Aquel que no prevé las consecuencias de sus actos está destinado a ser aplastado por el destino. Napoleón Bonaparte.
El sistema político mexicano no perdona la ignorancia de sus reglas no escritas. Quien aspire a hacer carrera en las grandes ligas de la política nacional debe comprender, antes que cualquier otra cosa, la física elemental de la disciplina partidista, en la tradición presidencialista de este país, la voluntad de quien ocupa la titularidad del ejecutivo federal no es una simple sugerencia de asamblea, es, para todos los efectos prácticos de la ingeniería del poder, un mandato divino. Las dinastías políticas con verdadera experiencia lo entienden a la perfección. La familia Monreal en Zacatecas, encabezada por Ricardo Monreal desde la coordinación de la bancada guinda en el Congreso de la Unión, conoce al milímetro los pliegues de la praxis. Supieron comprender a tiempo que había que posponer para mejor ocasión la legítima aspiración de Saúl Monreal para consumar la sucesión familiar directa en la gubernatura de su estado, evitando así una colisión frontal con el centro. Lo mismo ocurre con Félix Salgado Macedonio en Guerrero, un veterano de mil batallas electorales que entendió que debía dejar de lado sus propias e inmediatas ambiciones de suceder a su hija en el cargo. Tras la anulación de su candidatura, supo replegarse, acatar la línea nacional y encauzar el proyecto familiar de manera institucional, reservándose para sí mismo el escaño senatorial sin dinamitar el barco oficialista. Ambos clanes son zorros viejos de este negocio. Saben que el poder real exige dominar la paciencia, descifrar los mensajes encriptados que emanan de Palacio Nacional y aceptar que el sistema tiene formas muy eficaces de cobrar la insolencia.
En San Luis Potosí, sin embargo, la clase política local parece convencida de que las leyes de la gravedad nacional no aplican dentro de las fronteras del territorio potosino. Hacer política en serio trasciende por mucho la escenografía del populismo de barriada, no todo se reduce a repartir dádivas en plazas públicas, entregar despensas con logotipo gubernamental ni ponerse a bailar cumbias con ancianas en mítines de alharaca electorera. Llega un momento en que la comedia de carpa debe ceder el paso a la alta política, ese terreno donde se toman decisiones estructurales y se asumen consecuencias irreversibles. Rumbo a la sucesión estatal de 2027, la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo envió una señal diplomática pero categórica al grupo hegemónico conocido como “La Gallardía”. La instrucción moral y política desde el centro fue diáfana, no habrá aval de la Cuarta Transformación para proyectos de sucesión conyugal directa. La bandera contra el nepotismo y los cacicazgos regionales es un pilar que la titular del Ejecutivo no está dispuesta a negociar a cambio de conservar una plaza local. Sin embargo, la oferta de la Presidenta para el gobernador Ricardo Gallardo Cardona no careció de generosidad política, postergar la inclusión de su esposa, la senadora Ruth González Silva, para la gubernatura en 2027, a cambio de mantener la cohesión de la alianza y permitir que el Partido Verde y Morena postulen a cualquier otra persona perteneciente al círculo cercano del mandatario estatal. Un pacto que garantiza la continuidad del grupo local, el blindaje institucional y la permanencia de su influencia política en el gabinete o en el Congreso, respetando la investidura presidencial.
El dilema para el gobernador potosino es mayúsculo. Aceptar la oferta implica someterse a la regla de oro del sistema y demostrar madurez de Estado. Rechazarla y empeñarse en imponer la candidatura de su esposa bajo las siglas en solitario del Partido Verde podría interpretarse como un desaire directo a Palacio Nacional, y en la liturgia del poder en México, dejar a una presidenta ofendida no es un costo que un grupo regional pueda saldar con sonrisas o propaganda en redes sociales. Negarse a negociar con el centro equivale a cruzar el Rubicón hacia una confrontación asimétrica donde el gobierno federal cuenta con los expedientes, la auditoría y la llave de los recursos. Cada decisión política abre una bifurcación en el espacio-tiempo del poder, creando universos paralelos donde las consecuencias se multiplicarán como en una ucronía indomable. Si Gallardo opta por la ruta de la insubordinación, el mapa electoral potosino colapsará en una paradoja de proporciones cósmicas que ni con una máquina del tiempo ni con el listado de ucronías más sofisticado lograría salvarse.
En este entramado de líneas temporales superpuestas aparece el “efecto huasteco”, una singularidad política al más puro estilo de la película “eterno resplandor de una mente sin recuerdos”. Tal como en la película de Michel Gondry, donde los personajes intentan borrar desesperadamente de la memoria los eventos traumáticos sólo para descubrir que el destino vuelve a cruzarlos en la misma esquina, la dirigencia de Morena intenta borrar el fantasma de sus propias contradicciones sin éxito. El efecto huasteco -paráfrasis libre del efecto mariposa en clave potosina- se encarna en la figura de Gerardo Sánchez Zumaya, un empresario originario del municipio Tanquian de Escobedo, de habla gentil y “cantadita”, perfil provocador y despliegue de recursos que ha irrumpido en la escena como un factor de entropía pura. Sánchez Zumaya, quien presume una red de contactos en la alta cúpula de la 4T que incluye a figuras como Adán Augusto López, Rocío Nahle y Andy López Beltrán, representa esa opción tentativa que sólo podría materializarse mediante la coincidencia de circunstancias extremadamente indeterminadas… pero que jamás deben descartarse. La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida.
