El universo de las series en este siglo XXI es tan amplio que no es raro que joyas como esta pasen desapercibidas a cualquier aficionado a las narraciones históricas realizadas con rigor. La sangre helada cuenta la historia de Patrick Sumner, un médico que a mediados del siglo XIX se embarca en un ballenero para olvidar su traumática experiencia como cirujano del ejército en la India colonial británica, del que fue despedido con deshonor después de un oscuro episodio durante una acción bélica. El viaje se va a convertir en un auténtico calvario cuando se ejecute el plan del propietario del buque: hundir el barco para cobrar el seguro, puesto que la tripulación va a quedar varada en el Ártico y debe sobrevivir a un terrible invierno. La sangre helada no es una serie que describa a héroes, sino a personas normales de una época mucho más dura que ésta, que ejecutan un oficio muy complicado y peligroso. Como contraste al doctor Sumner tenemos a Henry Drax, el arponero de la tripulación, magistralmente interpretado por Colin Farrell. Drax es un hombre sin moral, que no tiene problemas en convertirse en un asesino cuando esta acción favorece a sus intereses, representando a una especie de fuerza de la naturaleza despiadada y capaz de sobrevivir a cualquier situación. Lo mejor de la serie de Haigh, aparte de este contraste entre civilización y barbarie, es su perfecta ambientación, capaz de transportar al espectador a las entrañas del siglo XIX, reflejando tanto la opresiva vida en unas ciudades muy poco higiénicas como los primeros estragos que el hombre realiza en la naturaleza con la caza masiva de cetáceos. El Ártico está filmado de manera magistral, como un lugar tan hermoso como hostil en el que solo pueden sobrevivir los que se han adaptado al entorno, como esos esquimales que son retratados desde un punto de vista antropológico. La sangre helada sabe moverse entre Melville y London para realizar un retrato magistral de la naturaleza humana.P: 9
