Libro leído en diciembre de 2025. Reseña escrita en enero de 2026.
En abril de 2025 fueron varias las madres que se acercaron a la sala infantil de la biblio en la que trabajo preguntando por libros con una cara en la portada. Buscaban hacer una foto en la que el rostro de su hijo o hija fuera sustituido por el de la imagen de la cubierta. Bookface, lo llaman. Algunas tomaban el libro sugerido en préstamo; otras, sacaban la fotografía en la misma biblioteca. Vamos, que el objetivo no era leer ni interesarse por alguna de las obras ofrecidas, sino cumplir el trámite de la actividad organizada por el colegio para celebrar el día del libro. No tengo nada contra el bookface en particular ni mucho menos contra visibilizar los libros en general, pero sí que no puedo evitar que algo en mi interior se rebele ante la idea de reducir el valor de los libros a lo material y las actividades escolares en torno a ellos a lo puramente visual (y eso por no hablar de los trabajitos extra que desde los colegios ponen a veces a los padres y madres ni de cierta percepción que tengo de que algunos profes dan la batalla por perdida de antemano en cuanto a los escolares y la lectura). En fin, el caso es que no podía evitar pensar que en el caso de tener que hacer yo un bookface de esos tendría clarísimo el libro que escogería. Y es que no me digáis que la de Las iras de Pilar Adón no es una portadaza, amén de que, a saber por qué, me recuerda a esa belleza de cubierta que es la de La niña gorda y otros relatos inquietantes de Marie Luise Kaschnitz. Será que en mi cabeza las buenas cuentistas y los buenos libros de relatos se mezclan y se alborotan. Ah, y la respuesta es no. Si sentís curiosidad, os diré que no me hice la foto, no fuera que se me quedara esa mirada terrible por hacer la gracia. En su lugar, hice algo mejor. ¿Adivináis? Leí el libro, cómo no.Bosque, las historias de Pilar Adón son bosque. Y son relaciones de dependencia, de atadura, de sumisión. Son hermanas, un ni contigo ni sin ti, una simbiosis, una rivalidad malsana. Son el espacio abierto que ahoga, la vida en comunidad cerrada que aprieta.
«Caer no ya en el error de pensar que unas personas pudieran cuidar de otras, sino en el error de pensar que unas personas podían salvar a otras».
La creencia
Los elementos y temática de la narrativa de la madrileña son recurrentes en toda su obra, pero entrar en sus historias es no saber a dónde se va a parar. Todo es reconocible a la vez que inhóspito. Y es que no es fácil ser un personaje de Pilar Adón. No es fácil querer a sus personajes. Pero tampoco es fácil abandonarlos. Por eso los seguimos. Aunque los pájaros se coman las migas de pan a nuestra espalda y no haya marcha atrás. Aunque por delante tal vez no haya nada más (y nada menos) que furia desatada y precipicio. Aunque tampoco sea fácil ser lectora de Pilar Adón.
«No se trataba de que el abismo estuviera en ella. Probablemente, más allá de cualquier duda, como había oído siempre, el abismo era ella».
Tyto alba
Las iras. No es solo un título. Es el denominador común de los dieciochos cuentos contenidos en este libro.
Los hay muy cortitos, como el brevísimamente perfecto Masacre. Los hay más extensos, algunos con varios capítulos. Hay una recreación femenina del mito bíblico de Caín y Abel en Empieza dulce mundo. Una Jane Eyre temerosa de terminar convertida en loca del desván en En el páramo. Historias que son espejo unas de otras. Personajes que también lo son.
Mujeres. El universo de Pilar Adón es eminentemente femenino. Predominan los personajes femeninos en todos los libros suyos que he leído y en todos los cuentos de Las iras las protagonistas son mujeres. De hecho, apenas hay personajes masculinos —si exceptuamos a los perros, que de esos sí hay varios—en todo el libro más allá de la figura testimonial del padre en alguno de los relatos. Tardo en darme cuenta de la probable importancia de esa figura en estos cuentos.
«Y sin su padre, que tenía como lema «Ocúpate de ti». Ésa era la principal oración de su religión: si cada cual se ocupara de sí mismo, de su propio cuerpo, de sus límites y sus opiniones, sin pensar en los demás, la vida resultaría más sencilla».
