Revista Opinión

La vida, instrucciones de uso

Publicado el 25 marzo 2010 por Rbesonias

Me he enterado de que ha muerto Robert Culp y lo primero que me sale es una nostálgica sonrisa.
Para aquellos que allá por los ochenta vuestros padres os dejaban ver algo más que
La abeja maya, quizá recordéis una serie cómico-policíaca de título El gran héroe americano. La trama era sencilla y venía a ser algo así como una inocente parodia del famoso, por entonces y ahora, Superman (Richard Donner, 1978): un profesor recibe de unos extraterrestres un sorprendente regalo, algo así como un disfraz de superhéroe que otorga a quien se lo calza poderes sobrenaturales.
Hasta aquí la cosa parece prometedora, de no ser por la circunstancia de que el pusilánime protagonista pierde las instrucciones que acompañaban al traje -unos extraterrestres corteses, sí Señor-. A causa de este despiste, deberá ir descubriendo a lo largo de la serie los poderes que posee la tela. Y es ahí precisamente en donde reside la gracia de la parodia. El protagonista (William Katt) debe acabar con los malos que le va asignando su compañero, el agente federal Bill Maxwell
(Robert Culp), pero desconoce cómo utilizar la ventaja que le otorga tener un traje de superhéroe. A diferencia de Superman, que en su rol del periodista Clark Kent sigue siendo un ser de otro mundo a pesar de su apariencia patosa y descuidada, el profesor Ralph Hinkley, sin su disfraz, no deja de ser un mortal pelado y mondado, aún más incompetente si cabe que el reportero de la Marvel.
Por aquel entonces yo era un procaz mocoso, recién entrado en la adolescencia. Aquella serie me entretenía, como a muchos de mi generación. Nos reíamos con las payasadas semanales de aquel superhéroe, remake yanqui de nuestro Superlópez (Juan López, 1973). Sus infructuosos intentos de lograr controlar sus poderes tenían en mí el mismo efecto que los slapsticks de Chaplin que edulcoraron mi infancia.
Sólo al crecer, aquella serie norteamericana adquirió ante mis ojos lecturas nuevas. Y, aunque aún deja en mi rostro un complacido rictus de melancolía, no dejo de sentir también hoy una sincera empatía hacia el atribulado protagonista. Quizá porque entiendo que detrás de su esforzada lucha por hacerse con el control del traje de superhéroe se esconde una prosaica pero eficaz metáfora del afán con los que los seres humanos intentamos guiarnos en la vida. Al igual que el profesor Ralph Hinkley, nosotros también nacimos sin instrucciones. No trajimos de serie un gen que orientase nuestras acciones hacia la opción más conveniente. Desde niños, debemos aprenderlo todo, guiados primero por confianza de la mano de nuestros padres y confiando ya adultos por ensayo y error que las pocas e importantes elecciones que tomamos sean las adecuadas. Pero nada ni nadie nos asegura que funcione. Lo intentamos, cuando funciona brindamos por ello, y cuando no, volvemos a intentarlo.
Como ocurre cuando uno lee con avidez el infinito catálogo de hechos y desechos que van conformando la historia del edificio número 11 de la calle Simon-Crubellier, distrito 17, de París, en el libro de Georges Perec, La vida, instrucciones de uso (La vie mode d'emploi, 1978). Nuestras vidas podrían interpretarse como trasunto del devenir de ese edificio. Los inquilinos que lo habitaron, las reformas que tuvieron lugar en su estructura, los muebles que calentaron cada habitación, las charlas, las discusiones y los silencios que hicieron eco en sus paredes, todo ello constituye su historia, nuestra historia, escrita sobre la marcha, sin instrucciones previas. Sabemos, como ese superhéroe fortuito, que podemos volar, pero sólo al intentarlo comprobamos hasta dónde llegaremos.

Ramón Besonías Román

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