y costoso, repleto de esfuerzo y constancia. Sin embargo, en el último tercio del siglo XX se expandió un enfoque alternativo. La valoración moral fue trasladándose desde los actos hacia las intenciones, desde el carácter personal hacia los sentimientos internos, desde la conducta hacia la “autenticidad del yo”. Ya no hacía falta una vida disciplinada y sacrificada; bastaba con adherirse a determinadas causas o sintonizar con ciertas identidades. El sujeto puede ser vago, desleal, embustero, despreocupado de los suyos o parásito social, pero, si muestra adhesión al grupo correcto podrá sentirse “buena persona”.
Esta nueva cultura de la identidad resulta muy tentadora pues promete virtud casi gratis y al instante, a menudo a cambio de un mero postureo: compartir un mensaje, asistir a una manifestación, utilizar determinado lenguaje, colgarse ciertas etiquetas que comienzan con el prefijo “anti” y, sobre todo, votar a un determinado partido. Para alcanzar la santidad basta colocarse simbólicamente en el bando de “los buenos”.
Pero ambas culturas, que hoy coexisten, no se diferencian solo en el muy distinto coste que imponen al individuo para lograr una buena imagen moral. Se diferencian, sobre todo, en sus repercusiones finales sobre la sociedad. La cultura de la responsabilidad fomenta la cooperación entre las personas, generando muchos beneficios sociales. Ser honrado, cumplir los contratos, trabajar con profesionalidad, cuidar de la familia o comportarse como buen vecino son conductas con claros beneficios para terceros. La cultura de la identidad, por el contrario, puede proporcionar la misma autoestima moral, pero contribuye poco al bienestar social. Provoca, incluso, intenso malestar, al fomentar la persecución, censura y discriminación hacia quienes no se identifican con el grupo “correcto”."
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