Revista Creaciones

La piel convertida en corteza

Por Ripu77
"Quien no establece un contacto y un diálogo con el pasado y sus orígenes es incapaz de aferrarse a una conexión con la tierra, el viento y el cielo. Quien no está en paz con los antepasados no podrá ondear con claridad y libertad sus brazos. Quien no haya calmado las convulsiones de los pálpitos acompasados por todo aquello que establece el exterior no sabrá del sonido de la respiración calmada e interna ni podrá acariciar la rugosidad de la piel convertida en corteza, el abrigo que cubre y protege las venas convertidas en raíces.”Hasier Larretxea, El lenguaje de los bosques. Mi tío hacía la mochila y se iba al monte. Cuando se agobiaba del llano, cuando faltaba el aire, cuando sentía que nada de lo que aquí había le daba calor; llenaba una bolsa bien pequeña y avisaba que subía. Pasaba unos días perdido, solo, ausente del paso del tiempo. Buscaba una antigua cabaña de pastor o simplemente una cueva natural y allí establecía su hogar. Invierno o verano, no importaba. Era esencial recuperar la calma, oxigenarse y regresar con la fuerza del bosque. Que el temblor de las hojas fuera acompasándose a su ritmo cardíaco, solamente tras eso podría regresar. Parece curioso, piensa una entonces, cómo fue la misma tierra, la que constantemente le ayudó a sanar su corazón, la que se abriera y se lo llevara para siempre. Mi padre, a día de hoy, hace lo mismo. Pasar largas temporadas perdido en el monte. Él lo llama: “irse al pueblo”. Cuando no hay pueblo, ni luz, ni nada que se le asemeje. Se instala en un refugio que construyó con sus hermanos y vive el silencio. Se hace dueño y amigo de la soledad y duerme junto al murmullo de los animales. Él no avisa que sube, pero sabemos que allí está. Al amparo del viento que escucha tras esas paredes débiles que a él le dan el coraje suficiente para volver a la ciudad.

La piel convertida en corteza

Takeshi Shikama. Ukishima, 2011.

Leyendo a Hasier Larretxea en El lenguaje de los bosques descubro a Takeshi Shikama. Este japonés dejó Tokio hace más de 25 años y se instaló a más de 100km, en la Prefectura de Yamanashi. Tardó una década en construir su cabaña. Mientras, durmió junto a su mujer en una tienda de campaña. Dejó la ciudad, el bullicio, el negocio, las prisas. Lo cambió todo por el latido del bosque. Se fusionó con cada corteza, con cada crujido, con cada gota de lluvia caída de las ramas. Renació sorprendido por la conexión con el monte, sobresaltado por la llamada que recibía de cada árbol. Como si estuvieran esperándole. Sintió la necesidad de retratar esos hilos, esas uniones, y sacó la cámara para inmortalizarlos. Recogió la energía del bosque en cada fotografía. Sentía que cada instantánea los conectaba para siempre, a él y a los árboles. Le fascinaba capturarlos al atardecer, cuando la luz parece ya irse, cuando las sombras juegan a verse y no verse. Revelaba las imágenes sobre un papel tradicional japonés que imprimía él mismo con una emulsión de platino en papel fabricado con la corteza de los árboles. Era ahí donde quedaba impresa la luz, la vida del árbol, la oscuridad que los unía y los preparaba para todo lo que viniera, a ambos. Miro estas fotografías y entiendo a la perfección a Takeshi Shikama. De qué manera se topó con la paz y el sosiego al encuentro con los árboles. Comprendo cómo el verde le dio el cobijo y la luz que le faltaba en el asfalto. Yo también haría la maleta, una bolsa pequeña como mi tío, también me iría sin avisar como mi padre, desearía la conexión como Shikama. Sé que allí, en el bosque, junto a su murmullo, su latido me sería refugio y el silencio me abrazaría con el mayor de los cariños. Porque aunque solo estuviera rodeada de animales, serían menos lobos que los de aquí. Menos lobos que los de aquí.

La piel convertida en corteza

Takeshi Shikama. Mt.Chyokai, 2005.


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