Sánchez Zumaya es el dolor de cabeza de la burocracia partidista. Mientras la dirigencia nacional encabezada por Ariadna Montiel Reyes y la titular de la Comisión Nacional de Elecciones, Citlalli Hernández Mora, intentaron cerrarle el paso bajo el argumento implícito de que los folios de registro se habían agotado -especialmente para aspirantes con su perfil-, el huasteco encontró un salvoconducto providencial en la figura del dirigente nacional del Partido del Trabajo, Alberto Anaya. Con el respaldo del PT, Sánchez Zumaya logró colar su nombre como aspirante a la encuesta para definir la coordinación estatal, dinamitando el confort de la dirigencia local de Rita Ozalia Rodríguez y mostrando que en la huasteca potosina el dinero y las relaciones pesan tanto o más que un nombramiento de comité. Existe, no obstante, el reverso tenebroso del efecto Huasteco. La otra posibilidad real es que la obcecación de Sánchez Zumaya por aparecer en la boleta -ya sea por el PT o por algún vehículo emergente- terminará por fragmentar de tal manera el voto de la izquierda potosina que provoque una auténtica catástrofe electoral para Morena. El antecedente no es lejano ni hipotético. Hace apenas cinco años, en el proceso de 2021, la incapacidad de Morena para articular una candidatura competitiva y cohesionada llevó al partido guinda a sufrir una humillación histórica en el estado, cayendo prácticamente hasta el cuarto lugar de las preferencias. En aquella ocasión, la candidatura de Morena quedó rezagada incluso detrás de la estrafalaria campaña de Redes Sociales Progresistas (RSP), abanderada por el polémico empresario José Luis Romero Calzada, mejor conocido como “El Tecmol”, quien a base de bailes en TikTok, majaderías e invectivas de circo logró capitalizar la rabia y el desencanto popular mejor que los cuadros oficiales del movimiento. Si el ego y la falta de disciplina vuelven a apoderarse de las facciones de Morena y sus aliados en 2027, el escenario de 2021 podría repetirse como una farsa trágica. Un Morena dividido entre la estructura del Verde, el perfil de Rita Ozalia Rodríguez y la candidatura salvaje del huasteco por el PT dejaría la plaza servida en bandeja de plata.
Es precisamente en esa rendija de la fractura oficialista donde el Frente Opositor busca construir su supervivencia. La reciente visita a San Luis Potosí de Santiago Taboada, secretario de Acción Política y delegado del CEN del PAN, no fue un evento casual. Al anunciar el registro del alcalde capitalino, el priista Enrique Galindo Ceballos, en el proceso interno panista bajo la narrativa de la “Defensa de la Patria, la Familia y la Libertad”, el alto mando blanquiazul montó un show mediático calculado al milímetro. Al argumentar que existen “otros cinco aspirantes” cuyos nombres se reservan para un comunicado oficial posterior, el PAN intenta vender la ilusión de una contienda democrática e intensa, cuando en realidad busca dos objetivos pragmáticos, primero, ofrecer a Enrique Galindo un vehículo electoral de respaldo en caso de que la alianza PRI-PAN naufrague a nivel nacional, y segundo, posicionar al edil de la capital como la única figura de oposición con el volumen político necesario para recoger los pedazos de un electorado desencantado con el pleito interno de la 4T. San Luis Potosí se encamina así a un laboratorio electoral único en el país. Las opciones están .sobre la mesa y las líneas temporales comienzan a trazarse. El gobernador Ricardo Gallardo deberá decidir si acepta la praxis del sistema y ajusta su sucesión al guión de la Presidenta, o si prefiere arriesgar el feudo en un choque de trenes donde el efecto huasteco» y la reacción de Palacio Nacional pueden alterar el espacio-tiempo de su proyecto político. En la política, como en la física cuántica, cada acción genera una reacción de igual magnitud en sentido contrario. Repartir despensas y bailar cumbia puede servir para llenar plazas un domingo por la tarde, pero cuando se trata de negociar el destino de un estado frente a la Presidencia de la República, sólo sobrevive quien entiende que la disciplina no es sumisión, sino la forma más elemental de la inteligencia política.
P.D. Para muestra del enrarecimiento del ambiente político, bastan los hechos ocurridos hace apenas unos días en el Mercado República de la capital potosina. Durante un recorrido de Gerardo Sánchez Zumaya para saludar a locatarios y comerciantes, el candidato del PT fue interceptado por un contingente de supuestos ciudadanos indignados. Bastaron un par de miradas atentas para identificar que el “pueblo sabio” movilizado estaba integrado, en realidad, por jóvenes adictos en recuperación reclutados en anexos cercanos, quienes entre gritos e insultos intentaron cerrarle el paso al huasteco. La maniobra rozó lo burlesco cuando los manifestantes, disfrazados torpemente de locatarios molestos, comenzaron a corear al unísono el nombre del alcalde capitalino Enrique Galindo, en una estratagema tan burda que parecía diseñada para culpar de manera directa al Ayuntamiento de la agresión. Alguien debería tener la caridad de explicarle a los estrategas detrás de semejante sainete -que terminó, como era previsible, entre empujones, manotazos y la intervención de los escoltas del empresario- que este tipo de provocaciones no baratas producen exactamente el efecto contrario al deseado. Mandar un grupo de choque a increpar a un aspirante en un mercado popular no hace más que transmitir la sensación de que el establishment le tiene un pavor genuino a su proyecto. Al intentar sabotear su recorrido, lo único que consiguen es convertirlo en víctima, regalarle metros de nota periodística y confirmar ante el electorado que el emergente candidato del PT se ha convertido en un riesgo real para el status quo. En política, la torpeza de los enemigos siempre ha sido la mejor campaña de marketing.
