Revista Opinión

Ladrillo caliente

Por Zulmas

La sentaban cada noche en un ladrillo caliente. No recuerda si hirviente pero sí muy caliente.

Le decían que así se resolvería su problema. Ella se preguntaba cuál exactamente: si el de tener unas manos tan sudorosas que le daban asco, si el de hacerse pipí en la cama cada noche o si el de morirse de miedo cuando veía a su mamá con una maleta en la mano dispuesta a irse de la casa.

Nunca supo muy bien a qué problema se referían pero ella se sentaba con fe en su ladrillo caliente cada noche. Se sentaba y cerraba los ojos pensando que al día siguiente sería otra: una mejor, una menos ansiosa.

Muchos años después de aquel inútil ritual nocturno, la visita a una vieja ladrillera amenaza con remover el pasado pero no se atreve a recordar. Se niega a conectar con aquella niñita frágil, nerviosa y desconfiada. Pero todo en ella tiene memoria. Suda, como siempre. Se seca en la ropa, como siempre, y se obliga a mirar a otro lado para desviar la atención de quienes la acompañan.

¡Maldita ladrillera! Ocre, fría, reseca y polvorienta. Como su pasado.


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