A tu casa vendrán
De lo que me percato enseguida es de la profusión de citas bíblicas. Será que sigo bajo el influjo de Mateo 8:20. Lo cierto es que me encuentro con el primer entrecomillado, me entra la sospecha y al buscador que me voy. Y sigo y sumo a lo largo de toda la lectura. Abundan los versículos procedentes de los Salmos y, si no me equivoco, todas las referencias bíblicas proceden del Antiguo Testamento. Me resisto, me controlo, me autoimpongo el mandato de no indagar más en ellas. Dejo el bosque virgen, pues, y me niego la oportunidad de desbrozar quizás alguno de sus senderos y hacerlo más transitable (o a saber si de envolverlo en más bruma magnética).
Pero he ahí la figura del padre en estos cuentos y he ahí la figura del Padre del Antiguo Testamento que en mi cabeza se superponen con o sin razón. He ahí un mundo primitivo y cruel, sin la atadura moral impuesta en aras de la convivencia. He ahí la ira como la ley del más fuerte, como modo de supervivencia. He ahí la culpa, hija de la ira. He ahí que si la ira arrasa con todo por fuera, la culpa la iguala con todo por dentro. He ahí un padre ausente, inclemente, sordo a los ruegos de sus iracundas hijas.
«Así que los mata. A todos los que se ponen a su alcance. A los mosquitos y a las avispas. Las arañas y las cucarachas. A zapatazos. Hasta a las culebras, a bastonazos. Con la misma ira que hace que el tiempo cese y que el tiempo se reinicie sacudido por la violencia de su propio acto. En esos segundos en que deja de estar en el mundo y a la vez empieza a vivir en el mundo».
Roca blanca, fondo azul
También me he autoimpuesto —desde que he vuelto sin volver— no buscar imágenes para ilustrar las reseñas. Esta mutilación me cierra el paso a esos otros senderos que salen de los libros para a saber a dónde llevarme, para incluso a veces regresar en círculo y enriquecer aún más la lectura. Para esta reseña buscaría, por el cuento La creencia, a Santa Catalina de Alejandría pintada por Caravaggio. Eso sería fácil, pero sé que, en mi ansia de reproducir lo que en mi cabeza ha quedado de Evanescente, me volvería loca buscando la imagen de una amapola roja por fuera, negra y abisal por dentro.
Pero no tengo tiempo para ese tipo de excursiones. Si así fuera, probablemente incluiría algún poema en esta reseña. De Ernestina de Champourcín. O de Circe Maia. Solo porque Flor recita versos de ambas en El apego. (O de Emily Dickinson, simplemente porque madera bien con Pilar Adón, como ella misma a través de su obra atestigua). Porque mirad que es bonito eso de que «Hay un día en el que todo se nos vuelve paisaje». Tanto que dan ganas de elevar los brazos y danzar en círculos al ritmo de su repetición. Y ahora, no sé por qué, me viene a la mente María Gainza persiguiendo a su madre por el pasillo en El nervio óptico mientras le espeta párrafos de Irène Némirovsky. Tampoco tengo tiempo para detenerme a explicar mis referencias literarias; eso que ganáis.
Una cita bíblica sí que os dejo. La dejo, en realidad, para las mujeres de Pilar Adón. Un canto de piedad para todas ellas. Isaías 33:1. Dice así: «ay de ti, destructor que aún no has sido destruido».
«No obstante, sigue preguntándose si la naturaleza habrá distribuido los árboles de su tramo en función de alguna pauta o si lo habrá hecho así sin más, sin ningún motivo específico. Por qué unas plantas disponen de espinas y otras no. Por qué unos frutos son comestibles y otros no. Y sobre todo qué papel juega ella en todo eso, qué está haciendo y por qué lo está haciendo. Descomponiendo el paisaje día tras día, domesticándolo. Empeñada en mantener bajo control todo el caos, todo el desorden que le bulle en el interior de la cabeza. Toda la furia y toda la confusión que siguen venciéndola cuando oye la risa y luego los gritos que oía también en el centro de internamiento».
Roca blanca, fondo azul
«Me arrastraron hasta aquí después de haberme explicado que nada se podía hacer conmigo porque estoy maldita y jamás habrá un paraíso para mí. De modo que lo que me queda es fluir día tras día bajo el mismo sol cubierto, la misma niebla. Las mismas orillas de un litoral que hace las veces de barrote vertical, barrote horizontal y muralla continua. No hay ni una sola tapia a mi alrededor, pero no puedo salir. Ese es el castigo. El rechazo. El aislamiento. La imposibilidad de enviar una carta a un destino definido en el mapa donde exista gente real. Un alma real».
Elle est belle, le monstre
Ficha del libro:
Título: Las iras
Autora: Pilar Adón
Editorial: Galaxia Gutenberg
Año de publicación: 2025
Nº de páginas: 160
ISBN: 978-84-10317-68-0
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