Revista Historia

La vergonzosa odisea de las dos cabezas del rey Jaime I el Conquistador

Por Ireneu @ireneuc

Una de las visitas obligatorias para todo aquel turista que se acerque por las tierras tarraconenses es el monumental Real Monasterio de Santa María de Poblet. Este gran conjunto arquitectónico construido a partir del 1150 y declarado Patrimonio de la Humanidad en 1991, destaca por ser el panteón donde reposan los restos de buena parte de los soberanos de la Corona de Aragón anteriores a la controvertida unión dinástica de los Reyes Católicos ( ver Germana de Foix, cuando la unidad de España pendió de un espermatozoide). Y uno de sus huéspedes más reconocidos y admirados es el rey Jaume I el Conqueridor (Jaime I el Conquistador) el cual reposa en uno de los bellos sepulcros que se encuentran en el crucero de la catedral de Poblet. No obstante, lo que tal vez no sepa es que, dentro de la tumba real hay un cuerpo, pero...¡ dos cabezas! ¿Cómo puede ser eso? ¿Era Jaume I un alien bicéfalo? Pues no, un follón tremendo, un poco de jeta y la azarosa historia de Poblet tienen la culpa.

Dicen que algo tendrá el agua cuando la bendicen, y cuando a la realeza catalano-aragonesa les dio por ser enterrados en masa -8 reyes, sus múltiples mujeres y más de 100 nobles emparentados- en el Monasterio de Poblet es porque algo vieron en aquel terruño a medio camino entre Lleida y Tarragona ubicado a pies de las montañas de Prades. Sea lo que fuera, los monjes de la Orden del Císter que se encargaron de construir el monasterio cuando todavía media Catalunya era musulmana, disfrutaron de la gracia real (y sus generosas donaciones) lo que les convirtió en uno de los cenobios más ricos e influyentes de la Corona. El hecho de ser capaces de limpiar esos insignificantes "pecadillos" reales ( ver La Iglesia, de los ricos. Dios, de los pobres) seguro que tuvo mucho que ver, y sería la razón que llevó a Jaume I, después de cansarse de batallar contra moros y castellanos por Mallorca, Valencia y Murcia, a hacerse monje cisterciense en el 1276. Jaume I murió antes de llegar a Poblet, pero con todos los honores fue allí enterrado.

El tiempo pasó y, con él, las monumentales ampliaciones del recinto monacal -referente estilístico de buena parte de la arquitectura gótica del final del medievo en nuestro país- y los entierros reales. No obstante, la boda del heredero aragonés (Fernando) con la heredera castellana (Isabel) en 1469 y el entierro de ambos en la catedral de Granada, significó, a pesar de las públicas simpatías del Trastámara para con el monasterio tarraconense, el fin de los entierros de los reyes de la Corona de Aragón en Poblet y la pérdida de su anterior influencia política.

El cenobio cisterciense, pese a su nuevo estatus, no perdió el renombre, y sus riquezas, derivadas de las donaciones reales y de las rentas de sus múltiples propiedades, se convirtieron en legendarias. Ello hizo correr el rumor (cual " fake new" al uso hoy día) que el monasterio guardaba tesoros inimaginables que habían sido escondidos por los monjes. Unos tesoros que más de uno ansiaba con ahínco pero que la vida monacal continuada en la fortificada Poblet desde mediados del siglo XII, no hacía posible el obtener. Pero la llegada del conflictivo siglo XIX iba a dar la vuelta a la situación como un calcetín.

El monasterio de Poblet se acabó viendo envuelto en todos los follones bélicos del siglo, siendo afectado por saqueos por tropas francesas en el 1809, sus monjes exclaustrados entre 1811 y 1813, un nuevo saqueo durante el Trienio Liberal (1820-1823) y otro más en 1834 con la Primera Guerra Carlista. La puntilla a semejante despiporre la recibió en 1835, cuando el decreto de desamortización de Mendizabal obligó a la exclaustración definitiva de los monjes que aún se mantenían en el monasterio, lo que dejó el cenobio en una situación de total abandono. O lo que es lo mismo, que Poblet se convirtió en una barra libre donde todo el que quiso arrasó con lo que pudo. Literalmente.

