
En este caso, además, el prodigio era difícilmente atribuible a que alguien hubiera rezado por él lo suficiente como para lograr que Dios se apiadase de su alma y le devolviese al mundo de los vivos.
El día venía cargado de sobresaltos, a cual más inesperado, como el que había padecido unas horas antes, cuando le había arrebatado al niño la tablilla con la que jugaba entre sus manos, y en la que pudo distinguir horrorizada su nombre grabado.
Afortunadamente, había podido aprender a leer, a pesar de sus orígenes humildes. Era hija de unos libertos del coemperador Lucio Vero, pero fue el presbítero cristiano Jacinto quien la crió y educó, al fallecer aquellos.
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De esta manera conoció el complot que urdió Lucila, amante secreta del senador, para asesinar a su hermano, el emperador Cómodo, con el objetivo de convertirse en emperatriz de Roma. Ya había ejercido como tal durante el corto periodo en que estuvo casada con Lucio Vero, coemperador junto a Marco Aurelio, y no soportaba su relegación a la segunda fila del escalafón social.
Todos recordaban con aprecio y respeto a Marco Aurelio, padre de Cómodo y Lucila, un respetable dirigente que vivía sin ostentaciones. Accedió al poder con cierta edad, lo que le proporcionó una preparación notable para el cargo, y destacó por sus medidas a favor de los esclavos, las viudas y los menores de edad.
Justo lo contrario al modo en que Cómodo ejercía su autoridad. Al alzarse con la púrpura, tras morir su padre en una aldea llamada Vindabona, cuando ambos luchaban frente a las tribus bárbaras, Cómodo apenas si era un crío consentido de diecinueve años, que gustaba de abandonarse a los placeres y el ocio.
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Cómodo fue nombrado césar a los cinco años, a los catorce ingresaba en el colegio de pontífices, a los quince obtenía el rango de emperador, y a los dieciséis se convertía en el cónsul más joven de la historia.
La meteórica carrera se debía al hecho de que, por primera vez en muchos decenios, desde el reinado de Tito, el emperador tenía un heredero de su sangre. Los últimos césares, sin descendientes directos, habían adoptado como hijos a los individuos más aptos, en cuanto a méritos y talento, para desempeñar su función.
Dado que Cómodo conducía de forma negligente su imperio, su hermana Lucila se aprestó a tramar un plan para apoderarse del trono y proclamar emperador a su marido. Aunque Marcia, enterada de sus maquinaciones, sabía que su verdadera motivación era la envidia que suscitaba en ella su cuñada, la emperatriz Brutia Crispina.
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Así, Marcia pasó a engrosar las pertenencias de Cómodo, junto con el resto de posesiones y esclavos de Quadrato. Enseguida se advirtió la atracción que provocaba en el emperador, circunstancia que tampoco pasó desapercibida a la emperatriz, por lo que resolvió andarse con cautela, pues ya conocía las reacciones virulentas de la familia imperial.
Y eso era lo que ahora temía. Cómodo todavía no era consciente de lo que le sucedía, pero más pronto que tarde llegaría a averiguarlo, y sería imposible escapar de su cólera.
Recordaba a Cleandro, el liberto frigio que Cómodo nombró cubiculario, y que adquirió un poder excesivo. Comprometiendo la confianza depositada en él, acumuló una gran fortuna vendiendo al mejor postor diversos cargos públicos: mandos del ejército, gobiernos provinciales, asientos en el Senado y hasta consulados.
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Cleandro, que ostentaba la dirección de la guardia pretoriana, la envió a sofocar la rebelión, pero Pertinax, prefecto de la ciudad, se interpuso con sus vigiles. Cleandro huyó hasta el palacio imperial, suplicando el amparo de Cómodo. Marcia se arrepentía a menudo del consejo que le dio al emperador en aquel momento, de que entregase la cabeza de su asistente al pueblo, para aplacar su ira.
Desde entonces, había intensificado sus oraciones, esperando que Dios, en su magnanimidad, le perdonase sus pecados antes del juicio final. E igualmente rezaba por el césar, al que buena falta le haría, por su cruel costumbre de exterminar a las familias de sus opositores.
Incluso su esposa, Brutia Crispina, sufrió su intemperancia. Crispina y Cómodo habían contraído matrimonio muy jóvenes, previamente a su partida hacia las llanuras del Danubio, acompañando a su padre.

