Carlos III se casó solamente una vez. Fue un matrimonio concertado, decidido por sus padres, pero él, un hijo abnegado, aceptó la elección de buen grado. El que entonces era rey de Nápoles se enamoró de la elegida, María Amalia de Sajonia, desde el primer momento en que se vieron. A ella le sucedió lo mismo. El suyo fue un matrimonio prolijo, trece hijos habidos en menos de dos décadas. Pero además de las continuas muertes prematuras, la tardía llegada de un príncipe varón que estuviera capacitado para ejercer sus futuras tareas de gobierno agriaron irremisiblemente el carácter de la otrora alegre María Amalia. Convertida en reina de España en 1759, nunca se adaptó a su nueva patria, en la que, sin embargo, no tuvo tiempo de permanecer. Su muerte, pocos meses después dejaría al monarca sumido en una profunda tristeza.
María Amalia de Sajonia entró en el tablero de juego de la monarquía española en 1738, cuando su futuro esposo tenía 22 años y ostentaba la corona del reino de Nápoles. Sus padres, Felipe V e Isabel de Farnesio consideraron que era el momento de elegir una esposa para su hijo. Felipe V quería para Carlos una princesa austriaca, por lo que decidió solicitar la mano de una de las hijas del emperador Carlos VI, su antiguo rival en la Guerra de Sucesión al trono español. Pero la negativa muy poco diplomática por parte de la corte de Viena obligó a buscar en una rama secundaria de la Casa de Austria. La escogida era sobrina nieta del emperador.
Hija de Federico Augusto II, príncipe-elector de Sajonia y futuro rey de Polonia y de la archiduquesa María Josefa de Austria, hija de José I, anterior emperador del Sacro Imperio, María Amalia de Sajonia era aún una niña de trece años. A pesar de que era una muchacha inteligente y culta, elegante y amable, su físico no era muy agraciado. De hecho, hubo voces que se elevaron afirmando sin ningún tipo de reparo que “esa reina, con su marido, forman la pareja más fea del mundo”.
La tristeza que embargó a María Amalia, quien nunca llegó a hablar bien el español, afectando con ello su vida social, hicieron mella en su maltrecha salud. Además de fumar de manera considerable tabaco cubano que hacía traer a palacio en grandes cantidades, los continuos embarazos y enfermedades, así como un accidente montando a caballo sufrido poco antes de llegar a España, terminaron por minar el cuerpo de María Amalia. Unas violentas fiebres la debilitaron pocos meses después de su llegada a Madrid y falleció a finales de septiembre de 1760. Después de veinte años de matrimonio en los que, a pesar de las vicisitudes, Carlos fue un esposo feliz, quedó totalmente desolado. “Este es el primer disgusto que me ha dado en veintidós años de matrimonio”, exclamó el monarca viudo quien no volvió a casarse y nunca se le conocieron amoríos.
