La tecla de la flechita

Anne Swoboda @ Flickr.com (CC BY-SA 2.0)
Los ojos encendidos. Las comidas a deshoras. Las jornadas en pijama. Y el tictac eterno del teclado, haciendo y deshaciendo por enésima vez el mismo informe. Dos pulsaciones para adelante y una para detrás. Como el sudario de Penélope.
Estos son algunos de los síntomas del perfeccionismo compulsivo. Una enfermedad crónica, incurable e invisible, que hace muy feliz a mi jefe mientras me come la salud a mí. Un mal que me ha hecho escribir este mismo párrafo catorce veces.
Aunque junio no sea un mes de propósitos, yo tengo uno. Conseguir quedarme en lo bueno, sin seguir remando hasta lo mejor. Escribir una frase de corrido. Olvidarme de ese gráfico que a nadie sino a mí me importa. No pisar las galeras antes de estar bien comido, bien dormido y bien vestido.
En junio, tengo un propósito. Y comienza por poner el punto final a este texto tan del montón. Ustedes perdonen, mis adoradas víctimas colaterales. Pero, por esta noche al menos, me acabo de vedar la tecla de la flechita.
