Revista Cultura y Ocio

La verdadera maldición de la novela, Milan Kundera

Publicado el 27 mayo 2021 por Kim Nguyen

En ese momento se acercaba el camarero con un pato. Olía estupendamente y logró que olvidáramos por completo la conversación anterior.
Al cabo de un rato Avenarius rompió el silencio:
—¿Sobre qué estás escribiendo ahora?
—Es algo que no se puede contar.
—Qué pena.
—De pena nada. Es una ventaja. La época actual se lanza sobre todo lo que alguna vez fue escrito para convertirlo en películas, programas de televisión o imágenes dibujadas. Pero como la esencia de la novela consiste precisamente sólo en lo que no se puede decir más que mediante la novela, en cualquier adaptación no queda más que lo inesencial. Si un loco que todavía sigue escribiéndolas quiere hoy salvar sus novelas, tiene que escribirlas de tal modo que no se puedan adaptar o, dicho de otro modo, que no se puedan contar.
El no estaba de acuerdo:
Los tres mosqueteros de Alejandro Dumas. ¡Puedo contar con el mayor placer, en cuanto me lo pidas, desde el principio hasta el final!
—Yo soy como tú y tampoco permito que nadie se meta con Alejandro Dumas —dije—. Pero lamento que casi todas las novelas que alguna vez se han escrito sean demasiado obedientes a la regla de la unidad de la acción. Quiero decir con eso que su base es una única cadena de actos y acontecimientos unidos por una relación causal. Esas novelas se parecen a una calle estrecha por la que alguien hace correr a latigazos a los personajes. La tensión dramática es la verdadera maldición de la novela, porque lo convierte todo, incluidas las páginas más hermosas, incluidas las escenas y las observaciones más sorprendentes, en meros escalones que conducen al desenlace final, en el que está concentrado el sentido de todo lo que antecedía. La novela se consume en el fuego de su propia tensión como un fardo de paja.
—Al oírte —dijo con cautela el profesor Avenarius—, me temo que tu novela sea aburrida.
—¿Acaso todo lo que no sea una loca carrera en pos de un desenlace final es aburrido? Cuando masticas este magnífico muslo, ¿te aburres? ¿Tienes prisa por llegar al final? Al contrario, quieres que el pato penetre dentro de ti lo más lentamente posible y que su sabor no se acabe nunca. Una novela no debe parecerse a una carrera de bicicletas, sino a un banquete con muchos platos. Yo tengo ya unas ganas tremendas de empezar la sexta parte. En la novela aparecerá un personaje completamente nuevo. Y al final de esa parte se irá tal como vino y no quedará de él ni huella. No es la causa de nada y no producirá efecto alguno. Y eso es precisamente lo que me gusta. Será una novela dentro de la novela y la historia erótica más triste que jamás haya escrito. Hasta tú te vas a poner triste.
Avenarius permaneció un momento en silencio sin saber qué hacer y luego me preguntó amablemente:
—¿Y cómo se va a llamar esa novela tuya?
La insoportable levedad del ser.
—Creo que eso ya lo escribió alguien.
—¡Yo! Pero me equivoqué con el título. Tenía que haber sido para la novela que estoy escribiendo ahora.
Después nos callamos y nos concentramos en el sabor del vino y el pato.
Mientras seguíamos comiendo, Avenarius dijo:
—Creo que trabajas demasiado. Deberías pensar en tu salud.
Yo sabía perfectamente a qué se refería Avenarius, pero puse cara de no sospechar nada y seguí saboreando el vino en silencio.

Milan Kundera
La inmortalidad

Traducción: Fernando de Valenzuela
Editorial: Tusquets

Foto: Milan Kundera


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