Javier Segura es uno de los difuntos más queridos de Alejandra, uno de los que con más insistencia pugnan por hacerse presente en su pensamiento, aunque no hubiese tenido con él, en vida, más que un contacto ocasional. Pero la atormenta la intervención que tuvo en su muerte; indirecta y fortuita, ciertamente, pero lo que hizo y dijo aquel fatídico día fue, sin duda, un hilo más en la telaraña con que lo atrapó la fatalidad.
El episodio tuvo lugar durante el tiempo que pasó en el extranjero. Después de la pérdida de su padre y sin tener más motivo que la inexplicable necesidad y el apremiante deseo de perderse de todo y de todos, Alejandra había pedido una excedencia en el trabajo y conseguido un puesto de voluntaria en una oenegé. Con un par de breves charlas por toda preparación, la enviaron a colaborar en un proyecto de educación rural que incluía, entre otras actividades, la construcción de varias bibliotecas. Javier Segura era el arquitecto encargado de la dirección de las obras y había una de ellas, la del caserío de Carrasquín, que le estaba dando más problemas de la cuenta, de forma que no había semana que no se diera una vuelta por el lugar para ver a pie de obra el avance del trabajo.
Una tarde, al regresar de una de sus visitas, hizo alto en la oficina que tenía la oenegé en Santa Bárbara, un poblachón provinciano y fronterizo, la última avanzadilla administrativa en aquella región. Segura conducía un pequeño camión en el que había transportado algunos materiales para la biblioteca y, cuando llegó a la oficina, no quedaba en el local nadie más que Alejandra. La saludó con su gentileza habitual y le dijo que estaba cansado y se le hacía tarde, que se había detenido nada más que para estirar las piernas y hacer una llamada telefónica. Sin embargo, mientras llamaba, puso un poco más de agua en la cafetera con la idea de ofrecerle una taza.
Muchas veces ha reflexionado sobre los motivos de aquella acción que, a la postre, desencadenó una serie de acontecimientos que condujeron a la muerte de Segura. ¿Se debió a un acto reflejo que respondía a la más elemental educación? ¿Fue porque estaba sola y, también ella, cansada, y le apetecía un rato de charla y compañía? ¿Acaso influyó en su proceder el indudable atractivo de aquel hombre alto y bien plantado? El análisis de lo fortuito y lo volitivo, la estimación entre lo consciente y lo inconsciente, ha ocupado largos ratos y reflexiones en la cabeza de Alejandra y aún no ha llegado a una conclusión definitiva. El caso es que Segura aceptó el café y, a su arrimo, pasaron más de una hora de agradable charla en la salita de la oficina, mientras las luces de las farolas terminaban de rematar a la tarde huidiza. Cuando el arquitecto se marchó, Alejandra no quiso seguir trabajando en la ingrata faena de ordenar facturas y pagarés, así que echó llave y también ella se marchó.
A unos cinco kilómetros de Santa Bárbara, en las curvas del cerro Pintado, el camioncito de Segura chocó con el pickup de un ganadero de San Judas que conducía ebrio. Alejandra no lo supo hasta la mañana siguiente: según le contaron, el arquitecto había salido de la aplastada cabina andando por su propio pie, doliéndose de una opresión en el pecho y escupiendo sangre, pero al momento cayó sobre el pavimento y ya no se levantó. Meses después, cuando la biblioteca estuvo terminada, le pusieron, a instancias de Alejandra, su nombre; lo cual, bien mirado, no era sino una muestra de sus remordimientos.
