Aquella noche de verano Sevilla ardía a fuego lento sobre las brasas candentes de las sombras. Las paredes de las casas, encendidas en su interior por la flama, expulsaban a la calle a los individuos, que se marchaban sin preocuparse de cerrar tras de sí las puertas de las casas abandonadas.
Aquiles atravesó entre sofocos el zaguán de entrada al bloque y desembarcó en la calle ensopado en una sobaquina líquida que le otorgaba un brillo irreal, como el de un espectro. Caminó sin rumbo el barrio, escuchando los lamentos que se escapaban por las ventanas abiertas y persiguiendo las pisadas de otros, que titilaban bajo sus pies con el ardor de la calina.
Cuando alcanzó la gran avenida, una ráfaga de brisa fresca procedente del río le golpeó el rostro y alivió su letargo. Al fondo, la ciudad bostezaba en el ópalo de la luz mortecina de las farolas en su apogeo, mientras un murmullo sordo, casi cacofónico, se propagaba sin estruendo a través de los hilos insondables de las penumbras.
Era ya entrada la madrugada y no se le ocurría ningún sitio donde ir a combatir los estertores del calor húmedo instalado en el interior de su cuerpo. Dobló la esquina con determinación, sumido en el pensamiento de que cualquier rincón fresco donde sirviesen bebidas le vendría bien para acercar el amanecer.
Pasó al lado de una cabina de teléfono y escuchó un débil gemido. No se detuvo, su pericia de noctámbulo reincidente se lo impidió. Continuó caminando calle abajo, como si no hubiera oído nada, y sólo cuando calculó que la distancia era segura se paró en seco, giró sobre sus pies y levantó la vista.
Allí estaba ella, como una sirena atrapada en un frasco de cristal, reclinada sobre el atril translúcido de la cabina y perdida en un llanto tan triste como antiguo. Sola y desconcertada, con el cabello erizado cubriéndole cualquier matiz del rostro a causa del escorzo. El teléfono descolgado se balanceaba en el aire de la estancia como un péndulo inerte.
Se acercó con paso sigiloso, entreabrió la puerta batiente de la cabina y sólo después de tragar saliva varias veces fue capaz de articular palabra.
-¿Te ocurre algo?- preguntó.
La chica se volvió mientras recogía su pelo hacia la espalda, clavó sus ojos líquidos en él sin dejar de lagrimear y compuso un gesto de animal herido.
-Nada que te importe.- masculló entre dientes.
A Aquiles le costó encajar la decepción.
-Sólo pretendía ayudarte.- dijo a sabiendas que mentía.
No recibió respuesta alguna y decidió continuar con su camino. Apenas había avanzado una decena de metros cuando escuchó pasos apresurados tras de sí y la misma voz que lo había increpado desde el interior de la cabina.
-¡Espera!- decía.
Cuando llegó a su altura, Aquiles se percató de que tenía la misma estatura que él y que las formas que se esbozaban bajo sus ropajes gaseosos de hippie le hacían presagiar que se encontraba ante el animal más hermoso que jamás se había plantado nunca ante sus ojos.
-Perdona, no soy de aquí y estoy sola.- dijo a modo de disculpa.
-No importa,- balbuceó Aquiles- todos estamos solos.-
Camino del primer tequila y la primera cerveza de la noche le contó compungida que era de Cádiz, que había venido a ver a su novio, que lo estaba llamando por teléfono para darle la sorpresa cuando pasó justo por delante de la fatídica cabina abrazando y besando con profusión a otra chica. Él no se percató de nada y ahora tendría que apechugar con el mal trago de levantarle la farsa.
-Bueno, pero eso será otro día.- dijo Aquiles.
-Tienes razón, -confirmó ella- mejor otro día.-
Se perdieron conversando la noche por los bares de la orilla del río. Se llamaba Adela, tenía el pelo rizado de color cobrizo, la tez morena y los ojos líquidos, y una sonrisa que te desarmaba al primer envite. A medida que aumentaba la cantidad de alcohol ingerido sus pupilas se tornasolaban y despedían reflejos que recordaban el paraíso. Aquiles se sentía cómodo envuelto en aquella mirada.
Bailaron y rieron hasta que se les olvidó el sopor asfixiante, perdidos como estaban en el seno de una multitud irreal que cambiaba en cada bar pero sin dejar de ser siempre la misma. Reconfortaba ahogarse en el bullicio y los apretones de la muchedumbre sabiendo que sólo se tenían el uno al otro aquella noche.
Cuando ya el hastío de las copas los condujo al roce inevitable de los cuerpos, Aquiles le propuso pasar el resto de la noche juntos. Acabaron en una pensión inmunda de una plaza olvidada en el otro extremo de la ciudad. Llegaron risueños y encendidos como dos enamorados primerizos, volteando el aire de las estancias y amándose entre gritos escandalosos que propiciaron que el dueño golpeara la puerta varias veces pidiendo discreción.
Aquiles no daba crédito a la sabiduría con la que se movía aquel cuerpo de mar que lo envolvía como una marea mansa. Se dejó llevar hasta que lo hizo naufragar en un abrazo eterno y una extenuación plácida parecida a la antesala de la muerte.
Porque alguna parte de Aquiles murió justo aquella madrugada, cuando el miedo a entregarse sin oponer resistencia, el pánico sentirse vencido y derrotado y dejar todas las puertas abiertas al adversario, le obligó a incorporarse de la cama y vestirse de manera apresurada.
-Me tengo que ir.- balbuceó.
-¿Ya?-
-Sí, ahora.-
Adela lo miró desde el hueco de la almohada y derramó la cuenca de sus ojos sobre aquel rostro asustado y huidizo.
-Vale, yo me quedo durmiendo.- dijo.
Se marchó por los mismos pasillos por donde antes se desnudaron camino de la habitación. Cuando alcanzó la calle estaba casi amaneciendo y el frescor del alba le devolvió una bofetada de realidad. Imaginó a Adela regresando a Cádiz, a su mar de espumas milenarias, y se marchó a casa envuelto en la nostalgia que ya no le abandonaría en el resto de su vida.
Mucho tiempo después, casi tres décadas más tarde, volvió a pasar por casualidad por aquella plaza olvidada y buscó con la vista el zaguán de la pensión inmunda. Recostada sobre el pretil de la escalera de acceso a la planta superior estaba Adela, envuelta en los mismos ropajes de nube y la cabellera de caracolas de mar arropando su mirada de océano. Exactamente igual que treinta años antes en aquella funesta noche de verano.
Se sacudió el recuerdo con un vago balanceo de cabeza y continuó su camino casi sin inmutarse. De todas formas en esta ocasión no sería él quien se ahogaría en su mortal abrazo de sirena.