Hasta tal punto llegó el expolio que todo lo que era susceptible de ser vendido o coleccionado se arrancaba, aunque fuera a martillazos. Unos ignorando el valor de lo que tenían entre manos, otros por simple codicia, otros con la excusa de que no se perdiese y otros por encontrar los fantásticos tesoros escondidos por los monjes, entre todos hicieron tal destrozo en el monasterio que lo único que quedó en pie fue lo que no se pudieron llevar ( ver El icono histórico del enorme Mazinger Z de Tarragona). Las bellísimas sepulturas reales finamente trabajadas en alabastro de Beuda, habían sido reducidas a pedazos y los restos de los cadáveres de los reyes y nobles catalano-aragoneses allí enterrados desde hacía siglos -sospechosos de llevar valiosos adornos y joyas- acabaron vilmente esparcidos por los suelos cual basura en un vertedero. Dos años después, en 1837, Antoni Serret, el párroco de la Espluga de Francolí -pueblo al que pertenece el monasterio- avergonzado por el indigno espectáculo, decide recoger en unos sacos los restos de los cadáveres exhumados y guardarlos en cajas en la sacristía de su parroquia. Una auténtica vergüenza que parece no inmutar a ninguna administración, ni aquí, ni en Madrid.

El conocimiento de los hechos por la opinión pública del momento hace que el ayuntamiento de Valencia reclame los restos de Jaume I, cosa que hace reaccionar a los responsables políticos y eclesiásticos catalanes, que deciden trasladar en 1843 los restos a la catedral de Tarragona, inaugurándose en 1853 una tumba para dar cabida al Conquistador. Los restos recogidos por Serret estaban todos mezclados, y se reagruparon siguiendo las características históricas que se conocían de los diversos monarcas, entre los que destacaba el de Jaume I, que se sabía que era " un palmo " más alto que lo normal de su época y que tenía una herida de flecha en la frente, recibida durante la conquista de Valencia. El cuerpo se reconoció con cierta facilidad, pero la cabeza, que estaba separada, no era tan sencilla de reconocer, endosándosele un cráneo que presentaba una profunda herida en la frente. De esta forma recompuesto, allí que quedó.

La inacción estatal y local hacen que el estado de Poblet, en total abandono, no haga más que empeorar, hasta que, en 1921, el rey Alfonso XIII visita el monasterio y se le caen los huevos al suelo de ver cómo estaba aquello que, en otro tiempo, había sido el panteón real de la Corona de Aragón. De resultas de esta "agradable" visita, Poblet se declara Monumento Nacional y se inicia una tímida restauración, que no será en serio hasta después de la Guerra Civil cuando, en 1940, el régimen franquista permite el retorno de monjes benedictinos al monasterio y se inicia una restauración en serio de todo el conjunto arquitectónico encaminado a devolver los cadáveres reales a su emplazamiento original.

Franco, en un gran acto de propaganda del régimen, con toda la pompa y boato posibles, hace que en 1952 el cuerpo de Jaume I y resto de reyes y nobles catalano-aragoneses sean retornados a sus sepulcros en Poblet. Unos sepulcros que habían sido restaurados por el escultor Frederic Marés, el cual, haciendo un auténtico trabajo de chinos, aprovechó los más de 500 fragmentos originales que habían sobrevivido y que representaban tan solo el 2% de los sarcófagos originales. No obstante, en el momento de meter a Jaume I en su nuevo ataúd, los especialistas llegaron a la conclusión de que aquella cabeza atribuida al Conquistador un siglo antes no podía ser la suya, por lo que, buscando, hallaron otro cráneo con una herida de flecha en la sien, pero más leve, que consideraron que sería la correspondiente. El único problema era que había diferentes opiniones entre los especialistas y, ante la disensión, tomaron el camino de en medio, es decir... metemos las dos cabezas en el sepulcro y a quien Dios se la dé, San Pedro se la bendiga. Y desde entonces allí que siguen.

El cuerpo bicéfalo de Don Jaime continúa descansando eternamente en su estimado monasterio de Poblet ajeno a sus idas, venidas y vilipendios varios ( ver El extraño entierro a trozos de Don Juan de Austria) en espera de que, algún día, a alguien se le caiga la cara de vergüenza y tenga a bien gastarse algo de dinero para ver si el legendario rey aragonés tiene la cabeza que le corresponde o se le tiene que poner un melón en su lugar. Está visto que la política, la propaganda y la cara de piedra berroqueña de quienes utilizan su figura de forma hipócrita e interesada, pueden más que el deber moral de retornar la dignidad perdida a uno de los soberanos más importantes de la historia, no solo de Catalunya, Aragón o España, sino de toda Europa.


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