Revista Diario

La verdadera historia de por qué Argentina llegó a la final

Por Rutinacortadaacuchillo @RCACoficial

Publicado el jul 10, 2014 en Destacados, Literatura Francesa

Los mundiales están hechos más de historias que de fútbol.

Todavía no tengo hijos (creo) pero estoy seguro de que estas historias se las contaré en más de una ocasión a mis nietos: el cabezazo de Ortega en Francia ’98, la eliminación en una fría madrugada en Corea-Japón 2002 ó, un poco más borroso, el penal de Sensini en Italia ’90.

Pero con la mejor de todas, me voy a hacer desear un poco. Van a tener que insistir bastante con: Dale abuelo, contá de esa vez que gracias a vos Argentina llegó a la final.

Bueno, está bien —diré yo— siéntense en el piso, que esta historia comienza un veintisiete de junio en Luang Namtha, Laos.

Verán, niños, el mundial del 2014 me encontró viajando mucho por el mundo, así que digamos que a veces le costaba encontrarme. Hasta esa fecha, Argentina sólo había pasado la fase de grupos, aunque invicto y primero en su zona, y este era el primer día sin partidos desde que había comenzado el mundial en Brasil.

Tal vez fue ese vacío futbolístico existencial, o el pedazo de vacío mal cocinado que me había comido el día anterior, pero fuere lo que fuere, me sentía muy mal, como a punto de enfermarme. Sin embargo esa tarde, ni yo entiendo bien cómo, mientras suspiraba destrozado en la cama, de un segundo a otro supe con certeza que Argentina llegaría a la final y que sería el mundial donde el gran Messi se consagraría para siempre.

Ah, Messi… —recordaré con nostalgia—ese sí que era el mejor. Digamos que, si en esa época, ganabas el pan y queso con el mundo y pudieras elegir primero, sin dudas elegirías a Messi.

En la cama empecé a hacer cuentas de cuántas semanas me quedaban viajando por Asia. Y en ese instante, un estremecimiento me levantó de un salto. Por primera vez recordé que la fecha de mi pasaje de Bangkok a París era para el trece de julio, el día de la final del mundial. Me corrió un frío por el cuerpo y el corazón se me quedó al borde del precipicio. No estaba seguro de la hora pero sí de que llegaría a París el día catorce, después de largas horas de viaje y una escala en el medio. Con estos datos era de esperar que el horario de la final coincidiese con mi vuelo. Yo en el aire, incomunicado, y Argentina con los tapones en la cancha peleando la última batalla por la copa.

Este error (el cual confirmaría minutos más tarde en la computadora, ustedes no las conocieron, pero antes había computadoras…), lo había cometido el veintidós de mayo en Hong Kong, allí había sacado el pasaje. Y claro, no me di cuenta porque en mi inconsciente los mundiales siempre duraban hasta el diez de julio. Qué amargo, carajo.

Perdón, niños, por esa palabra. No la repitan.

Cuestión que faltaban dos semanas para el trece de julio y tenía dos opciones: quedarme con ese pasaje o cambiar el vuelo. Aunque no lo parezca ésta no era una decisión tan fácil como ustedes creen. Yo estaba convencido, pero convencido, que si cambiaba el vuelo para ver la final, Argentina no iba a llegar a esa instancia. Verán, niños, el destino es muy histérico con esas cosas. Entonces, yo preferí poner en riesgo mi oportunidad de ser testigo de una final, con tal de que Argentina llegue.

Pero mis obligaciones iban más allá de no cambiar el pasaje. Tan sólo comentarle a alguien este tema, mirar nuevos pasajes o incluso averiguar cuánto costaría la multa por cambiar la fecha, llevaban a la segura eliminación de Argentina. Y si quería que cuarenta millones de seres humanos sean felices, debía quedarme callado mirando cada partido con el manso consuelo de saberme finalista.

Los partidos que se desencadenaron después de la etapa de grupos los viví bastante tranquilo. Aunque debo admitir que me puse un poco nervioso en los octavos de final contra Suiza. El mufa de Pasarella había salido a decir que la selección era candidata y que éramos Messi y su ballet. Por suerte apareció el Fideo Di María en el suplementario haciendo gritar a todo un país.

Días más tarde, ya en semifinales, las cosas se definían por penales contra Holanda. El gran Chiquito Romero atajó dos penales y, luego, Maxi Rodríguez metió un chumbazo confirmando lo que yo ya sabía hace semanas: Argentina volvía a una final después de veinticuatro años. Ahora, por fin, podía contarle todo esto a alguien.

¿A quién se lo conté? ¡A un policía tailandés! Sí, escucharon bien. Esa semifinal la vi a las tres de la mañana desde el rinconcito de un puesto policial en el norte de Tailandia. En ese cuartucho sólo había algunas sillas de plástico blancas, un monitor enchufado a una antena de aire y diez policías que entendían menos de fútbol que castellano. Por eso el policía me miró tan raro cuando le conté que este resultado era gracias a mí y, lo peor de todo, no tuve con quien fundirme en un abrazo para sellar ese festejo eterno.

Y bueno, ustedes se preguntarán: Abuelo, ¿cómo salió Argentina en esa final? ¿Fue campeón del mundo? Pero eso, niños, es otra historia y se las contaré en otra ocasión.

Romero por Liniers

Ilustración por Liniers

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