Tras Inercia, Antonio Hitos sigue ahondando en Materia (Astiberri) en la construcción de un imaginario generacional a partir de la observación aséptica, deshumanizada en este caso de forma explícita al desposeer a sus personajes de la forma humana para revertirlos en una suerte de evolucionados reptiles que caen sistemáticamente en los mismos errores que los humanos. Y, al igual que en su primera obra, Hitos vuelve a proponer al lector un ejercicio de abstracción e inteligencia que obliga necesariamente a cavar en esa capa de aparente superficialidad con la que construye su relato. Lo hace ya desde un planteamiento capitular que da un paso más allá de los tradicionales enfrentamientos filosóficos entre ética y estética, ciencia y ética o ciencia y estética. Si entre estos conceptos hay una tensión constante que los años no han conseguido resolver, nada mejor que elevar esa relación biunívoca a un triángulo de transitividad completo: ciencia, ética y estética, convirtiendo sus diferencias en un ciclo completo que se necesita entre sí. Cada capítulo de Materia resuelve uno de los conceptos desde la contemplación de la vida diaria de una juventud que ha perdido ya toda esperanza en un futuro que les fue sustraído sin permiso. La Ciencia, el primer capítulo, toma en la ambigua existencia del gato de Schrödinger el mejor símil para la tediosa realidad que vive un joven de la sociedad hipermercantilizada global, existe solo en un juego de espejos, cuando cumple lo establecido por una sociedad que no dudará en invisibilizarlo cuando se aparta del canon. La Ética se representa desde la cultura del éxito como aspiración, contrapuesta con la de las emergentes religiones diseñadas por ordenador, mientras que la Estética se convierte en un refugio natural, contaminado a cada paso por el control de la hipersociedad que castiga la disensión. En el fondo, un escenario de abducciones extraterrestres, un elemento de disrupción que sirve a Hitos para desarrollar con toda la extensión la complejidad de un discurso en el que nada se deja al azar. Los personajes son desarrollados de forma lineal y básica, sin emociones, sin pasiones, como simples piezas en un tablero sobre el que no saben cuál es su función real, reforzado por un trazo esquemático y una paleta de colores fundamentales (aproximaciones al cyan, magenta y amarillo) que distancia al lector lo suficiente para descubrir la interrelación del entorno con los personajes. Al igual que los alienígenas que observan desde su nave, el lector puede observar Materia con un continuo donde seres vivos y entorno desarrollan una relación simbiótica: la ciencia, ética y estética se revelan (o quizás, se rebelan) como el esqueleto fundamental de una existencia que está siendo arrebatada.
Materia es una obra densa y compleja escondida tras esos trazos simples y sus diálogos triviales. Porque su propuesta es, precisamente, ir tras las causas que han transformado nuestro hoy en una elegía de la banalidad.
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Dos obras recomendabilísimas