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Lanzadera en una cripta

Publicado el 13 marzo 2010 por Santosdominguez

Wole Soyinka.
Lanzadera en una cripta
Traducción y prólogo de Luis Ingelmo
Bartleby Editores. Madrid, 2010.
Lanzadera en una cripta es la primera obra que se traduce al castellano del nigeriano Wole Soyinka, Nobel de literatura en 1986. Sus textos son el resultado de la experiencia límite de un hombre encarcelado por razones políticas a finales de los sesenta. Una experiencia que, lejos de destruir la voz del poeta, le hizo escribir algunos de sus mejores versos como forma de resistir la aniquilación de la experiencia carcelaria:
Dieciséis pasos
por veintitrés. Mantienen

sitiada a la humanidad

y la verdad
tomándose su tiempo para taladrarle la cordura.
Como en ese Enterrado vivo, los poemas de Lanzadera en una cripta mantienen una fuerza verbal que es la respuesta de Soyinka a la injusticia de esa experiencia límite, su defensa moral, psíquica y física. Como es lógico esa respuesta poética iguala en fuerza a la circunstancia que la provoca y eso explica una intensidad sostenida en los cerca de cuarenta textos del libro.
Lo publica Bartleby en edición bilingüe con traducción de Luis Ingelmo, que reconoce que este ha sido el trabajo que le ha planteado más exigencia como traductor. La brillantez con la que ha respondido a esa exigencia se puede apreciar en fragmentos como este, del poema en prosa que abre Los tañidos del silencio:
Al principio hay una mirilla para ver a los vivos. Entra a hurtadillas en el patio de los lunáticos, los condenados a cadena perpetua, los violentos y los desquiciados, los tullidos, los tuberculosos, las víctimas del sadismo del poder a buen resguardo de las preguntas. Un pequeño agujero cuadrado abierto en la puerta, lo suficiente para que pase el puño de un carcelero y maneje el cerrojo desde ambos lados. También para que yo –con indiferencia, con grandísima indiferencia– le eche una mirada furtiva a las contadas y fugaces apariciones de una mano, un rostro, un gesto o, más a menudo, una visión borrosa en caqui, la espalda cuadrada del guardia plantada al otro lado.
En esa misma sección un conjunto de textos situados en el centro del libro hablan con cerrada intensidad de los muros, del purgatorio, de la última curva del camino antes del último reino, de la plenitud del vuelo evocado de un ave que no vuelve al arca. Es la visión que se construye en el poema Espacio, uno de los que mejor expresan el sueño de la huida mental de la reclusión con la palabra que atraviesa los muros de la cárcel. Comienza así:
Ilimitada era su voluntad durante
el vuelo, era un silencio arrojado

a un colector de agua y aire

extraído de la matriz de un arca
La frustración del hombre encarcelado se suaviza, en ese poema y en el conjunto del libro, con la voluntad ilimitada de comunicación con la realidad exterior en la memoria o consigo mismo en la meditación como respuesta ante la tortura:
¿Enterrado vivo? No. Sólo algo sobre lo que la gente lee. Las boyas y los mojones se difuminan. Lenta, inexorablemente, la realidad se disuelve y la certidumbre traiciona a la conciencia.
Días, semanas, meses y, tan súbitamente como la primera muerte, un sonido nuevo, un cortejo. Unos pies que se acercan arrastrándose con un ruido metálico de cadenas. Y en este momento otra brecha que durante largo tiempo ha permanecido desapercibida, invisible, un desagüe abierto en la base del muro, este vacío lenta, toscamente, comienza a enmarcar unos pies engrillados. Nada antes había pasado tan cerca, tan pesadamente, por el desagüe del Muro de las Lamentaciones.
La intensidad poética de este libro de Soyinka renuncia al patetismo del grito y recurre al susurro de la actividad secreta, como en Semilla:
Hablo con la voz de la lluvia menuda
con los susurros de los brotes

con magia de luz

hablo con briznas de un viento antiguo

matrona de las nubes
y las gavillas en la era
.
Quizá los textos más potentes desde el punto de vista poético sean los de la sección Cuatro arquetipos, en los que Soyinka se proyecta en la figura de cuatro supervivientes extraviados como él, José, Hamlet, Gulliver y Ulises. En ellos está el poeta que se salva con la palabra y la imaginación, con la resistencia verbal que le permite mantener el equilibrio y la esperanza en medio del aislamiento y el abandono, y escapar de la tortura psicológica de los carceleros:
Más allá de las paredes por aislar
sintió que los fuegos de la rapiña

le ajaban los párpados. De día la injusticia

y de noche los llantos le marcaron a fuego

grietas rojas en las cámaras de su mente.
Santos Domínguez

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