Revista Cultura y Ocio
Encuentro consuelo en cosas sencillas, en lo que en apariencia no tiene esa facultad, la de dar abrigo o refugio. Las otras, las cosas complicadas, no sirven. Es en lo frágil, en lo que ni instrumento parece, donde está la luz, ahí es donde todo adquiere sentido y se ensambla lo fragmentado, todo lo que se exhibe deshilvanadamente, sin gobierno que lo ajuste, completamente ajeno a cualquier disciplina o concierto. La felicidad reside en la habilidad que se tenga para juntar esas piezas separadas. Porque tienden a separarse. Partimos de esa certeza inconmovible. Que andamos a diario juntando pedazos, los acarreamos con paciencia y los ensamblamos en la cabeza. No conciliamos el sueño cuando alguno ha quedado desmadejado. Las veces en que nos despertamos de noche y nos desvelamos es porque una pieza, una pequeña o de tamaño considerable, viene a ser lo mismo, no está ajustada a las otras. Hoy encajaré algunas de las mías cuando en la sobremesa, calculo que andará por ahí, lea unas palabras que he escrito a dos amigos que se jubilan. Es de ellos más que de nadie el día de hoy. Se han merecido que esa propiedad sea enteramente suya. Espero que la lectura esté fonéticamente bien armada y no falta ni sobre palabra o frase alguna. Cuando acabe, tendré todas las piezas abrazadas unas a otras. Espero que dure el abrazo, espero que tarden en desarmarse y campar a sus anchas. Suelen hacerlo. Les da por amotinarse, suelen contrariar mi opinión y hacer lo que les place. De ahí que me esmere tanto en volver a juntarlas. Lo de luego será sencillo. Ya hemos dicho que lo mejor son las cosas sencillas.
