Al escribir así, algo mío se va. Me pierdo. Hay sensaciones incomprensibles. Hace unos veinte años atrás me preguntaron si podía imaginar la primavera siendo anciana. En ese momento me pareció una pregunta horrible, mi profesora de literatura me hacía pensar. ¿Se imaginan al 21 de septiembre dentro de veinte años? Uf, se me vino una cortina de humo encima. No era cualquier pregunta, sobretodo porque venía de la mano de ella, mi profe, un ser especial. Una mezcla de desparpajo con cientos de libros volando por encima de sus rulos. Yo podía verlos, y la amaba, no sé si a ella o a los libros que se le metían adentro y salían de su boca para entrar en mi corazón. Pensar se me volvió un vicio irresistible tanto o más que la primavera. Verla llegar dolía pero no tanto como verla partir.Y fue trágico el día que me enteré que se la habían llevado, lloré hasta quedarme dormida. Amanecí en un lago. Flotando en mi desconcierto, el que llevé apretado en mí pecho hasta que la volví a ver en un cacerolazo. Me contó que estuvo presa y que pudo zafar de las garras de los aniquiladores del pensamiento. (sonrisas con ojos vidriosos) No podía creer que estuviera ante mí, y en ese instante recordé su pregunta. Ya no me parecía horrible, se me habían metido veinte primaveras en el alma y ella era una de esas flores perdidas…
