La vigencia del mito
En la raíz de todo cuanto merece la pena hay siempre un mito. La fundación de una ciudad, la creación del primer hombre o el nacimiento del universo exigen una respuesta.
DIEGO S. GARROCHO para Ethic, octubre de 2026

Mito es el nombre que los griegos dieron a las mentiras que la verdad necesita para sobrevivir o, al menos, para ser comprendida. Porque la realidad nunca se basta a sí misma y, en ocasiones, lo visible requiere ser explicado por cosas invisibles. Por cosas que, bien mirado, puede que ni siquiera existan.
Los viejos manuales de instituto describían el nacimiento de la filosofía como el tránsito del mito al lógos. El mundo arcaico se habría conformado con las fábulas, pero el verdadero clasicismo y el pensamiento filosófico surgirían de un uso estricto y ponderado de la razón. Esta interpretación, si no es falsa, es desde luego incompleta: cualquiera que lea a Platón en griego descubrirá que lo que llamamos mito se nombra también con la palabra lógos. Hay razón en los cuentos y narración en las razones, porque el sentido oculto de lo que intentamos aclarar solo puede señalarse, construirse o inventarse como un artefacto afectivo.
El Dios del Génesis hizo el mundo con la boca. Exigió que la luz existiera con la sola fuerza de la voz, y la luz obedeció antes de que hubiera nadie para atestiguarlo. Nunca es fácil decidir qué fue antes, si la palabra o la cosa; la tradición judía, de hecho, se resiste a empezar por la primera letra de su alfabeto. La Torá no abre con álef, sino con bet, la segunda: una letra cerrada por tres de sus cuatro lados, que solo se abre hacia delante, hacia lo que está por decir. Los comentaristas llevan siglos preguntándose por qué el mundo no empieza por el principio. Tal vez porque ningún origen soporta ser mirado de frente: solo puede empezar a contarse dirigiendo la vista hacia donde el relato aún no ha llegado.
