Imagen tomada de la red
Y Pepe se abrió camino entre un
mar de gente guapa, chicos de gimnasio de pelo corto, chicas con las tetas recién
puestas, maduritos interesantes de cabello engominado y mujeres maqueadas de
rostro reconstruido, con esa expresión uniforme que las hacían clónicas, todas
hermanas gemelas por obra y gracia del bisturí y de la silicona. Mientras, por
las pantallas acústicasatronaba la
música house. Un ambiente, lo que se
dice, de lo más pijo.
Y allí, al fondo, sentada en
torno a una mesita baja con otras tres personas, estaba ella. Riéndose, entre
copas, con esa expresión suya tan
cautivadora, pelo largo rubio, bonita, encantadora, con esos hoyuelos en las
mejillas... Y Pepe notaba por momentos que se reblandecía, que estaba a punto
de perder el papel de hombre decidido, capaz de enfrentarse a las situaciones
más duras. Sentía que estaba en trance de claudicar, de renunciar a cantarle
las cuarenta a la moza por aquel desplante sin explicación alguna, después de
dos años de relación. Él no era un perro, que se pudiera abandonar en cualquier
esquina, era una persona con sentimientos y no se merecía ese trato; pero
notaba, según se iba acercando a la mesa, cómo se iba licuando por momentos,
ablandando como la carne en leche, perdiendo fuerza y gas…
—Hola Julia. ¿Qué tal estás?
—expresión suave, ojos tiernos, vocecita tenue—. ¿Tienes un momento?
Y ella, levantándose de mala
gana hacia donde estaba él:
—¿Por qué me persigues? Déjame
en paz.
Y Pepe:
—Me extrañó que no me dijeras
nada. Después de todo este tiempo compartido. Irte sin una explicación. Creo
que no me merezco ese trato.
Y ella:
—Ya somos mayorcitos como para
que nadie cuestione si puedo o no andar sola por la vida, sin pedir permiso a
nadie. Hace tiempo que no doy explicaciones por nada. ¿Lo entiendes?
Y él no lo entendía. O sí, pero
a medias. Ser libre no estaba reñido con tener en cuenta a los demás, sus
sentimientos y todo eso… Pero ella volvía a la carga:
—A ver si captas el mensaje. Lo
nuestro se acabó. No hay nada que explicar. Tan solo que me he dado cuenta de
que soy demasiada mujer para un tipo
como tú. ¿Lo entiendes?
Y, visto así, él claro que lo
entendía… Se sentía humillado y roto, pero lo entendía. Lo suyo, lo que
llegaron a compartir los dos, si es que alguna vez lo hubo, se había diluido
como un azucarillo en un vaso de agua hasta desaparecer.
—¿Pasa algo, Julia? —preguntó
alguien con tono desafiante desde el grupito de la mesa.
—No, nada. Pepe ya se iba.
Y Pepe, como un relámpago,
retomó el ímpetu perdido, recuperando en un santiamén el tono de hombre
enérgico y resuelto. Y, sintiendo la adrenalina circular porsus arterias, con toda la furia del mundo,
seguro y decidido, se dirigióa la mesa
y dijo al que intermedió por Julia:
—¿Y tú de qué vas, tío listo?
¿Quieres algo conmigo?
Y el otro se arrugó como un
papel y prefirió no responder a la provocación. Y enseguida llegó alguien del
local que invitó a Pepe a marcharse. Y mientras se iba de allí, todavía tuvo
cuajo para decir en voz alta:
—Por las buenas soy muy bueno;
pero por las malas, mejor no provocarme. Me voy. Vosotros podéis seguir con
vuestra fiesta de niños pijos. ¡Ah! Se me olvidaba: Julia ronca cuando duerme y
se tira pedos.