Crispina era bastante agraciada, pero su altivez siempre desagradó a Cómodo, hasta el punto de que un buen día fue declarada culpable de traición y adulterio, y su vida corrió igual suerte que otros muchos, a pesar de que estaba embarazada.
Por tanto, había que obrar con rapidez. Contaba a su lado con su amigo y perseverante enamorado Eclectus. Le acompañaba desde la etapa de Quadratus, y se había ganado la confianza de Cómodo, quien le nombró cubiculario, o jefe de la casa imperial, en sustitución del defenestrado Cleandro, y a pesar de su condición de cristiano.
Durante el reinado de Marco Aurelio, los seguidores de Jesús habían sido perseguidos, especialmente en la Galia, aunque no tanto en Roma. Sus dogmas eran percibidos como una amenaza, por no aceptar la divinidad del emperador, y porque combatían abiertamente al resto de credos.

Los cristianos, gracias a la paz de que gozaban, empezaron a aflorar entre todas las esferas políticas y sociales, y pronto aparecieron nobles, acaudalados, senadores y ecuestres que declararon públicamente su simpatía por el nuevo credo.
A través de Marcia, que actuaba de interlocutora, Cómodo se comunicaba con el obispo Víctor y los demás responsables de la comunidad en Roma para ofrecerles, a cambio de su apoyo, protección y permiso para erigir escuelas y lugares de culto y enterramiento, y para fundar instituciones de caridad y beneficencia.
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Cómodo, devoto del culto oriental a Mitra, era capaz de reconocerle a Marcia en privado las virtudes de su credo. Prescidiendo de los milagros que se les atribuían a Jesús y a sus discípulos, lo que realmente le fascinaba era la respuesta que daba al interrogante de qué ocurría con el espíritu más allá de la muerte, con un destino más seductor para los buenos de corazón y los arrepentidos que el lúgubre inframundo del Hades.
También Galeno, el insigne médico griego que atendía a gladiadores y emperadores, les profesaba admiración. En más de una ocasión, cuando visitaba el palacio, le oyó comentar su ferviente apología de la lógica y la experimentación en el ejercicio de su profesión, y su incomprensión acerca de la fe ciega e irracional de los cristianos, resueltos al sacrificio por una idea indemostrable.
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Los seguidores de Cristo fueron los únicos que no desampararon a sus prójimos, sino que se quedaron cuidando a sus amigos, familiares y hasta desconocidos, manifestando su entereza y altruismo, y despreciando el miedo al contagio. Galeno pudo constatar, a su vuelta, que los índices de supervivencia entre ellos triplicaban a los de los paganos.
Marcia les explicaba que ellos preconizaban los matrimonios voluntarios basados en el amor, que no contemplaban los divorcios, que tampoco practicaban los abortos ni utilizaban medios anticonceptivos, y menos aún se dedicaban a matar o abandonar a las niñas recién nacidas, prácticas todas ellas muy usuales en Roma.
Pensaba que estos debían de ser los motivos, resumidos en el sagrado mandamiento de crecer y multiplicarse, de la imparable expansión demográfica del cristianismo, a pesar de las diferentes persecuciones a las que se habían visto sometidos.
El césar, pese a sus veleidades, distinguía en estos valores el modo de recuperar la solidez de la familia romana, tan denostada y desprotegida, que había generado problemas serios de natalidad, hasta el punto que ya su padre hubo de reclutar a mercenarios bárbaros, germanos y escitas, para completar las legiones con las que defender el imperio.
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Necesitaba que viniese cuanto antes, de forma que envío a su amigo Eclecto a buscarle, puesto que Cómodo pronto recobraría la conciencia y sería tremendamente peligroso.
Al principio de su mandato, el emperador se apoyó en los asesores que heredó de su padre, dictando leyes eficaces y populares. Pero no tardó demasiado en deshacerse de aquellos consejeros, y rodearse de amistades más aficionadas a las juergas, descuidando su control sobre el gobierno, y delegando sus obligaciones en favoritos o validos como Saotero, Cleandro o Eclecto.

Su despotismo fue en aumento con el paso del tiempo, y no vaciló en liquidar a quienes que se revelaban contra su autoridad, acabando con familias enteras, para evitar venganzas posteriores de algún heredero.
Progresivamente su megalomanía se volvió insufrible. Por todas partes se erigían esculturas de Cómodo, representado con los atributos de Hércules, de quien se tenía por una reencarnación. Ordenó decapitar al Coloso de bronce que se levantaba junto al Anfiteatro Flavio, y reemplazó la cabeza por un busto suyo, y también mandó cincelar una gran estatua, en la que, ataviado de arquero, con el arco tenso, apuntaba con una flecha hacia el Senado, como signo de desafío.
