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La tuerta, Ana de Mendoza (1540-1592)

Por Sandra @sandraferrerv
La tuerta, Ana de Mendoza (1540-1592)La biografía de la aristócrata Ana de Mendoza está llena de misterios. Desde el parche que lució con orgullo y elegancia desde su infancia hasta su reclusión en su propia casa en Pastrana ordenada por el mismísimo rey Felipe II pasando por su oscura relación con el secretario de estado Antonio Pérez, enturbiaron la vida de esta grande de España.
La heredera tuertaAna de Mendoza y de la Cerda era la única hija de don Diego Hurtado de Mendoza y de la Cerda y doña María Catalina de Silva y Toledo. Nacida el 29 de junio de 1540, Ana recibió una exquisita educación. Poco se sabe de su infancia, en la que presenció los constantes conflictos entre sus padres. Fue en aquellos primeros años cuando empezó a usar un parche en su ojo derecho. Una caída, una mala estocada jugando a esgrima o un defecto en el ojo, lo cierto es que nunca se supo con seguridad la razón por la que Ana ocultó siempre en público esta parte de su cara. Algo que por otro lado parece ser que no le importó pues lució su defecto con dignidad e incluso dejó inmortalizarse con él.
Matrimonio por orden realFue el propio rey Felipe II quien decidió con quien debía casarse una de las herederas más importantes de los reinos españoles. Para ello eligió a Ruy Gómez da Silva, un noble segundón de origen portugués que había llegado a la corte castellana con el séquito de la emperatriz Isabel, madre de Felipe II. Convertido en secretario y hombre de confianza del rey prudente, este no dudó en entregarle a Ana como esposa.
El matrimonio se celebro en 1552, cuando Ana era una niña de 12 años por lo que la relación no se consumó hasta años más tarde. Ruy había recibido del rey el principado de Éboli en el reino de Nápoles por lo que él y su esposa ostentarían el título de príncipes. Ana aportó al matrimonio el título de Condes de Mélito cedido por su padre. Tras años de ausencia por razones de Estado, Ruy volvió al lado de su esposa en 1559. A partir de ese momento y hasta la muerte de él, sería una pareja feliz y estable de la que nacieron diez hijos.
La viuda monjaLa desaparición de su marido trastocó a la joven viuda quien se dispuso a ingresar en el convento de las carmelitas de Pastrana que años antes había erigido Santa Teresa en aquella localidad. Si en aquel tiempo, la santa ya se había enfrentado con la princesa por su entrometimiento en la construcción de dicho convento, su intento de convertirse en monja no agradó para nada a Teresa. Tras un rocambolesco ingreso en la clausura, en la que Ana quiso imponer sus propias normas alejadas de la rigidez y austeridad de las carmelitas, la princesa volvió de nuevo a la corte de Madrid.
Antonio Pérez, una peligrosa amistadTras la muerte de su marido, Ana inició una extraña relación con el entonces secretario de estado, Antonio Pérez. Aunque no está probado que fueran realmente amantes, lo cierto es que establecieron una estrecha amistad a espaldas del rey.
Su relación con Antonio hizo que se viera envuelta voluntaria o involuntariamente en el misterioso asesinato de Juan de Escobedo. Este era el secretario de Juan de Austria, hermano bastardo de Felipe II, quien a las órdenes del rey había ido a Flandes a intentar apaciguar la conflictiva situación que en aquellos territorios hacía tiempo no se solucionaba. Parece ser que Antonio Pérez había descubierto extraños movimientos de Juan y su secretario con la intención de establecer una alianza matrimonial con la reina de Escocia, María Estuardo, en un complot para derrocar a su hermanastro.
Las cuestiones políticas se unieron a las personales cuando Juan de Escobedo descubrió la relación entre la princesa de Éboli y Antonio Pérez. Amenazando a la pareja con descubrirlos ante el rey, Escobedo fue encontrado muerto de varias estocadas tras varios intentos de asesinato por envenenamiento.
Si el asesinato del secretario de Juan de Austria fue ordenado por el mismo rey o fue obra personal de Antonio Pérez, nunca se demostró. Lo que sí es cierto es que en paralelo a un juicio contra Pérez, quien terminaría huyendo a Aragón, Ana fue encerrada por orden del rey en 1579 en la Torre de Pinto para más tarde ser trasladada a la fortaleza de Santorcaz. Dos años después se le permitiría volver a sus dominios de Pastrana donde, en su Palacio Ducal sufriría una reclusión hasta su muerte. La crueldad con la que fue tratada Ana de Mendoza por el otrora amigo personal Felipe II fue lo que pudo despertar las sospechas de un amor secreto por parte del rey hacia la princesa.
Ana de Mendoza vivió los diez últimos años de su vida tras las rejas de su propia casa acompañada de su hija pequeña, quien también llevaba su nombre. Esta pequeña Ana, quien tras la muerte de su madre se haría monja, estuvo a su lado cuando falleció el 2 de febrero de 1592.
Sólo entonces salió de su reclusión para ser enterrada junto a su esposo Ruy en la Colegiata de Pastrana.
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