La sentaban cada noche en un ladrillo caliente. No recuerda si hirviente pero sí muy caliente.
Le decían que así se resolvería su problema. Ella se preguntaba cuál exactamente: si el de tener unas manos tan sudorosas que le daban asco, si el de hacerse pipí en la cama cada noche o si el de morirse de miedo cuando veía a su mamá con una maleta en la mano dispuesta a irse de la casa.
Nunca supo muy bien a qué problema se referían pero ella se sentaba con fe en su ladrillo caliente cada noche. Se sentaba y cerraba los ojos pensando que al día siguiente sería otra: una mejor, una menos ansiosa.
Muchos años después de aquel inútil ritual nocturno, la visita a una vieja ladrillera amenaza con remover el pasado pero no se atreve a recordar. Se niega a conectar con aquella niñita frágil, nerviosa y desconfiada. Pero todo en ella tiene memoria. Suda, como siempre. Se seca en la ropa, como siempre, y se obliga a mirar a otro lado para desviar la atención de quienes la acompañan.
¡Maldita ladrillera! Ocre, fría, reseca y polvorienta. Como su pasado.
