Revista Cultura y Ocio

La pistola de mi padre

Publicado el 24 enero 2026 por Rubencastillo
La pistola de mi padre

Todas las familias (que no os engañen sus sonrisas superficiales) están cuajadas de zonas oscuras, de viejos secretos, de traumas silenciosos o silenciados. Y eso que llamamos armonía no es, quizá, sino el meticuloso esfuerzo que en su seno se realiza para que las fricciones, los rencores, las viejas afrentas, las traiciones o las deudas queden maquillados (incluso sinceramente). A veces, ese dolor no tiene nada que ver con quienes nos rodean en el seno familiar; a veces, sí. Pero en todos los corazones se guarda una sentina cuya puerta, de bisagras chirriantes y con el picaporte oxidado, conviene no abrir.

El escritor valenciano Rafael Soler nos invita a un terrible espectáculo narrativo (de apariencia inofensiva) en su trabajo La pistola de mi padre, que publica el sello Contrabando. En él nos presenta a la familia Cortázar, donde cada miembro (hasta el guadiánico y tangencial Roberto) esconde en los bolsillos sus rarezas, sus odios, sus heridas: el patriarca Aníbal, que trabajó como viajante de comercio hasta que se reconvirtió en dueño de un bar en Madrid; su esposa Rosario, que es consciente de que la trayectoria de su familia no ha sido precisamente amable y que se reconforta con tientos a la botella de anís; Carlos, el hijo, que camufla en las conquistas amorosas con alumnas su fracaso esencial como escritor, pues no ha logrado el éxito que esperaba; Isabel, la hija, aquejada de un trastorno bipolar que tortura su alma y la existencia de quienes la rodean. Cada uno de ellos se enfrenta a los problemas de forma aislada, sin abrirse a los demás: Aníbal, con el rencor hacia su hermano Roberto y con las caricias furtivas al arma que esconde en una caja; Rosario, grabando cintas de audio donde confiesa sus frustraciones, sus torpezas, sus esperanzas inútiles; Carlos, convirtiendo en metáforas parciales su vida fracasada (esposa que le pide el divorcio, alumnas que lo abandonan al poco de iniciar su relación, hijas con las que se comunica mal); Isabel, redactando un diario sincopado y neurótico, que guarda al fondo del armario.

Este gran tratado sobre la incomunicación y sobre los secretos familiares, que alcanza cotas psicológicas y líricas de elevada altura, exige del lector una mirada que acompañe estrechamente a la narradora de la historia, “tan discreta” (como se define a sí misma en la página 129). Se aprende mucho haciéndolo.


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