No satisfecho con que su imagen presidiera plazas y palacios, se dispuso a renombrar todo cuanto se le pasaba por la imaginación. Tras el devastador incendio del año anterior, y su posterior reconstrucción de la ciudad, decidió rebautizar Roma como ‘La Inmortal y Próspera Colonia Lucia Ania Comodiana” y a sus habitantes les llamó comodianos. El Senado pasó a denominarse ‘El Afortunado Senado Comodiano’. Las legiones pretorianas recibieron el nombre de ‘Comodianas Hercúleas’, e instauró el ‘Día de Cómodo’ como fiesta imperial.
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En su incontrolable paranoia, que Marcia había sido incapaz de contrarrestar, llegó el momento en que se animó a participar de manera activa en los Juegos Plebeyos, y a convertirse en gladiador, trasladando su residencia del palacio al ludus, la escuela de gladiadores, donde sus contrincantes debían dejarse vencer por él.
Marcia tuvo que acostumbrarse a presenciar a aquellos espectáculos, en calidad de principal concubina del emperador, a pesar de que le incomodaban sobremanera, a excepción de las venationes. Cómodo era un experto venator, especialmente con el arco, y con su excelente puntería derribó panteras, elefantes, tigres, camellos, avestruces y otros singulares animales salvajes procedentes de la India o de Etiopía, que ella no sabía identificar.
Lástima que toda la gloria obtenida en las cacerías la dilapidase cuando luchaba en la arena, disfrazado de Hércules, en peleas desiguales contra tullidos o moribundos. El pueblo despreciaba los deshonrosos duelos, indignos de un emperador, que estaban arruinando la economía romana, sabiamente gestionada por sus predecesores, que habían arriesgado su vida combatiendo frente a los enemigos del Imperio y no contra sus súbditos, en algunos casos incluso drogados previamente.
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Cuando le ofreció la copa de vino aromático después de uno de sus reconfortantes baños, ella pensó que acabaría definitivamente con él. La dosis suministrada debía ser letal, pero tras dormir un buen rato, resucitó de su letargo, y comenzó a vomitar la ponzoña. Entonces comprendió que había subestimado al emperador.
Esta mañana, Cómodo le había manifestado su voluntad de trasladarse al ludus al anochecer. Al día siguiente, saldría en procesión desde allí, arropado con una piel de león como Hércules, y acompañado de los gladiadores, en dirección al Senado, para celebrar el inicio del nuevo año y la renovación de su consulado ante los magistrados epónimos, que le recibirían con la reglamentaria y solemne toga púrpura, que él desestimaba portar.
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La confianza en que ellos le convencerían duró poco tiempo, pues ambos se marcharon visiblemente contrariados. Mientras el césar descansaba, un pequeño paje de los que pululaban por palacio para diversión de los cortesanos, sin otra vestimenta que unos pequeños adornos de oro y piedras preciosas, se acercó jugando con una tablilla, de láminas delgadas de madera de tilo, que Marcia le arrancó de las manos.
Era la sentencia de muerte, que habría de ejecutarse aquella noche de fin de año, para ella, Leto, Eclecto, el prefecto Publio Helvio Pertinax y algunos viejos líderes del Senado que todavía sobrevivían de la época de Marco Aurelio. A Marcia, la traición le dolió menos de lo que pensaba. Hacía tiempo que ya no albergaba ningún sentimiento por el emperador, y comenzaba a considerar la idea de casarse con Eclecto.
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Acordaron que Marcia se encargaría de administrarle el veneno. Tenía por costumbre tomar una crátera de vino después del baño, así que estimaron que le sería sencillo asesinarle, sin imaginar que el intento sería fallido.
Vio a Cómodo entrar a su aposento, tambaleándose, probablemente para coger su daga. Quería echar a correr, pero sus piernas estaban paralizadas. Además, de nada serviría tratar de escapar. Los soldados la apresarían inmediatamente, y no se libraría de su destino.
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No obstante, y a diferencia de los espectáculos del Coliseo, esta vez el desenlace sería distinto. Eclecto y el liberto Narciso llegaron a tiempo para que este irrumpiese en la habitación donde se hallaba el emperador, mermado por los efectos del veneno en su organismo. A Marcia no le cabía duda de que Dios sabría perdonar a sus tres fieles.
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