Revista Cultura y Ocio

La partida

Publicado el 16 noviembre 2022 por Alfredojramos

LA PARTIDA

Balthus: La partida de naipes»,1948-1950. Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, Madrid.


La experiencia venía a ser cada vez más como una de aquellas interminables partidas de cartas de colegio mayor o de verano en la aldea o de tarde sesteante en la furrielería de la Escuadrilla de Instrucción. Un rito social de cercanía y buenas palabras, muchos gestos cómplices, algún atisbo de enfado…, a veces —aunque cómo saberlo— también descuido o distracción; quizás algún disimulo, pero nunca indiferencia. La cita era diaria y el esfuerzo sostenido.

Como la timba se organiza con retornos recurrentes y pertinaces —se diría el eco de un eco sin cesar reflejándose a sí mismo—, la experiencia lúdica llega a adquirir un grosor temporal de varias capas e incluso una densidad de efecto túnel que, muy a menudo —y ahí hay un fenómeno de verdad inquietante—, hace coincidir las mismas posturas y parecidas apuestas en días iguales y hasta en horas acotadas del transcurso cíclico del tiempo y la costumbre, de modo que el síndrome del espejo con que al parecer se ven obligados a lidiar los ludópatas de cualquier variedad emocional ritualizada está bien presente aquí, e incluso se diría que es el que determina, en no pocos casos y en frases que parecen brotar de sí mismas, el reparto de cartas, la elección de sujetos u oquedades —suele girar el mundo en forma de desdentada ruleta— y sobre todo las fantasmagorías expresivas, tan radicalmente libres que no parece formar parte de su naturaleza el hecho de someterse a la condena de la fácil comprensión, «aunque alma, lo que se dice alma», sostienen ellas o sus voces, «sí tenemos». Y así, sobre poco más o menos, iba todo. Y va. Como lo cuenta. Aunque no negará que un día sí y otro depende, lo que de verdad le pide el cuerpo al pastor de este rebaño de fantasmas dóciles es emprender de una buena vez la partida. En su más inmediato y drástico sentido. Pero o sin embargo… «Hagan juego, señoras, señores. Qué placer saberlos —y sentirlos— sentados a la mesa. O, mucho mejor: en el corro alrededor del fuego», dice.(LUN, 574 ~ «De la vida misma»)

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